Una redada de inmigración trastoca un bastión republicano
Más allá del impacto económico, está el social: la profunda sensación de incertidumbre y recelo que se ha filtrado incluso a un pueblo como Wilder, Idaho
IDAHO- Los habitantes de Wilder, Idaho, no pensaban mucho en el hipódromo polvoriento al oeste del pueblo, conocido como La Catedral Arena, donde los domingos de verano y principios de otoño los vendedores vendían horchata y tacos, los locutores anunciaban los resultados de las carreras en español y las familias migrantes se reunían para divertirse a un precio razonable.
Pero cuando los agentes federales aparecieron en el hipódromo el 19 de octubre —con las armas desenfundadas, un helicóptero que surcaba el cielo y todoterrenos sin matrícula a toda velocidad en los caminos de tierra—, hicieron algo más que desarticular una supuesta red de apuestas y aumentar las cifras de deportaciones. Destrozaron la inocente creencia que tenía Wilder de que su ubicación apartada y su política profundamente republicana podían aislar al pueblo de las redadas que se estaban produciendo en otras partes del país.
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“Dependemos de la mano de obra hispana”, dijo Chris Gross, agricultora de segunda generación que cultiva semillas de maíz dulce y menta en Wilder. Y añadió: “Nadie pensó que algo así pudiera ocurrir aquí”.
Es posible que la redada en La Catedral no haya desbordado los titulares en Estados Unidos que sí ocuparon los operativos migratorios en Mineápolis, Chicago y Los Ángeles, pero ilustra la profundidad y amplitud del esfuerzo del presidente Donald Trump por encontrar y librar al país de migrantes indocumentados; 75 personas detenidas ese día han sido deportadas desde entonces, según abogados de migración locales.
Más allá del impacto económico, está el social: la profunda sensación de incertidumbre y recelo que se ha filtrado incluso a un pueblo como Wilder, Idaho.
La redada “casi destruyó” la comunidad, dijo David Lincoln, residente de Wilder desde hace mucho tiempo y director ejecutivo de una agencia de desarrollo económico sin fines de lucro que presta servicios a pueblos rurales del oeste de Idaho. Wilder no conocerá realmente el impacto hasta que comience la temporada de siembra esta primavera.
“¿Qué ocurre si todas las personas hispanas piensan que están en peligro?”, preguntó Lincoln. “Ahora hay un miedo que antes no existía aquí. No sé cómo se puede hacer que desaparezca”.
El optimismo, a veces disparatado, había sido un rasgo definitorio de este pequeño pueblo de 1725 habitantes, situado a 16 kilómetros de la frontera entre Oregón e Idaho. Unos granjeros fundaron la comunidad a principios del siglo XX, con la creencia acertada de que los proyectos federales de riego mejorarían el rendimiento de las cosechas en el desierto entre las montañas Owyhee y Blue, y la esperanza equivocada de que una línea de ferrocarril que conectaría Montana y California pasaría por aquí.
Los primeros colonos planearon llamar al lugar “Golden Gate” en honor a lo que esperaban que fuera el destino final de la línea ferroviaria, hasta que Marshall Pickney Wilder, editor de una revista, les ofreció una cobertura favorable a cambio de que le pusieran su nombre al pueblo.
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La presencia temprana de trabajadores migrantes estacionales procedentes de México evolucionó hasta convertirse en una comunidad permanente de migrantes latinos, algunos ciudadanos estadounidenses, otros con visas agrícolas H-2A y otros indocumentados, la mayoría al servicio de los agricultores del condado de Canyon que dependen de ellos.
Con un 84 por ciento de habitantes blancos, Idaho es uno de los estados racialmente más homogéneos y uno de los más sólidamente republicanos; el 91 por ciento de los votantes de la circunscripción que incluye a Wilder respaldaron al presidente Trump en 2024, un porcentaje mayor que en Idaho en su conjunto. Alrededor del 60 por ciento de la población de Wilder se identifica como latina, pero su preferencia de voto no está clara.
En 2015, Wilder eligió un Ayuntamiento totalmente latino, quizá una coincidencia, ya que los cinco candidatos no se presentaron como un bloque organizado, pero también supuso un punto de inflexión.
“La gente lo trató como una curiosidad aunque, dada la población, debería habernos sorprendido que nos tomara tanto tiempo”, dijo Mariza Fernandez, una maestra local cuyo hermano menor, Ismael, fue elegido concejal cuando tenía 19 años y era un estudiante de primer año del College of Idaho.
Apareció en los titulares como símbolo de la armonía de Wilder.
“Luego vinieron los negativos”, dijo su hermana.
El hermano de Fernandez murió en un accidente de coche en 2017. La mayoría latina del ayuntamiento se derrumbó. La primera alcaldesa latina del pueblo perdió un intento de reelección en 2019.
“Estaban demasiado ocupados siendo latinos y no dirigiendo la ciudad”, dijo el actual alcalde, Steve Rhodes, y añadió que la raza no era algo que preocupara a la gente en Wilder. “No conozco a nadie en el pueblo que vea una raza”, dijo.
Entonces llegó la redada en La Catedral. El alcalde dijo que sabía poco de la pista. El jefe de policía, Dusty Tveidt, cuyo departamento no estaba incluido en el grupo de trabajo local, estatal y federal que participó en el operativo, dijo que la mayoría de las personas detenidas aquel día eran “de California o Washington”.
Pero mucha gente de la población hispana de Wilder asistía a las carreras de Peckham Road o tenía amigos que lo hacían.
“No era un secreto”, dijo Fernandez. “Simplemente no era algo a lo que fuera la gente blanca”.
Entre carrera y carrera, los niños podían correr por la pista.
“Allí se reunían hermanos, hermanas y abuelos”, dijo John Carter, un hombre blanco que votó por Trump cuya empresa se encargaba de la seguridad en La Catedral. “Colocaban toldos, hacían que alguien llegara temprano para apartar un lugar junto a la pista”.
Según documentos judiciales y permisos de uso del suelo del condado, el propietario de la finca de casi 10 hectáreas, Ivan Tellez, había organizado carreras por varios años. En febrero de 2025, un informador confidencial se quejó con el FBI de las apuestas, y los investigadores federales encontraron apuestas publicadas en la página de Facebook de un hombre al que Tellez llamaba o enviaba mensajes de texto con frecuencia. Los investigadores utilizaron órdenes judiciales para rastrear transacciones en aplicaciones de teléfonos celulares. Un agente encubierto que asistió a una jornada de carreras en agosto y septiembre informó que había visto a mensajeros con mochilas que recogían dinero de la gente entre la multitud.
El FBI llegó primero el 19 de octubre, dijo Carter. Los agentes apuntaron con rifles automáticos y dispararon granadas de estruendo mientras detenían a Tellez y registraban varios edificios. Poco después aparecieron otros organismos federales, estatales y locales, entre ellos el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), lo que hizo que muchos de los presentes corrieran a los campos vecinos o se escondieran en sus coches. El sheriff local pasó a caballo y un helicóptero negro de estilo militar voló en círculos en el cielo.
Alex Zamora, superintendente de la escuela de Wilder, estaba en casa preparándose para la semana siguiente cuando su teléfono comenzó a sonar.
“Había una gran confusión”, dijo. “¿Qué demonios está pasando en Wilder?”.
Nikki Ramirez-Smith, abogada de inmigración en la cercana Nampa, empezó a recibir llamadas de pánico.
“Cuando contesté, era alguien que lloraba”, dijo. “Lo único que pude entender al principio fue: ‘Están aquí. Es el ICE’”.
Finalmente, todos los presentes fueron conducidos al final de la pista. La mayoría de los adultos, incluidos los padres que cuidaban de niños pequeños, y muchos adolescentes tenían las manos atadas. Carter dijo que vio a agentes federales apuntar con armas a la gente simplemente por hacer preguntas, y a adolescentes atados con correas de plástico, entre ellos la hija de Carter, de 14 años.
La secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, Kristi Noem, y un portavoz del FBI tacharon inicialmente de “totalmente falsos” los informes sobre niños atados con correas de plástico y atacados con balas de goma, aunque el FBI modificó posteriormente su declaración para decir que no se había atado a ningún “niño pequeño”. Varios centenares de personas estuvieron detenidas durante cuatro horas.
“Podrían haber ido temprano con unos cuantos agentes del FBI y limitarse a detener a las personas contra las que tenían órdenes de detención”, dijo Carter. “En lugar de eso, entraron en el momento de mayor actividad con la máxima fuerza”.
Los dirigentes estatales y federales elogiaron la redada como una operación exitosa contra las apuestas, en la que la aplicación de las leyes migratorias era un beneficio secundario.
Los activistas de los derechos civiles acusaron al gobierno federal de utilizar los cargos relacionados con las apuestas como una fachada para detener a personas de color que, en su opinión, se encontraban ilegalmente en el país por el mero hecho de hablar español. Casi todos los asistentes fueron conducidos a una gran carpa para ser interrogados.
“Lo único que les preguntaron a todos fue: ‘¿dónde naciste?’”, dijo Neal Dougherty, abogado migratorio. “No: ‘¿has visto apuestas?’. No: ‘¿participaste en apuestas?’. Solo: ‘¿dónde naciste?’”.
Está previsto que Tellez y otras cuatro personas sean juzgadas a finales de este año por cargos relacionados con las apuestas. Otras 105 personas fueron detenidas por cargos de inmigración, y 75 de ellas han sido deportadas.
Cuatro meses después, el impacto total de la redada en Wilder varía en función de quién lo narre.
Al día siguiente de la redada, la mitad de los estudiantes en Wilder, donde más del 70 por ciento de la población escolar es latina, faltó a clase. Gross, quien es blanca, dijo que las personas que ven pasar un todoterreno negro por el pueblo, independientemente de su raza, “se paralizan”. Ramirez-Smith predice que se avecinan demandas por violación de los derechos civiles.
Sin embargo, el alcalde Rhodes insistió en que no había habido “ningún impacto” en el pueblo.
“No era nuestra gente”, dijo sobre la redada. “Lo que ocurrió en esa pista no tuvo nada que ver con Wilder”. c. 2026 The New York Times Company.
Por Anna Griffin y Loren Elliott, The New York Times.