Preludio de la primavera
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El cambiante y caprichoso clima de la ciudad nos tiene desconcertados. Hay días muy fríos, noches heladas, mediodías calurosos, y en este crudo invierno que vivimos, se escuchan a todas horas los ahogados gemidos de gélidos vientos. Algunos días, el sol brilla con fuerza y compite con el aire frío sin poder calentar el ambiente. Otros días, el sol se esconde y no asoma en todo el día. Esta semana que pasó, los meteorólogos pronosticaron lluvias y llovizna para la región, y las nubes se negaron a soltar el tesoro de sus vientres. Y tuvimos frío menos húmedo. El desconcierto nos trae medio muertos de frío a veces, y otras medio atontados por el calor. Y es que no sabemos cómo vestirnos.
Pero también en estos días, Saltillo brinda a propios y extraños imponentes y magníficos espectáculos de belleza inigualable, que se deben precisamente al clima. Aparte de los blancos días de la nevada, los paisajes de la ciudad se vuelven cambiantes. La sierra de Zapalinamé, camaleónica, muda su vestido casi cada día. Alguno de estos días de la semana pasada, el cielo apareció excepcionalmente limpio. La serranía se vistió entonces de un azul tan profundo y sereno, que resplandecía, oscuro, contra el fondo tan perfectamente claro del horizonte.
En el suntuoso decorado del cielo al caer la tarde, surge otro bellísimo espectáculo: la danza ejecutada por bailarinas inusitadas, símbolo de gracia, nobleza y ligereza. El escenario se ubica sobre el bulevar Valdés Sánchez, más o menos entre las calles de Hidalgo y Sierra Mojada, y su magnitud le permite inmensos juegos escénicos y coreográficos. Son las golondrinas, que año con año traen su temporada de ballet a nuestra ciudad.
Regidas por su propia música, las pequeñas bailarinas ejecutan una danza caracterizada por movimientos naturales, puros e instintivos, tan pronto pausados y ceremoniosos, como de una viveza y rapidez extraordinarias. Por bandadas de cientos, salen de ambos lados del escenario y juntan su ligero vuelo, por un instante mínimo, en una mancha negra azulada.
Se separan en rápida evolución, y vuelven a unirse en el mismo punto, en motivos rítmicos repetidos de una danza de salutación, de bienvenida, luego del largo viaje que las trajo a la ciudad en su búsqueda de climas cálidos y templados. El gran Dios es su coreógrafo, el que enseñó a las golondrinas a esparcir su libertad, a lanzar al viento su alegría, a formular su individualismo y a reunirse en una plegaria común, para afirmar su colectividad como miembros de la parvada, en convivencia estética y gozosa con las otras parvadas.
El calendario es inexorable, dicen los poetas y los filósofos. Y Gustavo Adolfo Bécquer lo escribió en sus "Rimas": "Volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar,/ y otra vez con el ala a sus cristales/ jugando llamarán.". Dice el Eclesiastés: "Todas las cosas tienen su tiempo, y todo lo que hay debajo del cielo pasa en el término que se le ha prescrito. Hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo que se plantó; tiempo de dar muerte y tiempo de dar vida; tiempo de derribar y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de luto y tiempo de gala...".
La graciosa, repetitiva y milenaria danza de las golondrinas, es la promesa del regreso, el preludio de la primavera que vendrá: "Volverán las tupidas madreselvas/ de tu jardín las tapias a escalar,/ y otra vez a la tarde, aún más hermosas,/ sus flores se abrirán.".
edsota@yahoo.com.mx