Don Antonio, again
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Los tibetanos, raza que sobre cosas de espiritualidad sabe mucho, llaman al ser humano "el que migra." Es decir, aquel que siempre está en tránsito perpetuo, el que rompe cadenas, el que busca la libertad y rompe ataduras; el ser humano que no se mantiene pasivo ante nada.
Y en este tránsito, en esta migración perpetua, al humano sólo le queda un fin sobre la tierra cuando está vivo: la muerte. Lo decía con una economía de palabras dignas de elogio el sabio abogado michoacano avecindado en Saltillo por lustros, don Luis García Romero: "Mira, Chuy, al momento de nacer ya somos precadáveres." Nada más cierto, nada más devastador. El abogado erudito tenía razón.
Y este exiguo liminar viene a cuento por las sentidas muertes, para quien esto escribe, que he tenido que soportar en pleno inicio de año, en pleno mes de enero. Dos amigos entrañables, dos compañeros de ruta, cada uno en diferente vereda, han dejado el mundo de los vivos para unirse a la eternidad. Primero, como ya lo conté aquí mismo, don Fernando Casas me dejó con un palmo de narices y la incredulidad en el rostro al marcharse apenas abriendo año; ya luego, el viejo sabio de don Antonio Usabiaga se liberó de su atadura física, para convertirse en espíritu, situación que de ello sabía mucho.
Y es que al momento de nacer, nuestro manto de vida ya está tejido. Te puedes esconder en un pozo, en un agujero, pero te llegará la muerte. Te puedes esconder en la lustrosa habitación de un cuarto de hotel, pero puntual, llegará la muerte por ti. Sí, justa y precisa. No antes, jamás después. El manto de la vida al nacer ya está tejido y somos precadáveres. Estamos de tránsito en esta vida, sólo eso.
Sonará entonces la trompeta final y un hálito imperceptible de un violonchelo -la música de cuerdas más parecida y cercana a la voz humana-, lejano y melódico, nos anunciará la partida. ¿Don Antonio tuvo miedo al partir? Imagino y afirmo que no; no un hombre del carácter y estatura moral de semejante varón. La muerte ha llegado con inusitado furor en enero y contradijo al poeta T. S. Eliot: no abril, sino enero es el mes más cruel del año. De aquí entonces un insomnio permanente me viene aquejando desde
hace buen tiempo a la fecha.
Como si recordara algo de improviso, el perro de mi vecino, a
medianoche, justo en la hora del lobo, hora incierta en la cual no es de día y a la vez, tampoco y del todo es de noche, ha ladrado tres veces. Ladrido seco, gutural el de este perro, el cual habita su patio, espalda con espalda con el mío.
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Esquina-bajan
Tres veces le ladró a las sombras que sólo él divisó. Dio un largo bostezo, enseñando colmillos al abrir las fauces de su amodorrado hocico, hurgó en la cerrada negrura del cielo con sus ojillos macilentos, trató de encontrarme en la ventana de mi residencia y se largó de nuevo a dormitar. Yo le observé todo el tiempo, como quien observa la lluvia o la nieve.
Días de insomnio he tenido casi todo enero o casi toda mi vida, ya da igual; días de insomnio en los cuales una vez más pienso en todos mis muertos. La luz de una frágil vela guía mis cansados pasos. No hay luz en mis ojos, solo un blues imperfecto que emana de las cuerdas de una guitarra mal afinada, de una armónica ya sin vida y los arpegios de un violonchelo sin cuerdas, sin caja, sin alma.
Tengo años tratando de acostumbrarme a estar sin mis padres, los cuales, siguen doliendo en el lado izquierdo de mi enjuto pecho. Tengo ya lustros tratando de acostumbrarme al silencio de mi hermano Reynaldo Ramírez García, Héctor Cabello, Mario Loya, mi cuñado Jesús Peña. en fin; y ahora, dos muertos de un jalón: don Antonio Usabiaga y Fernando Casas.
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Letras minúsculas
El manto de nuestra vida y muerte ya está tejido. Te puedes esconder en un pozo, pero ella llegará por ti.