Morir virgen

Opinión
/ 17 julio 2010

No me canso de dar gracias a Dios por haberme regalado el precioso don de la farándula. Con eso, como quien dice, me regaló la tierra, el aire y el mar con todos sus pescaditos. Diome además la ventura de poder encontarme con mi prójimo, de enriquecer mi vida con la suya y de llenarme la mente con su saber, y el corazón con su bondad.

"He caminado leguas y leguas -escribió Valle Arizpe en su precioso libro de memorias- y me siento cansado y un poco triste...". Leguas y leguas he caminado yo también, pero ni la fatiga ni la tristeza han llamado a mi puerta todavía. Voy por todos los rumbos cardinales y ordinales de este hermoso país, y con los cinco sentidos lo disfruto. Veo sus paisajes, escucho sus canciones, gusto de sus manjares sabrosísimos, toco su piel y aspiro sus aromas. Y luego escribo acerca de lo que miro y oigo, de lo que como y bebo, y escribo también de la caricia y del perfume.
Pero no es esto lo que quiero decir hoy. Lo que hoy quiero decir es un decir que oí decir en Salamanca, Guanajuato. Esa ciudad, como todas las guanajuatenses, es rica en tradiciones. Sus habitantes cuentan cosas muy llenas de gracejo, y lo hacen con donaire y galanura.

Estaban hablando mis amigos salmantinos de un cierto sujeto simulador y vanidoso, de esos que se jactan se ser lo que no son. Uno de los amigos exclamó:

-¡Ay, madre, que muero virgen! Los demás escucharon esa frase como se escucha algo conocido. Yo, que nunca la había oído, quise saber su origen. Y vino entonces el relato. Había en Salamanca una muchacha que presumía de virtuosa y decente. Ni una ni otra cosa era en verdad, pues si bien ocupaba la mañana y la tarde en oficios religiosos, juntas de asociaciones piadosas, y apostolados varios, las noches las empleaba en otros menesteres de menos espiritualidad: tenía este novio y este otro; este y aquel amigo; y a todos daba más libertades que las consagradas por la Constitución. Pero eso no lo sabía la gente, y menos aún lo sabía la mamá de la muchacha, orgullosa de la piedad de su hija, y ciega a sus devaneos. A resultas de uno de aquellos devaneos la muchacha quedó en estado de buena esperanza, vale decir embarazada. A nadie dijo de su preñez. Se las arregló para ocultar el embarazo los nueve meses que duró, y ni el ojo avezado de las cotorronas, que tanto gustan de averiguar vidas ajenas, alcanzó siquiera a sospechar que el vientre de la chica estaba rellenito. Pero todo día se llega, y el de parir le llegó a la embarazada. Una noche, solas ella y su madre en la casa, la acometieron los dolores del parto. La mamá se asustó mucho por el súbito parasismo de su hija, y fue corriendo a llamar a las vecinas por ver si alguna de ellas conocía aquel mal, y su remedio. Acudieron presurosas las comadres, y bien pronto llenaron el aposento donde la parturienta sudaba y trasudaba con los trabajos de la parición. Vio ella a las vecinas, y quiso conservar ante ellas su fama de virtud. Fue entonces cuando dijo la famosa frase:

-¡Ay, madre, que muero virgen! Ahora en tierras del Bajío se aplica esa expresión a la persona simuladora que trata de engañar a los demás. Cuando alguien presume de ser lo que no es, nuncafalta alguien que le espete el expresivo dicho:
- ¡Ay, madre, que muero virgen! Y hasta ahí.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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