El drama de un drama

Opinión
/ 25 agosto 2010

La última vez que fui a Chihuahua oí hablar de don Pioquinto Almada. Ahora ya nadie se llama Pioquinto, y qué bueno, pero antes a muchos niños les asestaban el nombre de ese Papa que fue santo.
Don Píoquinto era boticario en un pequeño pueblo de la sierra. Se ocupaba en preparar las pócimas y ungüentos que recetaba el médico, el único que había en el lugar. Por las tardes recibía en la botica a un grupo de terulianos que comentaban los sucesos del día, sobre todo los de índole política. Tema obligado era también la guerra, pues por los días que cuento se combatía en los frentes de la Europa. Eran los años de la Primera Guerra Mundial, del 14 al 18 del pasado siglo.
En los ratos libres que le dejaba la atención de su establecimiento don Pioquinto se dedicaba a escribir. Escogió un género muy difícil: el dramático. Quiero decir que era autor de teatro. Compuso un par de sainetes que fueron llevados al palco escénico -esa expresión era obligada- por el grupo local de aficionados. Las dos piezas tuvieron buena acogida por el público, y don Pioquinto quedó consagrado como dramaturgo.
Se dispuso, pues, a empresas de mayor aliento. Anunció que iba a escribir un drama. ¡Un drama! Aquella noticia causó gran expectación. No se hablaba en el pueblo de otra cosa. He aquí que don Pioquinto Almada, el gran autor, iba a sacar de su estro un drama. Ya no un sainete, ni una comedia, y ni siquiera una "alta comedia" como las de Benavente, Linares Rivas o Echegaray, sino un drama como los del señor Tamayo y Baus.
El pueblo entró en espera. Cuando la gente pasaba por la botica bajaba la voz, no fuera que don Pioquinto estuviera escribiendo. Los cocheros daban la vuelta para no cortar la inspiración del vate con el pisar de sus cabalgaduras y el ruido inoportuno de las ruedas.
Le preguntaba el alcalde a don Pioquinto:
-¿Cómo va eso, poeta?
-Marcha, marcha -respondía vagamente el autor.
Pero pasaban los meses y el drama no se concluía.
-Zamora no se hizo en un día -dictaminó el notario, uno de los amigos tertulianos. De dos proverbios hizo uno: el de Roma, que efectivamente no se hizo en un día, y el de Zamora, que no se tomó en una hora.
Cumplido un año del anuncio la gente empezó a murmurar. Ya se sabe cómo es la gente. ¿Jamás acabaría su drama don Pioquinto? Presionado por las circunstancias el dramaturgo dio a conocer en una junta del casino el argumento del primer acto de su obra. Raimondo, joven acomodado, conoce a Matilde, muchacha del pueblo, y se enamora de ella. (Buen principio). Matilde, sin embargo, ama a Rodulfo, quien a su vez está poseído de una insana pasión por doña Elvira, esposa de don Acisclo, preboste de la villa. El telón del primer acto cae cuando se entera don Acisclo del amor infame de Rodulfo y lo desafía a duelo.
Mañana el segundo acto.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM