El derrumbe de los ídolos
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He escrito en otra página que Héctor de Mauleón ha fincado en el periodismo mexicano un estilo; sus armas: el rigor narrativo, el misterio histórico, el secreto revelado en la sombra y los fantasmas que regresan del pasado a confesar algún pendiente de sus vidas, éstas son las claves de las crónicas de El derrumbe de los ídolos (Cal y Arena, 2010). Ese estilo consiste en otorgarle el poder a la prosa y permitir que ésta fluya hacia la claridad. En esta aventura hay una restitución del pasado y una revelación, el rigor de un historiador y la imaginación de un novelista que se disputan los temas, el tratamiento de una época, los pliegues de una trama. Desde hace años De Mauleón refuerza estas fórmulas descubiertas en la soledad de la hemeroteca y a la sombra de una certeza: cuando se escribe periodismo no se escribe algo menos que cuando se escribe literatura. Ambos son creación y sueño, faena y nervio narrativo.
De Mauleón le recuerda una vez más a la prensa, no sólo a las páginas culturales, que la primera obligación de una crónica es que ésta sea un magnífico cuento (y quizás al revés). De eso trata también su libro El tiempo repentino (Cal y Arena, 2000), una reunión de crónicas históricas que puso en su lugar a un género desvencijado, maltratado por el desapego y la negligencia de una prensa cultural venida a menos. Diez años después, El derrumbe de los ídolos regresa al origen, a la expedición rumbo al pasado: 16 piezas narrativas dedicadas a algún episodio culminante de la ciudad de México y a sus pasajes interiores relacionados con el poder, la vida privada, la moral social, la violencia, la cultura.
Enumero algunos de esos momentos claves que transcurren como subtrama magnética a lo largo del libro: En el año de 1900, el presidente Porfirio Díaz vio iluminada su oficina con bombillas eléctricas; en enero de 1906, la autoridad clausuró el Café de la Concordia, uno de los puntos de encuentro social y literario más significativo de la ciudad; en 1910, en los llanos de Balbuena, se oyó por primera vez el sonido ensordecedor de un avión; el 8 de octubre de 1913, cuenta la leyenda, le arrancaron la lengua a Belisario Domínguez; en abril de 1918, 25 actores cayeron en cama víctimas de una rara gripe, el Teatro Colón suspendió sus funciones; en septiembre de 1921 se inauguró el Parque España y se fijaron en el tiempo las rejas de Chapultepec; el 19 de noviembre de 1922, la ciudad de México amaneció sin agua, el primer día seco de una temporada desértica, desesperada, violenta; al cerrar el año de 1923, la privacidad fue sentenciada a muerte por la música y las voces que emitía una caja de madera bautizada como la radio.
El derrumbe de los ídolos traza la demarcación de las pasiones periodísticas de De Mauleón: la reconstrucción de época, la nota roja y los mitos de la cultura popular. En las tres zonas, la mano del cronista da cuenta de un México que ha desaparecido, pero que revive en la intensidad prosística. La hemeroteca, De Mauleón lo sabe, se transforma en una maquina del tiempo. Dentro de esa cápsula es posible viajar en el tiempo y conocer el futuro. La pieza narrativa que le da título al volumen confirma esta idea, en El derrumbe de los ídolos, el Angel de la Independencia cae cada noche despeñado por los grados Richter de un terremoto que cambió para siempre el rostro de la ciudad de México; en algún lugar que se repite cada día, el Ratón expone su cetro de campeón mundial peleando contra Alphonse Halimi; una vez más, Pedro Infante sufre la punzada negra de un presentimiento funesto en la cabina de un avión; era el año en que México perdió de golpe a cada uno de sus ídolos.
Ciertamente, en la comunicación interna de estas piezas narrativas se desarrolla una novela natural, una trama nocturna, solitaria y final, que ha elegido la crónica para contar sus secretos, pero que no desespera de convertirse un día en una novela de la misma forma afortunada y diestra en que el conocimiento histórico se volvió pulso novelístico en El secreto de la noche triste (Planeta 2009). El derrumbe de los ídolos: un libro magnético, bien contado, sin miedo a entregarse a sus pasiones, con ganas de revelar los secretos de la ciudad de México y dispuesto a hechizar al lector con sus relatos desdichados.