Caminos marcados en carne: a mitad del mundo... donde el regreso ya no existe
En la banqueta, un migrante hondureño comparte su travesía marcada por dolor, pérdidas y esperanza rumbo a un futuro incierto
Lo vi antes de que me viera.
Estaba sentado en la banqueta, recargado en una pared que alguna vez fue blanca y ahora era un mosaico de polvo, humedad y mugre. La colonia Landín seguía con su ritmo de siempre: carros pasando sin prisa, una señora barriendo la banqueta como si quisiera borrar algo más que tierra, el olor a tortilla quemada escapándose de una casa abierta.
El calor pegaba duro. De ese que quema la piel y explota en la cabeza. Yo había llegado a la tienda por una botella de agua fría, nada más, un alto en el día, pero lo vi.
Era alto. Su piel, de un negro tan profundo que, con la luz de la tarde cayendo de lado, tomaba un tono casi azul. La barba le crecía dispareja, sin orden... como el camino que traía encima. Y los ojos que no se podían esquivar. Cansados, pero no derrotados, tristes... con algo adentro que no se apagaba.
Salí con mi agua, una coca bien fría y unas papas.
—¿Quieres? — le dije, extendiéndoselas.
—Claro, pana...— respondió, levantando la mirada, como midiendo algo más que la intención.
Tomó la botella. La sostuvo un segundo, sintiendo el frío en la mano, como si también eso fuera parte del alivio.
La destapó y di o un trago largo, cerró los ojos y por un instante, dejó de estar en el camino.
Nos sentamos en la banqueta, la pared guardaba un poco de frescura, y empezamos a platicar.
—¿De dónde vienes?
—De Honduras.
Mientras hablaba, se quitó los zapatos. Eran limpios... aunque viejos, de esos que alguien dona con buena intención, pero que ya traen historia en la suela.
—Me los dieron hace una semana... en la Casa del Migrante— alcanzó a decir.
Los dejó a un lado con cuidado. Como si no fueran suyos del todo, o como si todavía no se acostumbrara a tenerlos.
Entonces vi sus pies. Ampollas reventadas. Piel levantada. Costras frescas mezcladas con polvo viejo. Caminos marcados en carne.
Inclinó la botella de coca y dejó caer un poco sobre uno de ellos. El líquido oscuro corrió entre las heridas, hizo un gesto leve... no de dolor, más bien de alivio, como si cualquier cosa fría fuera suficiente para calmar semanas de camino.
—Llegué hace una semana —me dijo—. A la Casa del Migrante.
Y volvió a ponerse el zapato, despacio, como si el pie ya no le perteneciera.
Dice que salió de San Pedro Sula una madrugada que todavía le pesa. No se despidió bien de su mamá, me dijo que cuando uno se despide bien, no se va.Se fue con su mejor amigo. Crecieron juntos. Cuatro años en la escuela básica, compartiendo cuadernos, risas, castigos... y sueños que entonces todavía cabían en un salón.
—Nos íbamos a ir juntos hasta el otro lado— me dijo con la mirada llena de dolor.
Guatemala fue tránsito —cuenta, masticando una papa, viendo a la nada—.
Un tramo sin nombre. El sol cae a plomo... se te queda en la nuca. El aire pesa.
La boca se seca. Y el hambre... pues ya ni se siente.
En las noches el cuerpo se tira donde puede: tierra, cartón, concreto... lo que haya. El sueño es corto, ligero, siempre alerta.
—El río Suchiate no se ve peligroso— me dijo. A simple vista es nomás una franja de agua café... lo cruzas en balsas hechas con llantas y tablas viejas. La gente va y viene como si no pasara nada.
Pero no es el río, es lo que viene después. Es ese momento exacto en el que pones un pie del otro lado... y algo cambia, aunque no se vea. El aire se siente distinto. Más pesado. Más atento.
—Ahí ya no eres nadie... pero todos saben que estás y lo único que importa es seguir, siempre seguir.
El tren lo encontró en Arriaga, o él encontró al tren: “La Bestia”, un animal de acero ardiendo bajo el sol, con las entrañas oliendo a fierro quemado, a grasa rancia... a miedo añejo. El ruido es un golpe seco, constante, que te taladra la cabeza hasta que ya no sabes si lo estás escuchando... o si lo traes por dentro.
—Subirse no se piensa... uno nomás salta... sin chance de dudar—.
Hizo una pausa.
—Ahí dejas todo... el miedo, lo que traes... hasta el nombre—.
Se quedó mirando un punto fijo.
—Quedarse... es que te cargue la chingada— agregó, con una media sonrisa que se le rompió en la cara.
—En una de esas... salté mal. El pie no agarró el fierro... la rodilla me falló... y el cuerpo se me fue de lado.
Se llevó la mano a la pierna, como si todavía le doliera.
—Ahí por poco me quedo.
Desde entonces camina un poco chueco, lo suficiente para que cada paso le recuerde que estuvo a nada de desaparecer en el camino.
—Pero mi amigo... no la contó.
Esa noche hacía un chingo de frío... veníamos bien cansados.
Se quedó dormido... nomás un ratito.
—Se resbaló...
Se hizo un silencio pesado... y tragó saliva... como si se le atorara el recuerdo.
—Nadie se salva de una caída así.
Se que no había duda ni esperanza, solo una verdad que se queda pegada... como el ruido del tren...
—Veracruz... eso sí era calor, maje —me dijo—. Pegajoso... jodón... de ese que no te suelta.
—Las noches se hacían largas... cualquier ruidito lo levantaba. Y lo que se oía... se decía despacio... porque hablar fuerte... no era opción.
Bostezó, cansado, y dijo:
—Yo me bajé antes... ya no aguanté.
Se quedó viendo al suelo.
—El miedo también cansa...
Le dio otro trago.
—Y pues ya... me fui por carretera. En buses de los baratos... a ratos a pata... cuidándome de los retenes, como si fueran perros bravos.
—Siempre sientes que alguien te está viendo... aunque no haya nadie.
Querétaro fue pausa, pero no descanso.
El norte se volvió seco. Más callado.
San Luis Potosí... peligro.
—Ahí sí da miedo —me dijo.
Y no hizo falta más.
Cuando vio el letrero de Coahuila, dice que no sintió alegría, fue alivio, del que apenas se respira. Saltillo apareció sin anuncio, sin ruido... como aparecen las cosas cuando el cuerpo ya no puede más.
La Casa del Migrante fue resguardo, comida caliente, agua limpia, una cama.
Y, por primera vez en semanas... un lugar donde no tenía que correr.
—Ahí sí dormí.
Y en esa frase percibí que no hablaba solo de descanso, sino de dejar de huir... aunque fuera, nomás por un rato.
Terminó la coca, aplastó la botella con la mano. El calor seguía igual.
—¿Y ahora?— le pregunté.
Se quedó viendo la calle: los carros, la gente que pasaba sin verlo.
—No sé... pero ya llegué hasta aquí.
Para mí, Saltillo es mi casa, mi rutina, mi destino; para él... es apenas una pausa, un respiro entre todo lo que dejó atrás.
Y todo lo que todavía le falta.
Sus pies, por fin, han dejado de arder... pero solo por ahora.
Porque aún faltan kilómetros.
Falta dolor.
Falta esperanza.
Y el camino... todavía no termina.