Modernos Inquisidores

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Opinión
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Tomás de Torquemada fue el Inquisidor General del Tribunal del Santo Oficio. Elevado a la par de los más sádicos y crueles hombres de la historia, comparte la galería de los monstruos a un lado de Nerón, Hitler, Stalin y Mussolini. Torquemada, sembró el terror al frente de la máquina de la intolerancia y  represión religiosa y política más eficaz de la historia: la Inquisición española. Su legado fue la muerte de 3 mil personas quemadas en la hoguera y otras 25 mil más encarceladas y torturadas por proclamar sus ideas o profesar una fe religiosa distinta a la declarada oficial por el estado. Responsable de perseguir a los conversos que eran sospechosos de judaizar, es decir, de mezclar la fe de Moisés con la de Jesús, la Santa Inquisición, marcó trágicamente la vida española por su sello de intolerancia. El mundo moderno debe a este oscuro personaje el término "inquisitorial" que lamentablemente ha logrado sobrevivir hasta el siglo 21.
Torquemada mantenía sus convicciones contra viento y marea, sin hacer concesiones a nadie. Era un convencido de que la ascensión social de los conversos causaba el perjuicio de la religión católica. Un escrito dirigido a los reyes católicos nos habla de su fanatismo: "Es menester que judíos y moros sean apartados y no vivan entre los cristianos y que traigan sus señales por donde sean conocidos y que ningún judío ni moro traiga seda más que se vista según su estado y condición".
Se dice que Torquemada jamás se arrepintió ni de quemar herejes ni de expulsar judíos y a menudo se le describe como un hombre sediento del poder que le permitiera llevar a cabo las aspiraciones su proyecto de limpieza étnica y religiosa. Los retratos disponibles de Torquemada, asemejan un rostro de facciones correctas y al que le gustaba cuidar su imagen personal. Era un metrosexual del Medievo, que de haber contado con la tecnología adecuada, se hubiera arreglado los dientes.
Después de él, otros modernos inquisidores siguieron su ejemplo. En la Europa Central de los siglos 15 al 17, la impresión del libro  Malleus Maleficarum o "Martillo de las Brujas", desató la cacería de brujas en contra de mujeres cuyo pecado era expresar lo que pensaban, ser ancianas o socialmente débiles. El siglo 20 sufrió a inquisidores como Stalin que ordenó la ejecución de miles de miembros del partido bolchevique por oponerse a su proyecto político o en la Alemania nazi, en donde la intolerancia de Hitler, causó el exterminio del pueblo judío con más de seis millones de víctimas. En Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial, se desató una ola inquisitorial que supuso la persecución de la disidencia ideológica. Pero aún y a pesar de todo, el legado de intolerancia y fanatismo ha llegado macabramente vivo hasta el siglo 21.
La libertad de expresión es el derecho de todo individuo a expresar sus ideas libremente. El artículo 19º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, está presente en la mayoría de los sistemas democráticos. De la libertad de expresión deriva la libertad de imprenta o libertad de prensa. Pero a pesar de que está consagrada en nuestra Constitución, la libre expresión ha pasado por un camino largo y muchas veces penoso. La historia está llena de gente que fue a la cárcel o se quemó en la hoguera por proclamar sus ideas. Aún en nuestros días, existen personajes que creen que la libertad es el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla. Afortunadamente no han tenido éxito y hoy en México, gracias a la libertad de expresión ya es posible decir que cierto personaje público es un inútil y un frívolo sin que nos pase nada. Pero al personaje público tampoco.
Lo cierto, es que los inquisidores son tan difíciles de erradicar como la mala hierba y, como ésta, crecen en todas partes, hoy modernos Torquemadas intentan encender de nuevo la hoguera para imponer sus puntos de vista e intentar acallar las voces que consideran molestas. Pero en nuestro régimen de libertades, lo más recomendable es que al momento de encender la hoguera en contra de sus enemigos, tengan extremo cuidado de que los chamuscados no vayan a ser ellos mismos.

Columna: Dogma de fe

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