Terremoto y energía

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Opinión
/ 15 marzo 2011

Macario Schettino

El terrible desastre natural sufrido por Japón la semana pasada, además de provocar en todos un sentimiento de simpatía por el pueblo japonés, y de motivar toda la solidaridad posible, debe servir para pensar seriamente el tema de la energía y el calentamiento global del que tanto se habla

Como usted sabe, el terremoto y el tsunami resultante provocaron daños en la central nuclear de Fukushima, que llevaron a alertas y movilización de centenares de miles de personas. Según entiendo, en el peor de los casos se trata de un accidente parecido al de Three Mile Island, ocurrido en marzo de 1979, en el que uno de los reactores se fundió parcialmente, que llevó a la emisión de gases radioactivos. Al parecer, se trata de una situación grave, pero no tanto como lo que ocurrió en Chernobyl en 1986.

En cualquier caso, la crisis de Fukushima renueva las dudas acerca de la energía nuclear. Usted posiblemente recuerde que Three Mile Island fue responsable de una caída mayúscula en inversión en este tipo de plantas, cuando el petróleo era verdaderamente caro, y que a partir de Chernobyl, cuando el petróleo era muy barato, la energía nuclear pasó a la historia.

Pero ahora estamos en una circunstancia complicada: no sólo el petróleo es caro, sino que ya sabemos que la acumulación de gases en la atmósfera está modificando el clima, y puede acabar siendo muy costosa para la humanidad. Si bien el petróleo y sus derivados son problemáticos en este sentido, la otra opción real que tenemos, el carbón, es mucho peor. Y aprovecho ahora para comentarle un nuevo libro, The World in 2050: Four Forces Shaping Civilization's Northern Future, de Laurence Smith, publicado por Dutton en septiembre pasado.

El libro tiene como objetivo principal analizar cómo está, y estará, cambiando el norte del planeta, que Smith define como todo aquello que está al norte de la latitud 45º (aunque más bien se refiere a los 60º en prácticamente todo el texto). Puesto que esta zona se está calentando notoriamente, y Smith describe el desplazamiento de plantas y animales y las transformaciones físicas que esto produce, la actividad humana también lo hace.

Sin embargo, además de esta descripción y análisis de una región que evidentemente Laurence Smith conoce perfectamente, el libro incluye un análisis del cambio climático de primer orden. Ojalá algunos de los que hablan tanto de cambio climático pudieran dedicarle un par de horas a este libro, para documentar mejor sus dichos, y para ponerlos en una dimensión razonable.

Las cuatro fuerzas a las que se refiere Smith en el título son, precisamente: 1) demografía, 2) consumo (energía, en particular), 3) globalización y 4) cambio climático. En particular, el tema de la energía es de la mayor importancia. Efectivamente estamos saturando la atmósfera de bióxido de carbono y otros gases, debido a nuestro consumo de combustibles fósiles. Lo hacemos para poder vivir como vivimos: unos muybien, muchos aceptablemente, y otros muchos a muy duras penas. Consumir menos energía implicaría tener acceso a menos bienes y servicios, algo que si ocurriese de manera igualitaria implicaría la muerte de cientos de millones de seres humanos. No suena bien.

Un ser humano debe trabajar diez horas diarias durante dos meses para realizar el mismo trabajo que un galón (3.8 litros) de petróleo crudo. Consumimos hoy cerca de 85 millones de barriles diarios de ese petróleo (cada barril tiene 42 galones). En otras palabras, cada día consumimos energía equivalente a un mes de trabajo de toda la población mundial. Y no hay cómo sustituir esa inmensa demanda energética.

Smith revisa una a una las alternativas energéticas a los combustibles fósiles: hidrógeno, biocombustibles, biomasa, agua, viento, energía solar, energía nuclear. Y las conclusiones no son espectaculares. No es esperable una economía del hidrógeno para 2050; los biocombustibles no pueden crecer mucho, a menos que dejemos de comer granos; la energía hidráulica, como máximo, aportará 14% de la electricidad en 2050; la energía solar, si se incrementa en 2000%, aportará entre 0 y 13% de la electricidad en ese año; la energía nuclear (antes de Fukushima) podía aspirar a llegar a 38% de la electricidad.

Estamos en problemas, sin duda. Para mantener el tren de vida de los seres humanos (en la cantidad que hay) se requiere un volumen de energía que no podemos obtener sino de los combustibles fósiles, provocando un mayor costo climático o de energía nuclear, incrementando los riesgos de accidentes. Todas las otras opciones, que suenan bonito, no existen, en términos prácticos.

En consecuencia, hay que elegir: menos bienes, menos seres humanos, más riesgo nuclear o más riesgo climático. Si usted insiste en que no quememos carbón, gas o petróleo, habrá que poner más plantas nucleares. Si no quiere usted estas plantas, entonces habrá que reducir el consumo de 7 mil millones de seres humanos. ¿Cómo empezamos? ¿quién se queda sin cenar? ¿Por qué no, mejor, aceptamos que las plantas nucleares son nuestra mejor opción frente al cambio climático? Porque la noticia de Fukushima no es una tragedia nuclear, sino un éxito tecnológico: aguantó todo. Quedó inutilizada, pero no hubo tragedia.

El libro de Laurence Smith es muy atractivo para entender una región del mundo de la que conocemos poco, para comprender mejor el fenómeno climático en el que vivimos, y para imaginar algunas tendencias más para 2050. Pero, a la luz del cataclismo de Japón, es todavía más interesante su lectura. Hay que ponerse a pensar en serio cómo vamos a sortear el siglo 21, y no nos sobran opciones.

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