Ayer, hoy y mañana

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Opinión
/ 7 marzo 2011

En el presente se encuentra la vida.
No hay otro tiempo para vivir. En el presente también se recuerda y se planifica. Se dan en él la evocación y el proyecto.
La atención puede ser evasiva y concentrarse en el pasado o irse a visualizar el futuro en momentos no destinados a ello.
Entonces el presente queda desatendido, descuidado. La ocupación entonces se convierte en remordimiento o evocación hacia el ayer y en preocupación o ensueño hacia el mañana.
Tanto el recuerdo -que es memoria- como el proyecto -que es imaginación- pueden ser un presente valioso. Esto sucede cuando no se presentan como sustractores de presente porque tienen su lapso señalado en la agenda personal o comunitaria.
Tiempo ha de haber para gratos o útiles recuerdos, que se han convertido en experiencia y tiempo para imaginar realizaciones posibles y soñar novedosos avances. Entonces el presente conserva todo su dinamismo existencial.
No se quitan las raíces ni se cortan las cúspides en el árbol del tiempo. Quedan allí sin desplazar al tronco. Así, las miradas hacia atrás o hacia adelante logran una congruencia sin continuismo y un prospecto sin futurismo.
La íntegra presencia en el presente está preparando el futuro recuerdo reconfortante. La experiencia de lo vivido le regala al presente la riqueza de lo experimentado.
Progresismo y conservadurismo son verdades enloquecidas. No se trata de escoger entre uno u otro porque ambos extremos son viciosos. El virtuoso término medio es conservar lo esencial y progresar en lo accidental. Todos hemos de ser conservadores de lo constitutivo y progresistas en la adaptación de lo manifestativo.  El mártir muere por defender lo esencial y el apóstol da la vida por hacer el cambio de adaptación.
El llamado "update" automático y constante de la tecnología nos hace ver que sólo en el cambio de avance y perfeccionamiento se conserva la calidad, sin sacrificar la eficiencia. Cambiar en avance todos los días para defender lo esencial e inmutable. Sin devaluarse lo central, se va adaptando a nuevas situaciones siendo el sujeto cada vez más fiel a sí mismo y alcanzando mejor su objetivo a cada paso.

El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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