Oír al viento 3/3
COMPARTIR
"El aire se serena y viste de hermosura." dicen las coplas de un hermano cercano a Dios, fray Luis de León. Habría necesidad de repetir las súplicas, las cármenes y el delirio, con tal de no sucumbir ante el Dios del viento, su poder y efecto devastador. De la aflicción al llanto hay sólo un paso. No el silbato del tren, no el llanto del niño hambriento, no las lágrimas del torturador -si acaso alguna vez las derrama-, no; nada más terrorífico y letal el escuchar el aullido del viento.
Un lector llegado de lejanas tierras me pregunta por la velocidad del aire y le contestó con evasivas. En verdad lo ignoro. Habría entonces la necesidad de enderezarle tal pregunta a quien se le planta de frente, habla con él y lo reta en las horas más altas: Francisco Martínez Avalos. Hoy sé de dos seres humanos más, los cuales no duermen siesta por estar midiendo y escuchando el susurro o la voz tronante del céfiro. Son los ingenieros Juanita Mendoza y Raúl Valdés, quienes celebran en la Universidad Autónoma Agraria Antonio Narro. Su oficio son los vientos. El intangible, cruel en ocasiones, amoroso otras tantas, imbatible, duro y agridulce viento.
Sé de vientos y su bramido, por imagen y aroma de Raquel Marroquín. Raquel hace suyos aquellos viejos versos de Anita Pittoni: "Márchate, que tú también volverás." Y volví. Raquel es una tormenta de fuego, devoradora de dioses y lamentos; sí, como ese, el de la llama sin tregua en el norte de Coahuila, el cual dio muerte a cedros, pinos, palmas de san Antonio, encinos, pastizales, maraña, hojas secas: combustible letal. Raquel sabe de ello, sabe del justo lugar donde nace y muere el viento.
El viento, leo en un incunable empastado en piel de ternero, salido de la biblioteca privilegiada de Martínez Avalos, quien lo acercó generosamente a mi mano, tiene muchos nombres, pero es el mismo. Su nombre se esconde en la recua de su vigor y galanura. Los árabes, acostumbrados a andar embozados en las tierras sofocantes del desierto medio, le nombran "Siroco." Le temen. Dicen de su origen: proviene de tierras cubiertas por agua, habitadas por una raza de hombres negros. Les creo.
El viento tiene otro nombre. Su nombre da terror y es necesario santiguarse para no caer en su embrujo mortal. Es el llamado "viento de la locura." El "Foehn." Los especialistas hablan de su efecto devastador en el humano en el cual logra acariciar su rostro: insomnio crónico, depresión, cefaleas y finalmente, la aparición de una actitud agresiva y violenta, llegando a cometer crímenes brutales.
Esquina-bajan
El viento tiene mil máscaras y estratagemas para embrujarte con su hechizo. Raquel convoca con su baile erótico todos los disfraces conocidos y es imposible huir de su celada del deseo. En otros lugares y otras latitudes le dicen por su nombre de pila, "Levante." Tal vez estén equivocados, pero su poder es brutal; cuentan de este viento: aquí anidan los gritos y cantos de guerra de los moros.
El viento, aprendo ahora, no viene de alguna parte ni va a ninguna parte. Por eso en el norte de Coahuila nadie pudo controlar el fuego el cual fue avivado por el alma embravecida de un ente vivo y letal, jamás conocido y valorado. Más de 280 mil hectáreas fueron reducidas a cenizas. El viento así como llegó, se fue. No viene de ninguna parte y no va a ninguna parte. Es sólo un soplo, un tibio beso de Raquel, su respiración agitada, la mar embravecida del viento y su baile.
La letanía de un viejo marinero, Phillipe Lowell, se cumple en sus marchitos versos: "A la vuelta de la esquina/ el viento me espera sin levantar sospecha./ Las velas desplegadas de poco sirven/ él marcará el derrotero." Nada más por agregar. Francisco Martínez Avalos musita una triste canción.
Letras minúsculas
Tormenta perfecta y cifra del desastre, el viento en la falda diminuta de Raquel Marroquín, es una tea ardiente bailando en su desnudez y hermosura. Vientooo.