Guadalajara 2/2

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Opinión
/ 22 junio 2011

Estuve en Guadalajara, Jalisco, tres días. Luego de andar en zona de guerra (Ciudad Juárez, Chihuahua) y en el jardín de las delicias (Los Cabos, BCS), vine a Guadalajara a refrescarme un poco del calor demencial norteño. Les pedí dicha estancia a mis editores en Monterrey, en BIZNEWS, don Luke Betts y Nancy Ibarra. Me cumplieron el capricho a cuerpo de rey.

Deambulé en librerías, bares y en sus iglesias de morada e incienso centenario. Aquí, en la Catedral, fue donde mis ojos contemplaron y supieron la historia de Caty. Caty lloraba a los pies de Nuestra Señora de Zapopan. La maltrata su esposo. Quien esto escribe llegó buscando refrigerio climático y andar lo ya andado donde el recuerdo es grato. Hoy, desgraciadamente y luego de este episodio, la fe la cual guardaba en un olvidado cajón, se ha reducido dramáticamente a cenizas, polvo, viento, nada. Un oscuro rencor y sentimiento de violencia e impotencia se anida entonces en mi corazón.

Caty platica: quiere solucionar el problema, pero no se anima. Dice no poder con semejante carga. Sufre calladamente. Luego, habla de sus hijos; sus "ángeles", dice, y al hacerlo, se anima un poco. La dejo explayarse. Se tranquiliza. Le cuento algún episodio de mi vida y del por qué estoy en esta iglesia, la Catedral y aquí en Guadalajara, buscando al igual, sosiego y paz para mi nuevo camino.

Caty se vuelve a disculpar y agradece la mano en su hombro. Dice de mi gabardina donde ha dejado un pequeño toque de carmín de sus labios y el sabor amargo y doloroso de sus lágrimas. Le digo, "no importa". Se despide. Me agradece una vez más. Extiende su mano. Le doy la mía. Le pregunto por tercera vez: "¿Puedo hacer algo más por usted?". Caty, con la belleza ahíta de dolor en sus ojos y corazón, con la voz de quien va directo al matadero y al martirio cotidiano, me contesta: "Reza por mí, Jesús. Gracias por tus palabras. Me han gustado mucho.".

Al ver llorar a Caty se me erizó la piel, los ojos, el corazón y el esqueleto. Hacía tiempo, mucho tiempo que no sentía esta lejanía entre la soledad y el frío de los ojos de porcelana maciza de la Virgen -cualquier Virgen, de oro y pedrería; o de cabellos finos y madera estofada- y un ser humano, el cual implora intervención divina ante el agobio de un problema. Caty lloraba, Nuestra Señora de Zapopan observaba, sólo observaba.
Menuda, Caty se aleja de la capilla de Nuestra Señora de Zapopan y luego su andar la lleva a la calle, afuera de la Catedral de Guadalajara. La sigo, la cuido con mis ojos. Su figura se recorta a contra luz. Desaparece.

Esquina-bajan

¿Cómo explicarle a Caty de su problema, que es terreno y no divino? ¿Cómo explicarle del por qué no debe jamás soportar al hijo de puta de su marido? No humano, sino una bestia. Digo, ¿cómo liberarla de un flagelo cruel, incivilizado, pernicioso; inaceptable siempre, pero más al día de hoy? ¿Cómo explicarle en tan poco tiempo, del quebranto físico y emocional al cual está sometida? Quebranto inaceptable ni un minuto más.

La Secretaría de Salud federal habla de 4 de cada 10 mujeres mexicanas, las cuales acuden a los servicios de salud y éstas confiesan han sido agredidas por su pareja. Tres de cada 10 mujeres sufren actualmente algún tipo de violencia (física, emocional, psicológica, económica), según datos de la Segunda Encuesta Nacional de Violencia contra las Mujeres. A juicio de María Concepción García, del DIF estatal, Jalisco ocupa el primer lugar a nivel nacional en agresiones a mujeres.

Desde el pedestal y nicho de su capilla, Nuestra Señora de Zapopan observa lejana, impávida. Dios jamás siente el escalofrío del remordimiento. Jamás. Caty se fue a su calvario. Las plegarias no fueron atendidas. Hoy tengo menos fe en una religión donde el martirio llega a ser visto como la purificación de los pecados. ¡Bah! Pecados, imagino, Caty no ha cometido.

Letras minúsculas
Camino en el centro de Guadalajara. Un ligero fresco corta mis pómulos y mentón. Meto las manos en los bolsillos de mi saco de papel. Anoche.  

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