Alucinación a 55 grados
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Primero has de hacer una cosa muy difícil, te has de enderezar a ti mismo. Dijo El Buda. Y veo todos los pasos torcidos, los que me llevan lejos, los que me acercan. El agua sonando en sus mensajes cristalinos, cerca.
Entre las montañas hay un claro, en el centro de tanta elevación y movimiento, allí está el temazcal. Parece un cuenco de agua boca abajo. A un lado los mezquites están secos. Sus vainas suenan. Nos perdemos en las veredas y avanzamos frente al viento que nos deja frente a una pared granítica, pasa un águila.
Son las montañas en su lenguaje de ascenso vertical, parece como si alguien hubiera forzado la dura piel del planeta empujando hacia arriba, y se ven líneas quebradas, sólida lluvia vertical de la roca madre. Es un sitio especial, alguien dice. Se percibe todavía el movimiento, su energía impresa.
Cerca, los hombres del fuego alimentando el calor de las piedras. Se ofrendan frutas a las lenguas rojas, mangos y naranjas se desintegra junto con mis pestañas que son alcanzadas por un largo y quemante abrazo. Yo con los ojos
escocidos.
El sol nos hace hervir antes de entrar. Ramas de cedro cubiertas por telas. Un vientre nos recibe.
Es la penumbra, como el mundo cuando se crea, el sabor a polvo del aire, un ardor para templar el agua vertida en ese nido que ahuecaron para
nosotros.
Cada uno dice: Por mí y por todas mis relaciones. Yo pienso y digo en silencio: Por mí y por todos mis muertos. Por mí y por todos mis miedos, por mí y por todos mis horrores. Va.
A purificar. Entra el hombre del fuego, entrega una piedra más. El agua eleva el vapor, los grados centígrados. Manos femeninas soban hierbas aromáticas en las piedras calientes, son curaciones para el olfato, ese puente del alma. Se abre la puerta. Respiramos un poco aire menos ardiente.
Sol adentro, sol afuera. Los cuatro puntos cardinales con sus varas de copal.
Mantengo los ojos abiertos, la respiración se agita. Aguanta, auanta, digo. Agachamos la cabeza. Unos tomados de las rodillas. Otros recostados,
buscando el sitio menos caliente, ya casi besando el polvo. De fuera siguen entregando piedras.
Nosotros recogidos en nuestros pensamientos. En este vientre nos aislamos como una gota del mundo. Afuera el movimiento sigue, las nubes no aparecen, las hierbas vibran de sequedad. Hay pensamientos desesperados. Las trampas aparecen. Los pulmones se purifican y en este esfuerzo el ánimo se oprime.
Recuerdo las frases de los indios norteamericanos, para resistir los 55 grados por un momento, sólo por un momento más: Que la belleza delante de mí, me haga avanzar,/ que la belleza detrás de mí me haga avanzar,/ que la belleza delante de mí me haga avanzar/ que la belleza dentro de mí me haga avanzar.
El último instante como carbón ardoroso en la lengua, es superado.
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claudiadesierto@gmail.com