Los aparecidos
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-En nombre de Dios te pido que me digas si eres de este mundo o del otro.
Tales eran las palabras, sacramentales y solemnes, que se debían decir en presencia de alguna sombra o "bulto" aparecidos en horas inopinadas, sobre todo de la noche.
Mi generación todavía creyó en "los espantos". Gocé de niño el dulce terror de las narraciones contadas por viejas criadas sentadas en el umbral de la puerta, cuando las sombras habían caído ya y salíamos a la banqueta a escuchar esos antiguos relatos en las frescas y soledosas calles de Saltillo. Cosa de todos los días eran también esas historias en las vacaciones en el rancho. Junto al fogón de las cocinas campesinas los viejos daban voz a cosas que juraban "por ésta" haber mirado, o que a su vez oyeron de labios de sus antepasados.
Entre los jóvenes de hoy ya nadie sabe qué significa la palabra "relación". Ese vocablo sirve para designar un tesoro enterrado por alguien cuya alma en pena vuelve al mundo, pues mientras el tal tesoro no sea hallado su ánima deberá vagar por el mundo como castigo a sus pecados, y sólo descansará con el hallazgo de la "relación".
Ésta consistía casi siempre en monedas de oro guardadas en un cajón o una olla de barro. El hombre a quien el alma en pena se manifestaba debía ser alguien sin ambiciones, dispuesto a compartir su riqueza con el prójimo. Si la buscaba con intención avara, o para emplearla solamente en sí, entonces encontraba las monedas de oro convertidas en trozos de carbón o en un fino polvillo de cenizas.
En verdad la palabra "relación" se refería a la historia de aquel tesoro y de la desastrada muerte de aquel que lo ocultó, pero por extraña metamorfosis el término pasó a significar el tesoro mismo.
-¿Cuál es el origen de la fortuna de Fulano?
-Es que se halló una relación.
Hay frases hechas que uno se siente obligado a decir. Antes, cuando los albañiles hacían un trabajo en casa de alguien, el dueño les preguntaba siempre, con una sonrisa consabida:
-¿No han hallado la relación?
-No, patrón -respondía "el maistro" con la misma sonrisa obligatoria-. Todavía no aparece.
-Si la encuentran avísenme -decía siempre el propietario.
Ya no hay historias de aparecidos en estos tiempos de hoy. Hay nada más historias de desaparecidos por cosas de secuestros o fugas repentinas ante la justicia. Ya no hay tampoco "espantos". Y qué bueno, pues si uno se me apareciera no sabría yo qué hacer. Le espetaría, sí, la pregunta que cuando niño aprendí para esos casos:
-En nombre de Dios te pido: ¿eres de este mundo o del otro?
Si el "bulto" me respondiera que era del otro mundo, santo y bueno. El problema sería que me dijera:
-Soy de éste.
Y es que los espantos de este mundo son más peligrosos que los ultraterrenos, y contra ellos no hay la defensa que también me enseñaron mis mayores: bastaba recitar Las Siete Verdades para que el aparecido se desapareciera, como humo que se va. Desgraciadamente no supe jamás cuáles son esas famosas Siete Verdades, y aunque las he preguntado por doquiera nadie me ha sabido dar razón de ellas. En fin, los aparecidos son un problema, pertenezcan a este mundo o al otro.