Diario de un nihilista
COMPARTIR
Transporte urbano (final). De alguna manera, puede decirse también que cada ciudad tiene el transporte público que se merece. Esencial para la vida productiva y cotidiana, la propia gente modela este servicio, con martillazos de paciencia. De no ser por la tutela que ejercen los usuarios sobre los choferes de las peseras, éstos jamás habrían abandonado el estado semisalvaje del que provienen. Con firmeza y amabilidad, con tacto y contundencia, las señoras, sobre todo las señoras, les enseñan modales cada día, clases de urbanidad que el sindicato debería retribuir económicamente a dichas pasajeras. Gracias a los puentes peatonales construidos en los últimos años, se conjuró para siempre el problema del ferrocarril: pero se debe a estas usuarias muchas vidas, gracias a que detenían con sus gritos y sus severas palabras a los choferes atolondrados o intoxicados que enfilaban el vehículo contra el convoy, a toda velocidad, con el propósito de ahorrarse miserables tres minutos y mezquinos 15 pesos. Porque ya sabemos que el mundillo de los concesionarios, millonarios del basurero, está hecho de pesos y centavos, como el de los limosneros. Los tiempos han cambiado, como decíamos, pero no el sistema de transporte. La ciudad es tan grande, que los choferes de las rutas 10 y 4ª, por ejemplo, hacen tres o cuatro recorridos por turno, cuando sus similares de las antiguas rutas Panteones y Cinsa le daban la vuelta a Saltillo 15 veces en el curso de una jornada de trabajo. Naturalmente, las unidades se deterioran con rapidez por causa de tan largas trayectorias. Se maltratan y destruyen a la vez las calles de las colonias suburbanas. Si los concesionarios, siguiendo su propia lógica mezquina, le pagaran al ayuntamiento los kilómetros de asfalto que han destrozado, se endeudarían para tres o cuatro décadas. Ahora bien, si miramos las cosas más de cerca, el llamado pulpo camionero ni siquiera representa un peligro para las autoridades, por el hecho de que está dividido en dos sectores, el de los propietarios y el de los choferes. No funciona como una cooperativa ni tiene fuerza unitaria popular, como ocurrió hace un cuarto de siglo con la Ruta 100, por ejemplo, que por lo demás tampoco logró paralizar nunca la Ciudad de México, ni en sus sueños más guajiros. Es bueno que los concesionarios traten de defender su patrimonio con su vida, como han anunciado, pero con su vida laboral, quiero decir, tomando sus unidades y trabajándolas 12 o 14 horas al día, para que se enteren por propia mano de los desperfectos mecánicos que sufren. En las calles del centro, algo más importante que el asfalto está en peligro, y es la propia vida de los transeúntes, que se desplazan arriesgándola a cada momento, entre peseras que se desplazan y se embisten como tanquetas de guerra o como bisontes en la estepa norteña. Esta es una de las imágenes más duras de la violencia urbana, similar a las balaceras y los ataques con explosivos, porque es cotidiana y porque involucra a todas horas a centenares de personas, mujeres, niños y ancianos incluidos. El espectáculo aterrador de las siete u ocho rutas de peseras que toman en estampida el tramo céntrico de la calle Manuel Pérez Treviño, es digno de una antología de YouTube y merece figurar frente a otras imágenes de violencia urbana procedentes de Bagdad, de Nairobi o de Calcuta. Pero como dice el refrán, no hay plazo que no se cumpla para una modernización, aunque en este caso dicho plazo haya durado todo un cuarto de siglo.Â