Ser subversivo
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Sospecho (pero solamente lo sospecho) que ser subversivo antes era más fácil. O, en otras palabras, "trastornar, revolver, destruir, especialmente en lo moral", como define el Diccionario de la Real Academia Española el verbo "subvertir", se ha puesto más complicado últimamente.
Me explico: hace apenas medio siglo -o incluso la mitad de ese tiempo- escandalizar a la sociedad, casi en cualquier parte del mundo, era una tarea más o menos sencilla por dos razones a saber:
La primera de ellas era que la sociedad -pongamos como ejemplo la mexicana- tenía un comportamiento bastante homogéneo y éste, en general, se ajustaba a las reglas dictadas desde el púlpito por el párroco del pueblo.
La segunda, íntimamente ligada a la primera, era que casi nadie se atrevía a contrariar las reglas de la "moral pública y las buenas costumbres", términos cuya vaguedad no fue obstáculo para colarse incluso a las normas jurídicas.
En tales circunstancias, era suficiente una dosis modesta de desprecio por el estatus quo y la ejecución de actos que hoy se nos antojan más bien pueriles para provocar multitudinarios enarcamientos de ceja, expresiones de asombro y/o disgusto, así como una lluvia de admoniciones por parte de los muchos cancerberos de la moral colectiva.
Bastaba, por ejemplo, besar y acariciar apasionadamente a una chica, -fuera nuestra pareja o no- en la vía pública y a plena luz del día para escandalizar a las buenas conciencias, pues doña moral pública condenaba de manera particular tales actos de lascivia.
Y es que el "faje", que la actual generación practica hasta en los comerciales de televisión -gracias a las extrañas propiedades de cierta goma de mascar-, estaba proscrito y no pocos miembros de mi generación creían a pie juntillas que era causa de embarazo.
Hoy día, salvo en sociedades ultraconservadoras o en las pocas teocracias que aún pueblan el mapamundi, es necesario por lo menos hacer un video porno y colgarlo en Youtube para provocar algunas exclamaciones... Y éstas apenas durarán unos días.
En los días de posmodernidad pues, ser subversivo es mucho más difícil porque quedan pocas cosas con las cuales escandalizar al auditorio. De Spencer Tunick a Madonna y de Kim Kardashian a Larry Flint, una horda de personajes se han dedicado a minar sistemáticamente nuestra capacidad de asombro.
En México ni se diga: Carmen Salinas y su esperpéntico "Hasta en las mejores familias" fue la última en hacer algo más o menos escandaloso en televisión. Tanto, que ni siquiera el vomitivo programa de la "Señorita Laura" es capaz de acercársele.
Pero eso se debe, en la humilde opinión de este columnista, a que lo subversivo se fue volviendo sinónimo de grotesco, de estridente, de escándalo sólo en términos de decibeles.
Cierto: hoy es más difícil escandalizar, pero sólo porque seguimos intentando con la fórmula tradicional. Si vadeamos la trampa y pensamos en la subversión como algo sutil, delicado y hasta elegante, nos encontraremos, como en aquel comercial de un desaparecido banco, ante todo un océano de posibilidades.
Pienso, por ejemplo, en lo subversivo que resultó la forma en la cual se presentó el monstruo de Aracataca a recibir el máximo galardón mundial de las letras ante la realeza sueca: vestido con una caribeña guayabera y no con el -se supone- obligatorio frac.
Pienso en la subversiva conducta del recién desaparecido jurista mexicano Salvador Rocha Díaz quien, ante el embate de las normas contra los fumadores, obtuvo sendos amparos que le permitieron seguir echando humo en las salas de sesiones de las cámaras de Diputados y Senadores cuando ocupó un asiento en ellas.
Ésa es una subversión digamos, elegante, que obliga a voltear y que escandaliza sin duda.
El asunto viene a cuento, porque en la semana escuché uno de los mejores ejemplos de subversión sutil de los cuales haya tenido noticia. Un portento de elegancia difícil de igualar, pues se trata de un acto subversivo que parece completamente inofensivo: dar la hora.
La subversión corre a cargo de los locutores de una peculiar estación de radio que transmite desde la ciudad de Oaxaca en el 92.1 de la frecuencia modulada y cuyo nombre lo anticipa todo: "Radio Plantón".
Allí, cada vez que toca dar la hora, el locutor lo hace dos veces: "son las nueve y media" dice, por dar un ejemplo. Y enseguida complementa: "las diez y media, en horario neoliberal".
¡Bolas, don Cuco! Los empleados y, supongo, radioescuchas de "Radio Plantón" comparten el espacio con el resto de los habitantes de Oaxaca, pero han decidido habitar una realidad alterna que va una hora detrás de la realidad neoliberal.
¡Eso es ser subversivo en tiempos modernos!
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3