Presidentes Pobres/Amores que Exhiben

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Opinión
/ 12 septiembre 2011

En 1985 el gobierno perdió la partida frente a una sociedad solidaria y excepcionalmente participativa. Las autoridades reaccionaron tarde y de manera por demás ineficaz al terremoto devastador que sacudió a la ciudad de México y a otras regiones del occidente y el centro del país. La ciudadanía, en cambio, se lanzó a las tareas de rescate con excepcional celeridad y sin esperar coordinación alguna por parte de los funcionarios pasmados. Cuando el entonces presidente, Miguel de la Madrid, cuyas prioridades eran otras, recorrió las zonas afectadas, con prisa y sin el menor indicio de sensibilidad política, sus gobernados ya estaban trabajando.

El horror por las posibles réplicas y el trauma tremendo por los efectos brutales, produjo una desbandada de pobladores defeños hacia las ciudades del interior de la República al amparo de familiares, amigos o simplemente dejándose llevar por la intuición y acaso también por el instinto de conservación. Los más, naturalmente, no pudieron hacerlo porque estaban atados a sus empleos centralizados. Y ello a pesar de que las sedes de varios ministerios, entre ellos los de Comercio y Fomento Industrial (SECOFI) y Marina, se habían colapsado y no parecía cercano el día en el que podrían volver a operar.

Recuerdo, con especial simpatía, el apunte de mi admirada amiga Margarita Michelena, maestra de la ironía a la vera de su talento excepcional, en el sentido de que nadie extrañaba a los inspectores de la SECOFI caracterizados por su alma medieval, por su especialización en cobrar tributos dejando indefensos a sus acosados siervos. Dijo también que lo excepcional era constatar la inutilidad de tantas dependencias ante su forzada ausencia. Y es que, desde luego, servían para muy poco.

Igualmente referí que, en el caso del ministerio de Marina, la única aportación conocida por estar instalada en la capital era el dragado de las lagunas de Chapultepec, remanso habitual para los marineritos de asfalto que deambulaban por allí y alrededor de las oficinas de una institución destinada a cumplir sus funciones a cientos de kilómetros de su centralizada ubicación, esto es en las costas y no sobre las toneladas de cemento y tierra que acabaron con la emblemática Laguna de Texcoco. (No se olvide la fascinación de los conquistadores que contemplaron Tenochtitlán y sus magníficas calzadas de agua que hubieran hecho palidecer a los turísticos canales de la bella Venecia).

El espejismo duró lo que tardó la reconstrucción que privilegió, por supuesto, las instalaciones del gobierno federal. Y se dejó pasar la excepcional oportunidad de descentralizarlas, trasladándolas hacia otras regiones -no necesariamente capitales estatales-, siguiendo el ejemplo de Brasilia posiblemente, con la intención de rediseñar las estructuras oficiales. Por cierto, a veintitrés años de distancia, no se ha rendido informe cabal de los fondos que debieron destinarse sólo a la reconstrucción y cuyo origen, las participaciones de infinidad de personas y empresas, dentro y fuera de México, debió obligar a los administradores a esmerar cuidados y aplicaciones sin tacha. Para vergüenza general, la ingente corrupción volvió a hacer de las suyas.

El señor De la Madrid, por cierto, se irrita más cuando se le llama deshonesto que ante cualquier otro señalamiento. Es una especie de trauma. Y, sin embargo, jamás aclaró debidamente las tremendas acusaciones del extinto columnista Jack Anderson quien registró, de manera puntual, los depósitos del personaje en los bancos de Suiza; eso sí, tras la publicación de referencia, el personaje exigió disculpas por parte de la cancillería estadounidense en la víspera de uno de sus periplos por Washington y sólo recibió una carta para suavizar las tensiones. Luego dijo que, terminada sus funciones presidenciales, iniciaría una querella contra Anderson; y jamás lo hizo. Su honradez no alcanza a cubrir y sobrellevar el menor análisis. ¿Cómo exigir, entonces, una pormenorizada explicación sobre el destino, no sólo de los millones sino también de los víveres, bajo el flagelo de la inmoralidad pública?

Apunten, los amables lectores, este antecedente para explicar el origen de los vacíos de poder que ahora nos colocan, en indefensión, contra la violencia en crecida.
Debate
Eso sí, De la Madrid integra el triunvirato de ex presidentes "pobres", esto es quienes cobran religiosamente sus pensiones, lo mismo que la viuda de José López Portillo quien constantemente subraya que de muy poco le sirve para cubrir sus necesidades. Esto es como si México tuviera la obligación de mantenerla entre la alta sociedad.
El trío lo forman, junto al mencionado ex director del Fondo de Cultura Económica, Luis Echeverría, quien se autopostuló para senador vitalicio y recibió boleto para visitar Canberra, y Vicente Fox, el más reciente de los "desocupados", quien no cesa de cobrar miles de dólares por decir barbaridades en los foros internacionales mientras mantiene, a ritmo frenético, la construcción de su templo faraónico destinado a la exaltación de su sexenio; seguramente incluirá el guardarropa de la señora Marta que nadie quiso adquirir cuando pretendió subastarlo en un arranque más de florida demagogia.

Dos ex mandatarios, por decisión propia, acaso también por pudor porque no ignoran que la opinión pública sabe de sus fortunas y sus contactos rutilantes con grandes consorcios multinacionales, no reciben las prerrogativas gubernamentales: Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, sostenidos farolillos de la calle a quienes, desde luego, no les faltan igualas ni ingresos... a costa de su jerarquía de ex presidentes de una nación saqueada y terriblemente administrada a favor, claro, de cuantos ahora son sus socios. Círculos cerrados.

Eso sí, los "pobres" viven estupendamente. Cuando menos, los ricos Salinas y Zedillo han evitado caer en el apabullante cinismo de sus pares.

 

La Anécdota

En una ocasión, el ex presidente López Portillo, escuchando relatos sobre las desviaciones personales de sus sucesores, exclamó, palabras más o menos:
--Lo mío, cuando menos, era con mujeres. ¡Y los mexicanos se divertían! Yo, desde luego, el que más.

Durante una de sus giras a Yucatán, las cámaras indiscretas captaron todo el proceso de seducción entre el mandatario y su secretaria de Turismo, Rosa Luz Alegría, quien había estado casada con el hijo de Luis Echeverría en plenitud de alianzas. Al día siguiente, uno de los diarios peninsulares publicó una nota que refería, socarronamente, el final de la primera jornada y el inicio de la segunda:

--Subieron, a la habitación del presidente, el jefe del Estado Mayor Presidencial y la Secretaria de Turismo. Minutos más tarde descendió por el elevador el primero. Por la mañana, el mandatario ordenó el siguiente desayuno: jugo de naranja, jugo de toronja, huevos motuleños, huevos poché, café cargado, café descafeinado, y dos raciones de pan tostado con mermelada y mantequillas.

Un festín, por supuesto, propio de un par de enamorados. Y lo estaba tanto que ahora los mexicanos debemos pagarle la pensión a otra mujer, la otrora vedette Sasha Montenegro. Tenemos tanto para dar.


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