La dama del perrito 2/2
COMPARTIR
Alta y con garbo. Usa tacones, no menos de doce centímetros. Un vestido dorado, aunque en ocasiones, le he visto con un minivestido rosa ajustado a su infinito cuerpo. Usa guantes del color del vestido en turno. Es la dama del perrito. De lejos, la veo venir, la veo andar, como si se deslizara entre fina hierba olorosa a yerbabuena y nardos.
Debido al tórrido verano el cual jamás acaba, la dama del perrito se yergue cual larga y fulgurante es, bajo el palio de un paraguas sonrosado, ribeteado éste en encaje blanco. La veo de lejos andar y venir en la emblemática Calle Victoria; siempre por la mañana, siempre temprano. Con su mano izquierda y con una fina correa, da órdenes a su perrito el cual olisquea todo
Dejo al animal, sólo la observo a ella. Usa lentes oscuros, aunque ahora y debido al clima nuevo, algunos rabos de nube asoman en el horizonte. No obsta ni es problema alguno, la dama del perrito usa lentes y jamás, jamás sé a dónde enfoca su mirada. Sólo la veo venir, andar y luego, girar sobre sus pasos y desaparecer por la misma avenida la cual le trajo a mis ojos de asombro y azar.
Se me ha vuelto costumbre esperarla, verla andar y luego, contemplarla y cuidarla con mis ojos hasta verla desparecer; recortada su figura de sirena en el horizonte preñado de un otoño saltillense el cual apenas se presenta. Los domingos entonces, me levanto con renovados bríos, me acicalo con esmero y me froto con agua de colonia fresca; preparo una jarra de café duro, fuerte, amargo, el cual duele en el gaznate cuando quema centelleante para llegar al estómago. Bebo al hilo dos tazas y enfilo mis pasos a recoger VANGUARDIA en el mítico quiosco de Toño "La bola", apenas a cinco pasos de la Iglesia de San Esteban.
La espero. Me detengo en alguna esquina del Banco de enfrente y hago antesala, apenas minutos y sí, puntual, como personaje de "Música para camaleones" de mi admirado Truman Capote, la dama del perrito se asoma en el horizonte. Yo, oteo con la mirada, achico y agrando mis ya cansados ojos y pupilas y la veo venir con el garbo e imán de sus mejores días. Imagino: todos los días son sus mejores días. Es alta, muy alta. Su palio le hace verse más alta acaso. Tiene unas piernas largas, de piel de caramelo aterciopeladas. La última vez la vi andar sobre nubes. Vestida de rosa, con un diminuto traje estival el cual dibujaba perfectamente sus caderas redondas, paradas, justas, de corazón en lamento. La vi andar, venir, y me quedé boquiabierto.
Esquina-bajan
Quise hacerle una ceremonia, una pirueta al estilo de Fred Astaire, el gran bailarín. Trastabillé en mi afán y eso causó enorme risa en la dama del perrito. Apenas disimuló lo anterior y volvió a guardar compostura, aunque sus labios y su boca carnosa no dejaban de tener cierta mueca de diversión. No supe cómo reaccionar. Me abaniqué con el VANGUARDIA del domingo y traté de recuperar un poco de color en mí descompuesta cara de palo.
He platicado esta escaramuza cuasi amorosa a Víctor S. Peña y éste, desternillado de risa, ha sugerido una osadía: "¿Y por qué no te presentas con ella sabio profesor?" no sé. Prefiero seguir así. Ella, la dama del perrito en su paseo dominical; yo, su triste y eterno enamorado. John Keats, el poeta de apenas 26 años, murió atado a la tuberculosis. Stevenson murió en un lugar extraño y ajeno: Samoa. Marlowe murió apuñalado. Este poeta tal vez muera de amor por la dama del perrito; pero no, prefiero no hablarle.
La dama del perrito esconde sus ojos bajo gafas perpetuamente oscuras. Es alta, altísima, su pelo es matiz durazno y sus piernas de caramelo aterciopeladas. Su cara lechosa se adivina bañada siempre en arándanos frescos y dulces. El tiempo no tiene sentido, se detiene cuando la dama camina y un tacón primero, el otro después, recoge exactamente su pisada sensual sobre las calles ardientes en la ruta de los mastines.
Letras minúsculas
La dama del perrito me sonríe. Un vientecillo travieso le levante su de por sí, diminuto vestido. no usa ropa interior. Sonríe. Palidezco.