Diario de un nihilista
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La cultura revolucionaria. Pocos fenómenos históricos han generado una cultura original, como ocurrió con la Revolución Mexicana. La Revolución de Octubre de 1917 en Rusia dio nacimiento al realismo socialista, una corriente artística muy cuestionada por su oficialismo, su dogmatismo y su acartonamiento.
Ello sin contar la persecución que desató el Estado soviético contra los artistas individualistas y no alineados con el credo del régimen. Nuestra Revolución, en cambio, propició el surgimiento de estilos, escuelas y obras que conquistaron de inmediato la atención mundial. El muralismo, la novela de la Revolución, la música popular, la música clásica de signo nacionalista y el ballet folklórico son reconocidos en todo el mundo, desde hace un siglo, como señales de identidad de México, y valorados como productos de alta cultura a secas. El mecenazgo que desarrolló el Estado revolucionario y los subsiguientes regímenes del PRI es un fenómeno único en la historia de las artes. Dicho patrocinio, cuya austeridad no estaba reñida con la generosidad, jamás coartó la libertad de los artistas, ni dictó lineamientos estéticos oficiales ni oficiosos, ni persiguió a los artistas heterodoxos. Diego Rivera pintó sus murales porque quiso y como quiso, así como el poeta Vladimir Maiakovsky cantó los primeros años de la Revolución Rusa, su etapa leninista, sin que hubiera una beca o cualquier otro subsidio estatal de por medio. Los murales de José Clemente Orozco, la música de Silvestre Revueltas, las novelas de Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán son arte auténticamente revolucionario, no ideologizado, nada dogmático, ni elitista. Revueltas, de hecho, empieza a ser reconocido, de unos años para acá, como el más grande compositor que ha dado el continente americano en toda su historia.
Todo este movimiento cultural se generó en una sola década, la de 1920, y en las siguientes no hizo sino ramificarse, fructificar y enriquecerse.
En 10 años de administración federal, los panistas han sido incapaces no sólo de generar una cultura propia, sino de administrar el soberbio patrimonio que heredara después de 70 años de regímenes priístas. Entre las filas tricolores siempre ha habido diputados locales y federales, alcaldes y gobernadores, secretarios de Estado y presidentes de la república no sólo sensibles a la cultura, sino muy cultos ellos mismos, y que han sabido reconocer y apoyar a los artistas con visos de talento que detectan en todos los ámbitos del país. Mientras existen priístas que leen a Unamuno, a Quevedo, a Tácito, a Cicerón, hay panistas que no leen ni siquiera los artículos de opinión de los periódicos. Los regímenes revolucionarios colocaron en puestos de alto nivel a escritores e intelectuales de la talla de José Vasconcelos (SEP), Alfonso Reyes (Relaciones Exteriores), Jaime Torres Bodet (SEP), Agustín Yánez (UNAM, SEP), Martín Luis Guzmán (Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito), José Gorostiza (Relaciones Exteriores y UNESCO), Octavio Paz (Relaciones Exteriores), Carlos Fuentes (Relaciones Exteriores). Se echa de menos ese tacto, esa generosidad y esa amplitud de visión entre las cohortes panistas. Muchos mexicanos hubiéramos deseado que los panistas, antes de buscar el poder, hubiesen tomado cursos intensivos de administración pública, e inclusive de administración cultural. Pues no todo puede aprenderse sobre la marcha, ni improvisarse emborronando el presupuesto, ni justificarse echándole la culpa a las administraciones tricolores.