Zacatecas, again
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Zacatecas sigue siendo tierra de pan de ajo, vino tinto y viento frío. El páramo me recibe con sus mejores galas y la arcilla roja, sus baldosas recién bañadas por el rocío de la madrugada y el olor a café amargo, se impregnan ya a mis ropajes y a mi gaznate seco por el viaje enfadoso en autobús. Justo antes de llegar a la ciudad, las parameras abrigan sueños frescos y aguas si no gélidas, al menos vivas y estimulantes.
Dejé Saltillo y Monterrey y su tórrido verano: inacabable, eterno; demencial ya a estas alturas de noviembre. Sigo el camino del viento fresco y atrevido de la tarde. Este viento, desolado como la estepa al cual protege, me trajo sobre mis pasos a la ciudad de mi pluma y corazón; esta villa en la cual los lobos descansamos y lamemos las heridas; donde el Cerro de la Bufa corta de tajo el aire y hay necesidad de meter las manos buscando refugio en las bolsas de la chaqueta. Vine a Zacatecas buscando un lugar fresco para leer y pergeñar mi novela en progreso. Aquí me encuentro.
¿Cuál es el encanto de Zacatecas? Ese encanto y magia la cual Saltillo ya va perdiendo. El sabor a provincia: ese olor a matadero de su mercado, el olor característico a pescado fresco y cebollas agridulces, las cuales se ofrecen a los marchantes en puestos de mercaderías dispuestos en los pasillos y recovecos del tianguis tradicional, ubicado en pleno corazón urbano, a donde se llega luego a plazas y callejones escondidos, según se tome la calleja o túnel al azar.
Al final de uno de los pasadizos, húmedos y olorosos a muchachas en flor, un joven, un escolapio manosea los pechos puntiagudos de una adolescente a la cual se le agita el cabello en un remolino de pasión y deseo. Me ven, se separan un poco en el acto. Se quedan con un garabato en los labios. Ríen en sordina. Apenas doy tres o cuatro pasos enseguida, éstos vuelven a entregarse a placeres lúbricos. Los miro de reojo. El túnel huele a hembra en celo. El mal del animal. Los dejo.
Enfilo mis pasos a un restaurante italiano del cual no tengo el nombre en los labios, pero si mi andar, el cual sabe de memoria llegar a él. Alguna vez dijo el poeta Alfredo García un aforismo letal: "En Saltillo, el agua es la única que tiene memoria." Le creo. Su sentencia se cumple aquí también. Llego al restaurante y me apoltrono en una de sus mesas. Un horno de leña me recibe con el generoso calor del fuego recién forjado. El camarero, solícito, me recibe y quita mi gabán. Lo deposita en un perchero y espeta. "Naturalmente señor, lo mismo de la semana pasada ¿verdad?"
Esquina-bajan
Palidezco. Antes de emitir algún sonido de mi muda voz, el camarero se aleja y va por lo acordado, según él. Apenas me arrellano en la silla, llega el maître del hostal italiano y sin apenas chistar, me extiende un fino mantelillo de lienzo blanco, ribeteadas sus puntas con tejido azul y ocre en mí regazo, mientras deposita en mi mano derecha una copa de coñac. Luego, sentencia: "La semana pasada, cuando reaccionamos, usted ya se había marchado con la señorita de altos tacones y vestido negro. Pero, no se preocupe, aquí está el paquete el cual usted olvidó."
El camarero ya volvía con un servicio bien dispuesto: aceitunas negras, aceite de olivo, vinagre balsámico, pan de ajo y romero y un plato humeante de tallarines con salsa boloñesa. También, traía un paquete. El paquete tenía una tarjetilla apenas legible. Se leía un nombre: "Para: Jesús R. C. De: L." ¿Por qué me conocían en este lugar al cual no regresaba desde inicios de éste año y supuestamente estuve aquí hace apenas una semana y con una dama ataviada de negro y con tacones de aguja? No lo sé.
Acusador, el paquete me retaba a abrirlo. Pero ¿era para mí? Mi nombre y las dos iníciales siguientes coincidían. ¿Azar o casualidad? Jugueteé con él en la mano. Con una risilla burlona pero simpática, el camarero espetó casi en mi oído: "Luego me platica patrón, cómo le fue en esa noche. ¡Qué mujer señor!." Volví a palidecer.
Letras minúsculas
Bebí de un solo faje tres copas regulares de coñac. A la cuarte, decidí abrir el paquete. Continuará.