Afanes y refranes

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Opinión
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"Están ustedes para bien saber y yo para mal contar; y si fuere mentira pura harina; y si fuere verdad pan será; el pan para los muchachos y el vino para los borrachos...''.

Así empezaban nuestras abuelas a contar los cuentos, que terminaban siempre con otra fórmula ritual: "Y colorín colorado, este cuento está acabado, y el que no se levante se queda pegado''.

Pues bien: están ustedes para bien saber y yo para mal contar que allá en el Potrero de Abrego a don Abundio se le perdió un marrano. Don Abundio vivía solo en su jacal, retirado del rancho un par de leguas. Tenía mujeres, pero no tenía mujer. Decía:

-Pa' o'ir gruñidos, con un marrano tengo.

Y vaya que tenía marrano don Abundio. Era el suyo un cochino grande, forrado de manteca por todos los puntos cardinales, con lucia panza de canónigo, dicho sea sin agraviar. Estaba orgulloso de su cochi don Abundio. Era la gala mayor de su existencia: en ningún rancho de todo el cañón ni los vecinos había otro marrano como el de él.

Un día don Abundio debió hacer una salida. Tuvo que ir a Casillas a recoger un aguacate. Se dispuso para el viaje, que duraría nomás 24 horas.  Dio de almorzar a la yunta, al burro y a la vaca; les echó máiz a las gallinas; a su marrano le dejó harta comida, y hasta le formó un pequeño charco de lodo a fin de que se revolcara a su placer si calentaba el día. Luego, en su viejo caballo, animal de andar cansino y filosófico, don Abundio se fue por el camino.

Volvió al día siguiente. ¡Oh, dolor! El cochino había desaparecido. Alguien se robó el marrano.

Don Abundio no dijo nada a nadie. Se tragó lo del robo como tragarse una piedra. No dio parte a la autoridad; absolutamente a nadie le contó lo que le había pasado. Iba y venía don Abundio, de su apartado jacal al rancho, y del rancho a su apartado jacal, como si nada hubiera sucedido. Cuando alguien le preguntaba cómo estaba respondía:

-Muy bien. Sin novedá.

Pasó una semana. Un mes pasó. Pasaron dos y tres meses, cuatro y cinco. Nadie en el rancho se enteró de que a don Abundio le habían robado su marrano. Un buen día estaba don Abundio con su compadre Locho. De pronto éste le preguntó como si nada:

-Oiga, compadre: y aquel marrano tan bueno que le robaron, ¿ya nunca lo encontró?

-Lo acabo de encontrar -replicó al punto don Abundio.

Agarró a su compadre por el pescuezo, le depositó en la trompa dos trompadas y en forma expeditiva lo hizo confesar que él había cometido el robo. En tres patadas (en el trasero las tres) lo puso ante la autoridad, y ahí el desleal ladrón se obligó a pagar el precio de lo hurtado.

Yo le preguntaba después a don Abundio cómo supo quién le había robado su marrano.

-Callando, licenciado -me respondió él-. Así es como se aprende todo.

Yo tengo en alta estima a don Abundio. Lo veo como una especie de Sócrates rural. Siempre dice que no sabe nada, pero yo tengo para mí que sabe más del mundo y de la vida que los que se dicen sabios. Su saber tiene la sólida certeza del sentido común. Ya he dicho, creo, de la vez que estábamos conversando don Abundio y yo frente a la puerta de la casa del Potrero. A él lo cubría del sol la sombra de la pared. A mí, que estaba al descubierto, el sol me daba de frente en plen    a cara.

-Hágase pa' la sombrita, licenciado -me dijo don Abundio. Y añadió luego, socarrón:

-Mire: si ve a alguien que pudiendo estar en la sombra está en el sol, haga negocio con él. Seguramente es un pendejo.




Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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