Gratuidad

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Opinión
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La gratuidad se sale del juego de "dar para recibir".

El que da no cobra y el que recibe no paga. En la Tarahumara el indio dijo "gracias por el regalo" y el mandatario rectificó: "no es un regalo es un derecho que usted tiene".

El derecho, claro, es más amplio porque la despensa no durará tanto como la sequía. Sería necesario establecer centros de almacenamiento de maíz y frijol en las lejanías de la sierra. Un paso necesario también es el de fuentes de trabajo alternativo para que no dependan sólo de sus siembras de temporal.

Dentro de los programas de cualquiera que sea al próximo gobierno nacional no puede faltar la atención a todas las comunidades indígenas del país, no sólo con auxilios de emergencia sino con inversiones que mejoren sus condiciones de vida.

En tiempo de graves carencias, el necesitado recibe, en realidad, lo que es suyo porque, en caso de necesidad extrema, todos los bienes son comunes. De exigente lira mexicana brotó el verso tantas veces repetido: "nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto". Con esa conciencia la comunidad aporta gratuitamente, da sin cobrar, se desprende de algo que es superfluo y los más generosos hasta de algo de lo necesario para hacerlo llegar a los que tienen hambre y frío.

El desinterés, la gratuidad, el desprendimiento, la generosidad, el altruísmo no son sólo hermosas palabras. En la vida nacional están presentes estas acciones en todos los voluntariados admirables, ignorados, silenciosos, perseverantes. Existen muchas iniciativas que convocan a vivir esas actitudes humanas que ya no son sólo justicia sino que están salpicadas de amor.

Lo que sigue haciendo falta todavía es no sólo dar el maíz y el frijol que no dio la tierra sino capacitar para diversificar cultivos, encontrar agua y represarla. Apoyar artesanías con créditos que los indigenas no pueden conseguir por su insolvencia y facilitar su venta y exportación.

La calidad de un gobierno en nuestras tierras ha de verse en el acceso que tengan  a los bienes básicos quienes habitan las zonas suburbanas y las zonas indígenas. Por la mayor conciencia de la hipoteca social que pesa sobre la propiedad de los poderosos y por mayores oportunidades para una creciente clase media.

Por encima del mercado está la justicia, claro, y también la magnanimidad, la solidaridad, esa amistad comunitaria que, como decía el aquinatense es "amor de benevolencia recíproco, fundado en la comunicación de bienes"...




El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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