Macaria. Historia de una injusticia

+ Seguir en Seguir en Google
Opinión
/ 25 mayo 2012

¿Puedes sentir remordimiento por un pecado que tú no cometiste?

Yo cargo el peso de una culpa ajena. Tiene esa culpa 65 años de edad, y sin embargo va conmigo siempre. En las noches de duermevela se me aparece de repente y me mira en medio de la oscuridad, y entonces las tinieblas de la habitación se hacen rojizas, con el color de la vergüenza.

Se llamaba Macaria. Vivía sola en la calera, un sitio polvoso y apartado que estaba entre los ranchos del Refugio y de La Soledad. En El Refugio pasábamos las vacaciones grandes, dos meses largos del verano. ¡Qué de lugares bellos tenía aquel lugar! Los Ojitos, donde brotaban los manantiales cuyas aguas corrían luego por las acequias festoneadas de picante berro... La magueyera: ahí campeaban las olímpicas liebres saltando por entre el chaparral... El Pasito, un canal de regadío tan angosto que aun los niños podíamos cruzar con sólo un paso... La mojonera, pequeña loma -un Everest para nosotros- coronada por el hito de piedra que señalaba uno de los linderos de aquella vasta propiedad...

A todos esos lugares podíamos ir los niños. A todos, menos a la calera. ¿Por qué? Porque en la calera vivía Macaria, y Macaria era bruja. En las noches, acabada la cena, salíamos al portal de la casa, y ahí nuestras mamás nos relataban los malos hechos de Macaria. Un día había matado un perro con la mirada. Cierta noche un hijo de María López la vio cuando se convertía en lechuza. Una niñita que vino de Saltillo en día de campo se acercó mucho a la casa de Macaria, y nunca jamás volvió a saberse de ella...

Los niños veíamos a Macaria con terror. Cuando venía al rancho corríamos todos a escondernos, y si debíamos ir a La Soledad hacíamos un largo rodeo para no pasar por su jacal. Ella nos miraba, nos hacía señas para que nos acercáramos, y nos mostraba en alto un vaso de aguamiel, como invitándonos. Pero nosotros ya sabíamos: si íbamos nos mataría, como a la niña de Saltillo, y nos devoraría. Huíamos entonces de aquel lugar horrible y de la bruja.

Pasaron los años, y no fuimos ya niños. Un 6 de agosto, en la fiesta del Santo Cristo, una mujer me saludó al salir de la capilla.

-¿No se acuerda de mí, Armandito? Soy Macaria.

Era una pobre mujer, enteca y pequeñita, de rostro dulce y de mirada humilde.

Al día siguiente le conté a mi madre aquel encuentro, y le pregunté por qué ella y mis tías nos contaban que Macaria era bruja.

-Porque vivía cerca del tanque hondo -me explicó- y no queríamos que se acercaran a ese lugar tan peligroso.

Ésa es la culpa ajena que llevo como propia. Recuerdo a aquella mujer sin hijos, solitaria, y la miro ofreciéndonos desde lejos un vaso de aguamiel para que nos acercáramos. Veo niños que escapan, asustados, y veo a Macaria triste, sin entender por qué los niños huyen de ella. Siento un hilillo de vergüenza en el filo del alma. Lo estoy sintiendo ahora... ¿Se le puede pedir perdón a un recuerdo? Si eso es posible perdónanos, Macaria: ni tú merecías nuestro terror de niños ni nosotros merecíamos tu vaso de aguamiel.


Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM