Dietas para el planeta
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Por José Sarukhán
La población mundial alcanzará hacia la mitad del presente siglo, según expectativas conservadoras, arriba de 9 mil millones de personas. Esto implica que habrá que incrementar la producción alimentaria en promedio global cerca del 70 por ciento y probablemente bastante más en el caso de algunos países en el continente africano.
En la mayoría de los países, tanto desarrollados como en desarrollo, no hay ya mucho más espacio para la expansión agropecuaria y el poco espacio es más bien de terrenos marginales. Cerca de 80 por ciento del incremento en producción alimentaria deberá generarse en tierras que ya están, actualmente, sometidas a producción agrícola o pecuaria.
En ese contexto, deben ocurrir varias cosas de manera simultánea: a) un aumento en la intensidad de producción agropecuaria sin exacerbar los daños al ambiente, en un contexto en el que se presenta un decremento en la productividad en tasas alrededor del 2 al 3 por ciento anual; b) una seria reducción del criminal desperdicio de la producción agropecuaria que representa 30 por ciento de alimentos ya producidos y c) un cambio de comportamiento en las dietas adoptadas por las sociedades afluentes tanto en países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo.
Otra alternativa, que además tiene repercusiones de tipo ambiental, social y de salud pública, es la adopción de dietas sustentables, ya que las dietas irracionales y absurdas imponen una carga enorme de costo social, que no se restringe a problemas de salud pública, sino que se extiende al mal uso y la pérdida del capital natural de un país.
En consecuencia de lo anterior, requerimos adoptar dietas sustentables, surgidas de sistemas productivos de bajos insumos agropecuarios, de características locales o regionales, basados en modelos de comercio justo y que requieren de distancias cortas para su distribución a los consumidores. Es necesario aplicar rigor al concepto de sustentabilidad cuando la referimos al tipo de dieta que es deseable tener.
Los responsables de la política alimentaria deben tratar de estimular la existencia de un sistema productivo alimentario que, en su intento de ser respetuoso con el ambiente, vaya más allá del cuidado de la biodiversidad o de las emisiones de carbono, e incluya otros elementos como el cuidado del suelo y su fertilidad a largo plazo, el consumo del agua y el uso sustentable del suelo. El enfoque de la producción de un sistema alimentario y una dieta sustentables debe atender los siguientes elementos: calidad de los alimentos, cuidado del ambiente y de la salud pública, justicia y equidad social, una economía balanceada y solidez en la gobernanza del sistema. El verdadero sentido de la sustentabilidad consiste en que los seis elementos antes mencionados deben ser tratados con la misma importancia. No hacerlo generará inevitablemente distorsiones del sistema que cesará de ser sustentable.
No es fácil definir con precisión qué tipo de políticas públicas se requieren para diseñar el sistema alimentario sustentable que requerimos para el futuro. Habría que decidir si la meta es lograr un desarrollo corporal sano, o de comer lo que más le gusta a la gente, o bien diseñar los alimentos conforme a las limitaciones del ambiente o a las limitaciones o posibilidades económicas de cada familia.
Hay aquí implicaciones de tipo moral, práctico, económico, científico y tecnológico. Sin embargo, nos debe quedar claro que tendremos que alimentarnos dentro de los límites ambientales del Planeta, pero sin ignorar que esa alimentación debe procurarnos salud, placer y debe preservar nuestra identidad cultural.
La respuesta real a este reto global es la adopción de tecnologías de Intensificación Sustentable de la Producción Agrícola, a la cual me referiré en mi próxima entrega.