Project X Haren
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Luis Alfredo Pérez S
Fuera de sus vecinos, hasta hace quince días nadie había oído hablar de Haren, un pueblo perdido en el norte de Holanda, tan tranquilo y aburrido como miles por el estilo. Sucedió entonces que una chica envió por Facebook una invitación para la fiesta de su décimo sexto cumpleaños, y por error la etiquetó como pública en vez de privada.
La bola de nieve comenzó a bajar la montaña. La "invitación" se reprodujo en las redes sociales, aparecieron videos en YouTube, y para redondear la "promoción" un par de estaciones de radio hicieron eco del "evento", que de pronto era tan cool que miles de personas aseguraban que asistirían.
El alcalde de Haren y la policía se lo tomaron con calma. Quizá no habían oído que hace apenas unos meses una mediocre película, "Project X", presentó a unos adolescentes organizando una fiesta por el estilo. Al parecer tampoco sabían que en varias ciudades del mundo se había intentado hacer algo semejante. Y de noche les pasaba que internet es un amplificador gigantesco, y la gente en grupo no es tan sensata como generalmente lo es por separado.
El día de la cita, el pasado viernes 21, la chica y su familia habían huido del pueblo. El alcalde, sin detenerse a pensar que quizá le estaba haciendo promoción, había aparecido en varios medios para repetir que era un tontería venir a Haren porque no habría ninguna fiesta, y la policía esperaba a doscientos, quizá cuatrocientos, no más de quinientos adolescentes sin otra cosa mejor qué hacer en viernes por la noche.
Tan tranquilos estaban todos que decidieron no interrumpir el servicio de trenes ni cerrar las tiendas.
Y la gente comenzó a llegar, muchos con camisas que aludían al "evento", bautizado para entonces como Project X Haren. En la estación los recibían tres amables policías, que los enviaban al campo de futbol cercano hacia donde se había acordado dirigirlos, y muchos vecinos se acercaban para ver con sus propios ojos lo que había terminado siendo una noticia nacional.
Cuatro horas después habían llegado unas cinco mil personas, la mayoría hombres, casi todos bebiendo alcohol, y buena parte fuera de control. Para cuando la policía por fin consiguió reunir a suficientes agentes para enfrentarla, la turba había saqueado un supermercado, destrozado bicicletas y mobiliario urbano, destrozado jardines, quemado un automóvil e incluso agredido a un hombre de 84 años.
Al día siguiente Haren amaneció con las calles llenas de basura, decenas de casas dañadas y los comercios llenos de ventanas rotas. Veinticinco personas sufrieron heridas, y treinta y una fueron detenidas.
Mientras los políticos y la policía se justifican y pelean por ver quién pagará las reparaciones y los gastos del despliegue policial, los medios de comunicación se han llenado de comentarios y opiniones sobre lo sucedido.
De nada sirve que todo haya comenzado como un error, ni que la turba haya estado llena de pendencieros bien organizados. Muchos holandeses se preguntan si es posible demandar a Facebook, y exigen que la chica de la invitación pague parte de los daños y sea castigada. Aseguran también que esto es consecuencia de la laxitud con que la sociedad holandesa educa a sus jóvenes hoy en día: ya no hay valores, les hemos dado todo, son unos caprichosos.
Al final eventos como éste resultan tranquilizantes, ¿no es verdad? Nuestras sociedades y nuestros recursos devienen más y más complejos, pero nuestras principales fuentes de problemas son siempre las mismas. Algo habría qué hacer de una buena vez para acabar con la tecnología y la juventud.
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