Sin sentir que me llaman: José Lezama Lima
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Charles Augustin Sainte-Beuve, el crítico francés del siglo 19 que ignoró a Baudelaire, a Stendhal y a otros grandes autores de la época, seguía un método de análisis que él llamaba "biográfico". Suponía que para comprender la obra de un poeta era imprescindible saber cómo había vivido, cuáles eran sus gustos, cuánto había viajado, de qué manera fue educado, etcétera. Pensaba que ésa es la única forma de comprender la obra de un artista.
Marcel Proust, acaso curándose en salud, pretendió escribir un ensayo "Contra Sainte-Beuve" con el fin de desbaratar lo que le petit Marcel (el pequeño M.) calificaba de método aberrante. El ensayo fue convirtiéndose poco a poco nada menos que en "En busca del tiempo perdido", esa saga en siete volúmenes que cuenta... todo lo que un hombre como Proust podía contar.
Pero su afán al atacar el método de Sainte-Beuve obedecía menos a la demanda de cierta objetividad que a la autodefensa: Proust había depositado en su obra mucho, pero mucho de sí mismo. De hecho, en esas miles de páginas Marcel había puesto su corazón al desnudo, como diría Baudelaire de sí mismo.
La crítica contemporánea de arte ha hecho oscilar su péndulo entre extremos irreconciliables: la detectivesca
pesquisa en la vida privada del artista y la supresión absoluta del autor de una obra. Avalados por Freud, muchos se han internado en el berenjenal de las intimidades para "explicar" un poema, un cuadro o una sinfonía.
Por este camino, ni Sainte- Beuve hubiese llegado más lejos. Armados con un arsenal de conceptos psicoanalíticos, estos críticos quieren revelar, por ejemplo, las tendencias homoeróticas de Flaubert en virtud de no sé qué fetichismos behavioristas. En el lado opuesto, muchos teóricos suponen que una novela, un "texto", debe aportar sus propias claves de interpretación, al margen de quien lo elaboró. La teoría de la intertextualidad, la hermenéutica y otras corrientes de la interpretación afirman que "el texto habla por sí mismo". En algún instante de este movimiento pendular, la crítica marxista -el materialismo histórico/dialéctico- aún hace valer su antiguo prestigio.
Leo uno de tantos poemas del poeta cubano José Lezama Lima (1910-1976) y no sé si atender a los "biográfico-psicoanalistas", a los "intertextuales", a los "materialistas" o, de plano, a los místicos. En el bosque de imágenes con que nos seduce "Una oscura pradera me convida" -del libro "Enemigo rumor", publicado en 1941-, ¿qué matiz adopta la voz poética y qué cosas nos dice?: "Una oscura pradera me convida, / sus manteles estables y ceñidos, / giran en mí, en mi balcón se aduermen. / Dominan su extensión, su indefinida / cúpula de alabastro se recrea...".
Hay cierta evanescente melancolía en estos versos que inician el poema. Aunque Lezama dominaba la métrica y la rima, aquí hay un ritmo que nada tiene que ver con la tradición lírica: el verso es "libre", pero cuánta simetría sonora hay en ellos. Y cuando uno escucha este poema leído por el propio autor, la música del habla antillana permea estos versos de oleaje marítimo, de "s" aspirada, de malecones y gaviotas. Lezama, como cualquier cubano, lee: "Una o'cura pradera me convida, / su'mantele' e'table'y ceñido'..." Esto añade un encanto insustituible al poema.
¿Qué traducción podría realizar la imposible hazaña de regalarnos una forma de ser como la que escuchamos aquí? La forma de ser de un pueblo y la manera en que esa forma de ser se filtra en un poeta como Lezama Lima, tan culto, tan hermético a veces, tan hijo de su amada isla.
"Sobre las aguas del espejo, / breve la voz en mitad de cien caminos, / mi memoria prepara su sorpresa: / gamo en el cielo, rocío, llamarada..." El poeta no dice "el espejo de las aguas". Él invierte los términos de la imagen convencional y narcisista para construir otra, más cercana a un surrealismo del que siempre renegó un poco: el espejo es de agua y en esas aguas veo la imagen de mi memoria que me habla en voz baja, como desde la incertidumbre. Por lo demás, Góngora, complacido, sobrevuela estas aguas y todos estos versos.
El mundo del sueño entra definitivamente en el poema cuando el poeta dice: "Sin sentir que me llaman / penetro en la pradera despacioso, / ufano en nuevo laberinto derretido. / Allí se ven, ilustres restos, / cien cabezas, cornetas, mil funciones / abren su cielo, su girasol callando..." Iniciado durmiente, Orfeo, Simbad, Pierre Aronnax, aureliano Nerval: Lezama entra cautelosamente en esa o'cura pradera que es también un laberinto; ahí se encuentra con todo aquello que conforma su propio pasado, sus pasiones, sus recordaciones, su mordaza, su sol silencioso.
El exuberante y barroco erotismo lezamiano no sólo es lingüístico; también es de carne. Una vez internado en la pradera que lo ha convidado a penetrar el laberinto de sus símbolos, el poeta habla como en sueños: "Extraña la sorpresa en este cielo, / donde sin querer vuelven pisadas / y suenan las voces en su centro henchido..." Además de esas pisadas y de esas voces que vuelven "sin querer" a un cielo henchido "en su centro", escucho otras más, las de nuestro Xavier Villaurrutia, por ejemplo, que dice en su "Nocturno": ".las voces imprevistas / que a intervalos enciende, / el grito de la sangre, / el rumor de unos pasos / perdidos." En una abrupta y deliberada transición, la lente poética de Lezama corta a: "Una oscura pradera va pasando. / Entre los dos, viento o fino papel, / el viento, herido viento de esta muerte / mágica, una y despedida. Un pájaro y otro ya no tiemblan." Como en los sueños, el poeta se ve trasladado de un espacio a otro: ya no está en la pradera oscura sino en un lugar desde donde advierte cómo ante sus ojos esa pradera pasa navegando el aire, como una "ínsula extraña" y flotante. Hay un "viento herido", una muerte que no por mágica es menos muerte y una "despedida".
¿Las aves "ya no tiemblan" porque se renunció al apremiante deseo? En el poema
"Llamado del deseoso" -del libro "Aventuras sigilosas", de 1945-, Lezama dice casi esotéricamente: "La hondura del deseo no va por el secuestro del fruto."
Pero ¿cómo hablar de este poema de la pradera -o de cualquier obra- sin saber que Lezama Lima fue un asmático, un "uransita" (como decía Gide), una víctima más de la revolución castrista, entre otras cosas? ¿Cómo leerlo sin seguir sus pistas, ya no sólo las individuales, sociales y políticas, sino las estéticas, herméticas y filosóficas? Porque Lezama Lima es uno de esos artistas "summa": en él confluyen ríos abundantes y desembocan corrientes caudalosas; y él es un manantial del que abrevan muchos. ¿Fue incómodo al sistema "socialista"?
Qué más da. Para legiones él es el interlocutor más interesante e inteligente que podríamos tener. También uno de los más amigablemente exigentes.