Devaluación Constitucional

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Opinión
/ 8 septiembre 2012

En las naciones con una larga tradición democrática, el conocimiento y el respeto a la Constitución es un factor que ha sido detonante de su desarrollo desde el punto de vista social, económico, político y cultural. Es práctica, no sólo retórica.

En México, en cambio, la Constitución vive ausente. Ninguno de los candidatos presidenciales debatió sobre la importancia de la Constitución como eje rector de la nación; y tampoco lo hizo la sociedad.

México ha luchado por tener arraigo constitucional, pero no lo ha logrado. Sólo así podemos explicarnos como, desde que nacimos como nación independiente, hemos tenido al menos 10 documentos que han fungido como Constitución, mientras que países como Estados Unidos, sólo uno.

A través de la historia hemos utilizado las constituciones para justificar el Estado católico, el Estado laico, la monarquía, la república, el centralismo, el federalismo, el conservadurismo y el liberalismo. Sin embargo, lo único que no hemos logrado es que la Constitución sea el documento supremo de México al que todos se sometan, comenzando por los gobernantes y las instituciones públicas.

La Constitución es vista por los políticos como un bello ideal en el anecdotario histórico, no como un instrumento de gobierno.

Como ha dicho Gabriel Zaid, "desde la Independencia hasta hoy, quienes han llegado al poder en México se han sentido constituyentes: dueños de hacer y de rehacer la Constitución. No la ven hacia arriba, como algo superior a lo que deben someterse, sino hacia abajo: sometiéndola a cambios interminables desde afuera. Y afuera rigen leyes no escritas que, en la práctica, han pesado más que las otras" (Reforma, 26 de junio de 2011).

Como consecuencia de esto, la sociedad mexicana no aprecia su Constitución. Según una reciente encuesta realizada por Demotecnia sólo el 4% de los mexicanos considera que nuestra Constitución sigue siendo adecuada para nuestros tiempos, y sólo el 9% afirma haberla leído alguna vez.

Lo anterior nos habla no sólo de una Constitución devaluada, sino de una sociedad lejana a la cultura de la legalidad, que tiene prácticas e ideales alejados del pensamiento ilustrado y democrático que dio origen al constitucionalismo moderno.

Es sorprendente escuchar las voces de políticos que claman por una nueva Constitución federal, cuando muchos de ellos ni siquiera conocen o cumplen lo dispuesto por la actual. Aunque ha sido pisoteada muchas veces, la Carta Magna de 1917 tiene grandes virtudes: es una de las más longevas del mundo y ha sabido adaptarse para crear las instituciones que sostienen al México de hoy: el Banco de México, el IFE, el TEPJF y otras más que, como el IFAI, contribuyen al desarrollo de la democracia.

Aún así queda mucho por hacer y un círculo vicioso que vencer: no hay constitucionalismo vivo sin democracia; no hay democracia vibrante sin participación ciudadana, y no puede haber participación ciudadana sin un básico conocimiento de los derechos y obligaciones fundamentales que establece la Constitución.

No olvidemos que las conquistas ilustradas en Europa y América pusieron muy en claro que una constitución no la crea el gobierno omnipotente, sino que se la da el pueblo a sí mismo, en ejercicio de su soberanía, para vivir mejor.

Conocer la Constitución es una tarea clave de los mexicanos para contribuir a consolidar un Estado democrático y social de derecho. La Constitución debe ser conocida, discutida y respetada. Debe estar presente en las aulas, en las conversaciones cotidianas y debe regir la conducta de gobernantes y ciudadanos. Si los mexicanos conocemos mejor nuestra Constitución estaremos mejor preparados para algo que no hemos aprendido a hacer con eficacia: exigir, pero también cumplir.

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