Obituarios
COMPARTIR
El día se levanta. Es sábado 23 de febrero y redacto estas atribuladas notas. El café escurre moroso, aromático, amargo, en mi cafetera la cual me acompaña desde hace lustros. Es mi tanque de abastecimiento para aguantar el tráfago mañanero. Sin café, soy hombre al agua sin salvavidas ni escapatoria posible. Bebo mi café y dan ganas de vivir. Temprano, muy temprano, enfilo mis pasos al kiosco de publicaciones cotidianas con el mítico Toño "La bola", en el centro de Saltillo.
Regreso a mis aposentos para abrigarme con un blazer porque apenas en minutos, saldré a almorzar con el periodista Jesús Carranza, Vocero para Temas de Seguridad de Coahuila. Ojeo sin leer nada en particular la edición sabatina de VANGUARDIA. Llegó a los fatídicos obituarios. Un frío me recorre la espalda. Se anuncia la defunción del maestro Antonio Malacara Martínez (Saltillo, Coahuila, 28 de enero de 1928-2013). Un día antes, el viernes, amigas de quien esto escribe me habían avisado de la muerte por una complicación renal, de una entrañable amiga de este escritor, la señora Angélica Castañeda. Di un largo trago a mi café. El sabor caló más de lo debido en mi gaznate por siempre sediento.
Dejé el periódico y titubeé de las letras en el obituario. Por un momento dudé. ¿Era el escritor don Antonio, el académico? Recordé aquellas viejas palabras que se cruzaron en el teléfono Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, océano de por medio, cuando el primero le avisó al segundo de la muerte de Julio Cortázar. Fuentes lo había leído en los obituarios, a lo cual el santo patrono de Aracata, con su proverbial picardía, habría contestado: "No Carlos, no creas todo lo que se publica en los diarios". Para desgracia de todos, en aquel entonces sí había muerto el autor de "Rayuela" y hoy para desgracia de este escritor, sí murió entre nosotros el columnista Antonio Malacara.
¿Desde cuándo conocía a la señora Angélica Castañeda y al maestro Antonio Malacara Martínez? Pues no sé. Tal vez desde siempre. Los pocos que nos dedicamos a pergeñar letras en un papel en blanco y aquellos seres humanos para los cuales la cultura, las artes no son una ocupación, sino una vocación de vida, pues nos conocemos desde siempre. Así de sencillo. Doña Angélica Castañeda fue una de las colaboradoras más eficaces y leales cuando el Instituto Estatal de Bellas Artes era dirigido en su mejor época por el maestro Javier Villarreal Lozano.
Esquina-bajan
Conocí a la señora Angélica Castañeda en los años 80, a sus hijos, hoy ya adultos, y con hijos a la vez y claro, a su esposo, don Javier Mendoza; sí, hermano de la siempre recordada doña Susana Mendoza. No pocas veces fui a casa de doña Angélica a "gorrearle" tortillas de harina, huevo molcajeteado con salsa y frijoles refritos de guarnición; la clásica cena norteña para sibaritas, infaltable en hogares de honor en Saltillo.
A don Antonio Malacara antes de conocerle, lo leía. Ya luego compartimos páginas, si mi memoria no me falla, en El Sol del Norte y aquí en VANGUARDIA. Don Antonio ya luego probó aventura en un diario de filial regiomontana ya también extinto. Fue cuando un poco se me perdió su figura en el horizonte. Don Antonio Malacara fue un saltillense de buena cepa. Fue recipiendario de la "Presea Saltillo" en el 2000 y Premio de Periodismo Cultural de la UAdeC, en el 2003. Dos justos reconocimientos.
Recuerdo su mesa de contertulios de café, a la cual me sumé algunas veces: el mismísimo escritor, don Melchor de los Santos, el doctor Monzón, don Roberto Orozco Melo y don Javier Villarreal. Puros ases. El día avanza. Enfilo mis pasos a la UAdeC donde curso un diplomado en Música Clásica todos los sábados. Regreso a mis aposentos ya de noche.
Letras minúsculas
Destapo una botella de generoso licor y enciendo una vela votiva por dos amigos. Hoy la señora Angélica Castañeda y don Antonio Malacara descansan en paz. Así sea.
Hoy Angélica Castañeda y don Antonio Malacara descansan en paz. Así sea