Gracias, José
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Con el buenas noches de ayer del Papa Benedicto XVI se despidió también Joseph Ratzinger, el personaje vivo de mayor jerarquía de la Iglesia Católica en el criminal capítulo del padre Marcial Maciel.
Fue Ratzinger, todavía prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, quien a finales de 2004 reabrió sigilosamente la investigación sobre los abusos sexuales a menores de Maciel. Gracias a Ratzinger primero, y a Benedicto XVI después, Maciel fue castigado, expulsado de la Iglesia y condenado al infierno de las peores páginas en los anales de la Iglesia Católica.
Puede ser cierto que ya como Papa no hizo más por castigar a otros muchos padres Maciel. Pero sin la voluntad de Ratzinger, Maciel difícilmente habría sucumbido como sucumbió.
"El cardenal Ratzinger, ahora Papa, sabía más que nadie en la Curia Romana sobre la profundidad de la crisis de Maciel y los Legionarios de Cristo", escribió el 27 de abril de 2005 en el New York Times, Jason Berry, a quien junto con Gerald Renner debemos el descubrimiento de las atrocidades de Maciel. "Y como teólogo de convicciones fundamentalistas, como alguien que ha empujado a los obispos a que no tengan miedo de confrontar a quien sea con la `autoridad de la verdad', quizá concluyó que había llegado la hora de hacerle frente a una situación que ha desgarrado el sistema nervioso de la Iglesia".
A partir de ahí, el derrumbe fue cataclísmico. Señalado por la Santa Sede y sin aliados que impusieran el silencio a través de la censura y el miedo, el padre Maciel fue derrotado.
Como un periodista que participó en tramos de esta historia, tengo que decirle a Joseph Ratzinger, gracias, José.