Filosofía del fracaso

Opinión
/ 2 octubre 2015

    Filosofía del fracaso. Más útil, a mi ver, es una filosofía del fracaso. Conseguir el éxito es cosa menos dura y menos demoledora que sobrevivir entre las ruinas de los proyectos personales, sin ilusiones y sin esperanzas, durante varias décadas. Igual que el éxito, el fracaso se consigue en una etapa temprana o media de la vida, de una manera también súbita y fulminante. No queda sino vegetar el resto de la existencia, entre heridas que no cicatrizan, una vez que se constata que hemos arruinado nuestra oportunidad y que ésta no volverá a presentarse. Si el éxito constituía el sentido de la vida, dicho sentido se pierde. Con espíritu democrático digo que una filosofía del fracaso es más necesaria, porque somos muchos los que fracasamos y pasamos a los registros fantasmales de la historia sin rostro y sin huellas dactilares. Los happy few no necesitan ninguna filosofía mientras dura su bienandanza; por lo demás, que el éxito termine no significa un fracaso, sino un regreso a la normalidad. Esta meritocracia, convertida en historia de excepciones, deja en la sombra al 99 por ciento del iceberg humano, sumergido en un agua fría y oscura aparentemente más terrible que el infierno pero más compasiva que el paraíso, por cuanto significa de olvido y de relevo de responsabilidades. El carácter efímero de los perdedores es preferible a la problemática eternidad de los que triunfan. Es algo más seguro, más consistente no obstante su formulación negativa. Una filosofía estoica, pues, que nos ayude a soportar el curso natural de la vida sin satisfacciones extra ni disfrutes supernumerarios. Un epicureísmo que nos enseñe, no a disfrutar el máximo goce sino el menor de los dolores. Tomando en cuenta que el umbral del dolor entre los humanos es elástico, relativo, caprichoso: nos quejamos lo mismo de una muela que de una leucemia. Basado en un utilitarismo egoísta, la filosofía del éxito se expresa en un enunciado ingenuo: si tengo éxito, prosperará la sociedad, si soy feliz los demás estarán contentos. Dicho aserto, apoyado en la autoridad de sabios como William James, John Dewey o Bertrand Russell, se oye como una mera declaración desfachatada y es tan exacta como las leyes invisibles que mueven el mercado, que son una mentira aunque padezcamos sus brutales efectos todos los días. La medida del éxito y de la felicidad es material y rigurosamente cuantificable: un Volkswagen, la membresía de un club de golf, un empleo bien remunerado. Bienes deletéreos e inmensurables no entran en su cuantificación, tales como el sentimiento religioso o el disfrute de obras de arte. Un fracasado puede escuchar a Beethoven o leer a Charles Baudelaire y eso no significa una nota de éxito en el currículum de la administración de la vida. En lo demás, un perdedor y un triunfador están a la misma distancia de Dios, por la abusiva razón de que Dios es infinito y está en todas partes, por lo que la noción de cercanía y de lejanía pierde todo sentido. Si la alta cultura adquiere un valor monetario, entra automáticamente en los parámetros del éxito: viajar a Nueva York para escuchar una ópera es propio de triunfadores, mientras que un perdedor puede quedarse en su buhardilla leyendo "El Mundo como Voluntad y Representación" de Schopenhauer, en una edición de la colección Sepan cuántos que no pasa de 90 pesos.