JEP: Sólo un poco aquí (Primera parte).

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Opinión
/ 22 febrero 2014

Mas aun el tiempo da en estos despojos

Espectáculos fieros a los ojos,

Y miran tan confuso lo presente

Que voces de dolor el alma siente.

Rodrigo Caro

Canción a las ruinas de Itálica

El Tiempo (y sus estragos) es uno de los temas recurrentes en la poesía -y en la mentalidad- de los poetas y del género humano. Desde hace miles de años, el Tiempo es una obsesión, una angustia y una incertidumbre para los únicos seres conscientes de la creación; esto, si de verdad nosotros, los que constituimos esa categoría llamada homo sapiens, somos esos únicos entes sobre el planeta que sabemos que sabemos.

Muchos poetas, filósofos y pensadores han dedicado sus afanes a desentrañar los enigmas del Tiempo. ¿Es una eventualidad exclusivamente terrestre? ¿Es un parámetro que rige todo el Universo? Los científicos ven este fenómeno con otros ojos pero con la misma perplejidad. ¿El Tiempo fluye hacia dónde? ¿Se nace, se crece, se envejece y se muere gracias al Tiempo? ¿Esta carne y esta conciencia están destinadas a la Nada? Platón cree en una evanescente atemporalidad. Unamuno se debate en la neurótica desesperación de su hambre inmortalidad. ¿Qué quiere decir Stephen Hawking con todo está en la mente cuando habla de su Breve Historia del Tiempo?

No hay pócima ni crema ni palabra mágica que desbarate el implacable efecto del Tiempo. Si es una ilusión humana, entonces es una ilusión terrorífica: duele su paso, lastima el flujo de su perenne devenir, lacera la pesadilla de su amenaza insoslayable. El Ser y el Tiempo llamó Heidegger a su obra cumbre. El Ser y la Nada tituló Sartre a uno de sus libros más soporíferos. Schopenhauer quiso bautizar su libro capital como El mundo como voluntad y representación: no el Tiempo sino nosotros, las víctimas, somos los protagonistas del drama; el mundo es la representación de nuestra voluntad, por muy fugaz que sea.

Como Nezahualcóyotl, Jorge Manrique y tantos otros, José Emilio Pacheco entona a lo largo de toda su obra poética una extensa elegía a las cosas del Tiempo, a todo lo que éste erosiona y pulveriza. Una nutrida familia de palabras cerca lo que el Tiempo significa para el poeta y para todos nosotros: la memoria, el olvido, el pasado, la muerte, el futuro, las ruinas, el instante, las horas, la erosión, la vejez, el recuerdo, la putrefacción Familia lingüística cuyo centro y desembocadura son el Tiempo y la Muerte. Todos los poemas que Pacheco escribió en torno de esta obsesión colectiva conforman una suerte de retablo, un prolongado Vanitas verbal. Podemos pensar en el Finis Gloriae Mundi, de Valdés Leal, o en la Alegoría de la Vanidad, de Antonio de Pereda. También en una larga tradición poética, desde Anacreonte hasta nuestra época, deteniéndonos en el Barroco áureo español. 

En su primer libro, Los elementos de la noche (1959-1962), dice: ¿Qué va a quedar de mí cuando me muera / sino esta llave ilesa de agonía? En El reposo del fuego (1963-1964): No hay tiempo, no lo hay, / no hay tiempo; mide / la vejez del planeta por el aire / cuando cruza implacable y sollozando.

El tono elegiaco cambia en su libro siguiente: nada menos que No me preguntes cómo pasa el tiempo (1964-1968). En éste, Pacheco modifica la idea de Jorge Manrique: La mar no es el morir / sino la eterna / circulación de las transformaciones. Y aludiendo a Villaurrutia y construyendo una imagen entre metafísica y ecológica dice, en el poema Île Saint-Louis: El futuro ha pasado. / El tiempo nace / de alguna eternidad que se deshiela. En Irás y no volverás (1969-1972), afirma, como Heráclito y Shakespeare e impugnando a la poesía: El tiempo entero es muda mutación. Celebramos / el peso de los años. / El que fui en otro mundo / repite sus palabras ante un teatro sin nadie. / Ya no hay nada capaz de alimentarte, poesía. / Muérete de ti misma / o por favor ya cállate.

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