Marcelo Ebrard, tiempo y destiempo

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Opinión
/ 12 febrero 2014

Marcelo es un equilibrista: demasiado audaz para ser blanco, demasiado tímido para ser rojo

La llamé Zona Rosa, porque era demasiado audaz para ser blanca y demasiado tímida para ser roja.

José Luis Cuevas

Político astuto, cosmopolita, pragmático y eficaz, Marcelo Ebrard no pudo conseguir en la jefatura de Gobierno del DF, con todo el poder que porta, el capital político suficiente para convertirse en candidato presidencial. Alguien recordará, para justificarlo, que tenía la sombra de Andrés Manuel, lo que es cierto, pero hay que tener presente que el propio López Obrador, consolidó un poder enorme a pesar de la sombra del ingeniero Cárdenas, es decir, de que se podía, se podía.

Pero Ebrard fracasó en ese intento, se hizo a un lado para intentar empezar de nuevo. Sin embargo, sus movimientos recientes, los que ha emprendido luego de concluir su mandato, lo muestran ansioso de reflectores, desesperado y parecen ignorar que éste ya no es su tiempo; que si no supo capitalizar su condición de jefe de gobierno del DF, la búsqueda de la candidatura presidencial del 2018 está cuesta arriba, peor si consideramos la competencia dentro del PRD y que López Obrador jugará de nuevo como candidato de la izquierda verdadera (bueno, si la gente se lo pide).

A Marcelo sus movimientos erráticos no le suman, le restan. Pudo haber llegado al Senado para, desde allí, tejer nuevas redes y mostrarse como un político con visión de Estado. Pero en lugar de esto, pretende la presidencia del PRD, como estación de paso hacia lo que realmente le importa: disputar la candidatura presidencial, solo que no cuenta ya con lo indispensable: 1) una plataforma formidable, de enormes recursos, como lo es el gobierno de la capital de la República; 2) una corriente propia, con presencia nacional; 3) una red de alianzas con poderes fácticos capaces de darle soporte a sus aspiraciones, y 4) una propuesta convocante (lo que postula se parece demasiado a las recetas de Andrés Manuel).

Ebrard, un político frío, incapaz de entusiasmar a las multitudes, pudo haber sido el candidato del presidente en los tiempos de López Portillo, cuando escogió para sucederlo a un tecnócrata ayuno de carisma, como Miguel de la Madrid, y lo llevó a la Presidencia. Pero hoy, mala noticia, es el tiempo de los candidatos telegénicos.

Marcelo es un equilibrista: demasiado audaz para ser blanco, pero demasiado tímido para ser rojo. Su itinerario político lo pinta de cuerpo entero: secretario general del PRI en el Distrito Federal en los días del Gran Salinas (1989-1992); diputado federal en la LVII Legislatura (1997-2000) por el partido Verde Ecologista de México (partido en el que no militó y pronto se volvió diputado independiente); fundador, con Manuel Camacho Solís, y secretario general del Partido de Centro Democrático (experimento de vida efímera); declinó su candidatura a jefe de Gobierno en favor de Andrés Manuel López Obrador; militante tardío del Partido de la Revolución Democrática y ahora próximo al Partido del Trabajo y a Movimiento Ciudadano.

Por otro lado, quien fuera designado el mejor alcalde del mundo, vive el peor año de su sexenio: cuando empiezan a aparecer informaciones que cuestionan su desempeño: las deficiencias y los sobreprecios en la línea 12 por un monto de mil 59 millones de pesos; obras inconclusas y trabajos de baja calidad en el distribuidor vial de avenida Chimalistac y Calle 7, en la Autopista Urbana Norte, en la Autopista Urbana Sur

A últimas fechas luce extraviado: sus juicios severos respecto a la dirigencia del PRD; su desafío al presidente Peña, quien lo mandó a debatir con uno de los subsecretarios, y su más reciente iniciativa de crear un polo progresista de diputados y senadores, para oponerse a la aprobación de la legislación secundaria de las reformas estructurales, parecen fuegos de artificio. Todo eso muestra que el político sagaz, controlador de los hilos no entiende que su tiempo ya pasó.

Para sus proyectos políticos, Marcelo tampoco tiene el apoyo de los gobernadores de izquierda, ni siquiera de Miguel Ángel Mancera que hoy aparece muy distante a su exjefe y protector, por eso necesita venderle su alma al diablo.

Sabia virtud de conocer el tiempo, escribió Renato Leduc. Este no es más el tiempo de Marcelo Ebrard, pero parece no saberlo.




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