De la tristeza

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Opinión
/ 12 julio 2014

III de IV

Inicié estas divagaciones aludiendo a los Proverbios y al Eclesiastés bíblicos. También a uno de los libros más extraños de Flaubert, Las tentaciones de san Antonio. Pero ¿qué tienen qué ver unos y otros? ¿Por qué citarlos así, tan arbitrariamente?

De hecho, no fueron traídos hasta acá de un modo arbitrario: el azar los hizo coincidir en mis lecturas y en mi vida ordinaria, pero algún golpe de dados habrá producido el encuentro. Por ciertas razones me he visto impelido a frecuentar la Biblia, menos por razones fervientes que por motivos éticos y estéticos, aunque no falten las primeras. Con todas sus contradicciones y con todo ese lastre de fanatismo histérico que la acompañan, la Biblia es una de las obras sagradas más hermosas y sabias del mundo, tanto como el Bhagavad-Gita, el Popol Vuh, el Poema del Gilgamesh, el Tao Te King y otras.

Entre algunas frases que me fueron dichas por dos o tres personas y cierta tristeza acumulada –estancada, diría acertadamente una de ellas-, fui a dar con estos libros, y éstos, como suele ocurrir, han imantado a otros. Pareciera que a la tristeza se la puede entretener -ya que no abatir- con la búsqueda de pistas y huellas acaso inútiles pero recreativas. Si no hay sentido en el sinsentido, juguemos el juego del sentido sin sentido (sense of nonsense). Finjamos que soy feliz, / triste Pensamiento, un rato, me aconsejaría Sor Juana, esa melancólica re-domada.

De los Proverbios lo importante es su actualidad y su sapiencia. Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría / y el hombre que alcanza la prudencia; / más vale su ganancia que la ganancia de plata, / su renta es mayor que la del oro. (Biblia de Jerusalén. Pr. 3, 13-14). Esto nos dice el autor, al parecer Salomón. Pero ¿qué es la sabiduría, cómo se alcanza? Los Proverbios son máximas y consejos tan antiguos como otros que han dejado culturas igualmente antiguas. Todos nos hablan de la sabiduría y la rectitud moral que debe regir la vida del hombre. ¿Cuántos miles de años han transcurrido desde entonces sin que hayamos aprendido nada de todo esto?

Para cualquiera que tenga un gramo de conciencia resulta vergonzoso y aterrador que nuestras divisas sigan siendo la riqueza, el poder y la gloria, en el sentido terrestre del término. Al margen de las corrientes religiosas, hay algo que debiera constituir el alma de nuestro paso por la vida. A falta de otro vocablo podría llamar a eso sencillamente ética. Pero ¿de qué ética podemos hablar en nuestra época, y en cualquier época, cuando lo que impera es la ley del más fuerte –o del más apto, no sólo según Darwin, sino según la realidad real? Si esto no entristece profundamente, no sé qué podría hacerlo.

Una suerte de contraparte de los Proverbios la encontramos justo enseguida de ellos, en el Eclesiastés, uno de los libros más tristes de la Biblia: Las palabras de los sabios son como aguijadas, o como estacas hincadas, puestas por un pastor para controlar el rebaño. / Lo que de ellos se saca, hijo mío, es ilustrarse. Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. (Qo. 12, 11-12). Esto enuncia o el autor del texto hace enunciar a Qohélet, hijo de David, rey de Jerusalén. Es decir, la sabiduría no está en los demasiados libros, como creen muchos, y esto resulta tan desolador como tantas otras cosas que se leen en este libro amargamente lúcido y desengañado. La cultura produce desasosiego y tristeza porque nos hace más conscientes de lo necesario: ésa es una de las verdades que se enuncian aquí.

Pero ¿es ésta una verdad? Parece un absurdo, pues se supone que debiéramos ser plenamente conscientes de la vida y de las circunstancias en las que ésta se desarrolla y nos agobia. Tendremos que ver todo esto con mesura y detenimiento en otra ocasión. Por lo pronto, quedémonos con estas enigmáticas y célebres palabras de Qohélet: Lo que fue, eso será; / lo que se hizo, eso se hará. / Nada nuevo hay bajo el sol. (Qo. 1, 9). ¿El eterno retorno? ¿Se habla de la abrumadora noción del eterno retorno de lo mismo que desenterró Nietzsche? ¿En la Biblia? No, no, sería impensable. Y tremendamente desolador.




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