Lo que el árbol tiene de florido

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Opinión
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En  amor de quienes son mi fuente de inspiración: a mi padre, a un mes de su sentida partida, hoy  transformado en Sacramento de amor y esperanza para toda la familia, a mi madre por su enorme fe y testimonio de fortaleza. A mi esposa y mis hijos.
También en agradecimiento a todas las personas que nos han acompañado con su cariño, amistad y solidaridad.


Un hombre que aspira a ser algo separado de sí mismo - miembro del parlamento, comerciante rico,  juez o abogado célebre, o algo igualmente aburrido-  siempre logra lo que se propone. Este es su castigo. Quien codicia la máscara termina por vivir oculto tras ella”.

Estas palabras de Oscar Wilde (1854-1900) son tan vigentes como cuando las escribió. Y hoy las invito a esta columna para reflexionar si acaso estamos viviendo a plenitud, siendo lo que verdaderamente somos y podemos llegar a ser, o si las máscaras ilusorias del materialismo ocultan nuestros rostros.

Abdicar a los otros

Veo temor disfrazado de vida, tal vez porque nos hemos acostumbrado a caminar por la acera del invierno, ahí donde es bienvenida la amargura y añoranza del pasado, la queja del presente o el patológico miedo hacia el futuro.

Me pregunto si acaso no envejecemos prematuramente por cerrarnos al significado del sentido de nuestra personal vocación y entonces empezamos a caminar cabizbajos, encorvados, por no hacer  lo que amamos o por ser incapaces de amar lo que hacemos.

Al caminar por la acera del invierno es fácil abdicar al amor. Inclusive al actual significado del amor  que ya no le da ni siquiera cabida al sufrimiento, y que tampoco encierra afán por la fidelidad. A ese amor que ya no deseamos construir por lo menos como se edifica una casa: con cimientos firmes, con entusiasmo y cuidados, con detalles, viviendo cada ladrillo, llenando cada espacio de sentido. En esa acera se olvida que el amor y las relaciones perdurables no se pueden edificar de golpe y porrazo.

Tal vez, esa banqueta invita a ignorar que la auténtica calidad en las relaciones interpersonales implica correr el “riesgo” de no ser aceptado o amado. Y entonces empezamos a fabricar relaciones artificiales.

Posiblemente en ese invierno pasamos por alto eso que Michel Quoist expresa: “El amor es un camino con dirección única: parte siempre de ti para ir a los demás: Cada vez que tomas algo o alguien para ti, cesas de amar, pues cesas de dar. Caminas contra dirección”. Quizás por esto existan tantas esposas sin esposos, tantos esposos sin esposas, tantas manos tendidas sin respuesta de hospitalidad e, inclusive, como alguien dijera: tantos hijos huérfanos de padres vivos y tantos hijos que tienen padres vivos, pero para ellos ya están muertos.

La aridez del egoísmo

Es común quejarnos por la aridez de la tierra, pero no estamos muy dispuestos a tomar el arado y encauzar el agua; evitamos vivir apasionados, repletos de esperanza, aceptando los riesgos que las cuestas ofrecen, dispuestos a emprender “auténticas revoluciones” y en lugar de esto optamos por dormir, por naufragar sin fe en los mares de la comodidad y la apatía, o bien tal vez, sin saberlo, buscamos afanosamente convertirnos en el arquetipo del Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) , ese personaje de Orson Welles que representa el clásico ejemplo del hombre insaciable (cuyo fracaso consiste, precisamente, en obtener lo que ambiciona, como lo comenta Wilde).

Trágica paradoja

Kane murió como vivió: con todo lo material y sin nada del amor y la calidez humana. Al final encontró la soledad en su palacio “Xanadú”, en el cual había acumulado una cantidad interminable de costosísimos bienes. Tenía absolutamente todo cuanto necesitaba y de mucha sobra,  pero su corazón no conocía la compasión, estaba inútilmente hueco, pues jamás dudo en utilizar a las personas que le rodeaban para lograr sus objetivos personales.

Su fin fue más que trágico: en el anochecer de su codiciosa vida nadie lo acompañaba, solo los espejos de su mansión los cuales le ofrecían, multiplicada por mil,  una compañía indeseable; la figura de un hombre solitario y amargado: su propia imagen.

La gran pregunta

Martín Descalzo  cuestiona: “¿Nos abrirnos en el amor o nos cerramos en nuestra auto adoración? El autor, continúa: “Es la gran apuesta en la que nos jugamos el ‘tamaño’ de nuestras propias vidas. La primera opción -el egoísmo- conduce a la soledad; la soledad, a la amargura; la amargura, a la desesperación. La segunda -el amor- conduce a la convivencia; la convivencia, a la fecundidad; la fecundidad, a la alegría.

Por eso, el primer gran descubrimiento es el de que el prójimo no es nuestro limite y menos nuestro infierno (como decía descabelladamente Sartre-. “El infierno son los otros”), sino nuestro multiplicador.

Vivir es convivir. Convivir no es semivivir, sino multivivir; no recorta, aumenta; no condiciona, lanza.

Amar – continua el autor - puede implicar alguna renuncia (o comenzar siendo una renuncia), pero siempre termina acrecentando. En rigor -como decía Gabriel Marcel-, “nada está jamás perdido para un hombre que sirve a un gran amor o vive una verdadera amistad, pero todo está perdido para el que está solo. No hay más sufrimiento que estar solo”.

Las palabras de Descalzo concuerdan con la equivocada elección del ciudadano Kane, él  ya había muerto mil veces en vida, al haber canjeado una existencia de generosidad por una repleta de placer, fortuna y poder; sin embargo, en el lecho de su muerte todo eso ya no tenía significado, pues ahí Kane solamente deseaba la compañía y el amor de otro ser humano. Pero ya era demasiado tarde, desgraciadamente esto lo había entendido en el ocaso de su vida y, a fin de cuentas, en la vida comprender a destiempo, es como jamás haber comprendido.  

Gente amor

Sin embrago, no todo es negro. Para nuestra fortuna también hay entre nosotros esa gente que da luz al camino, al tiempo que salpica de esperanza las sendas del mañana, también existen hombres y mujeres que, como si fueran alquimistas, transforman el sufrimiento en alegría, que dan a su comunidad muestras de amor, amando. Afortunadamente, también abundan personas generosas que cuidan sus relaciones, que llenan la vida de vida, que son felices porque saben que se sienten queridos y que pueden también querer.

 Qué bueno que existe también la gente que lucha por hacer este mundo más hospitalario, que enciende fuego para acercar calor a sus semejantes, que comparte alegría, que anima al desanimado, que acompaña al solitario, que llena de música el silencio de quienes esperan, sufren o lloran.

Para ser plenos hay que responderle a la vida, hay que entender el sentido de la misma, y entonces surgirán los motivos para la felicidad: luchar, e inclusive a veces llorar y padecer.

Sublime paradoja

Evitar sucumbir a la arrogancia de nuestro tiempo requiere sabernos humanos, personas dispuestas a “mutivivir”, a convivir. Necesario es, entonces, salvarnos de  las apariencias que reiteradamente nos asechan y seducen; negarnos a encarnar el personaje de Welles en la película de nuestra propia existencia.

Pienso que es conveniente comprender que la auténtica vida que verdaderamente podemos emprender como seres humanos para existir a plenitud se encuentra donde germinan las más grandes de todas las posibles transformaciones: en nuestro interior, en la profundidad de nuestro desatendido corazón.

Comprender a tiempo

Entonces es preciso sentir y creer en  esta profundidad: “Si para recobrar lo recobrado debí perder primero lo perdido, si para conseguir lo conseguido tuve que soportar lo soportado, si para estar ahora enamorado fue menester haber estado herido, tengo por bien sufrido lo sufrido, tengo por bien llorado lo llorado. Porque después de todo he comprobado que no se goza bien de lo gozado, sino después de haberlo padecido. Porque después de todo he comprendido que lo que el árbol tiene de florido viene de lo que tiene sepultado”.

Porque esto es totalmente cierto en todo lo soñando, vivido,  entregado y compartido. Es decir, en todo lo profundamente amado.

cgutierrez@itesm.mx  

Programa Emprendedor

Tec de Monterrey Campus Saltillo

Escritor y cinéfilo de tiempo completo. Actualmente trabajo como colaborador en el periódico Vanguardia de Saltillo, Coahuila, con quienes laboré en diversas áreas durante cerca de seis años, desde mis prácticas en la universidad hasta luego de mi graduación. También realizo reportajes y entrevistas para la revista Newsweek en Español, desde mi llegada a la Ciudad de México en febrero de 2017.

Me apasiona la crítica de cine, labor a la que dedico buena parte de mi tiempo para mantenerme al día con los estrenos más recientes, así como tener un amplio panorama de los clásicos en este mismo ámbito. Escribo y leo por placer. Publico textos en mi blog personal (blogenllamas.wordpress.com), en su mayoría relatos cortos. Tengo dos libros de cuentos publicados por el Municipio de Saltillo: “Demasiado Tarde” (Acequia Mayor, 2016) y “Los Ausentes” (Acequia Mayor, 2017).

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