El lector de biografías
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Todo lo que está escrito es ficción. Lo que se expresa mediante el lenguaje se sujeta a las condiciones de éste: pierde su peso y rugosidad pero gana otras dimensiones. Del igual modo, lo que se refleja en un espejo ya no es realidad, pierde volumen y se intercambian su derecha y su izquierda. El mero acto de percepción implica ya a la memoria, que es fantasiosa y mezcla los datos. E involucra al lenguaje, que es una tradición y una propiedad colectiva. De manera que hablar de una literatura de no ficción resulta un contrasentido. Hasta un manual de flora o una monografía sobre un insecto pueden ser alucinantes, oníricos. Un manual de geometría, en su estricta racionalidad, roza los ámbitos de la ontología y la teología. Un texto de nota roja puede ser una página de Louis Ferdinand Céline, tipografiada por accidente en un recuadro de un periódico amarillista. Así, toda autobiografía es una biografía del otro. Surge cuando el autor es capaz de mirarse a sí mismo desde afuera, sin compromisos, sin chantajes, sin trampas. Dicen los sociólogos que hasta el yo íntimo es una construcción social, una elaboración colectiva. Al emplear el lenguaje, el autor de una autobiografía está contando al mismo tiempo las historias de muchos otros que se parecen a la suya, tomada provisionalmente como un croquis o un esquema. Sin embargo, al lector no le interesa mayormente la autenticidad de los hechos, sino más bien su verosimilitud literaria. El autor puede añadir a su libro una carta firmada ante notario en la que jure que sólo cuenta hechos reales. Entendemos que reales para él, desde su punto de vista, filtrados por su memoria y ordenados por su imaginación, dos facultades psicológicas dúctiles y maleables, muy plásticas. La propia sintaxis de los acontecimientos altera los niveles de realidad, ya se trate de una autobiografía, de unas memorias o del diario de una campaña militar. Como se sabe, las biografías han sido modeladas desde las vidas de los santos. Deben ser ejemplares, formativas, didácticas. Si sólo se busca el placer del lector, entonces las vidas narradas deben ser pintorescas, emocionantes y llenas de aventuras. Pero nunca se pierde del todo la intención ética, la moraleja e inclusive la moralina, ya se trate de novelas picarescas o de personajes dedicados a la delación policiaca, a la venta de esclavos o a la prostitución homosexual. Todo esto es cuanto hace de la autobiografía un género menor de la literatura. Aún más cuando es el autor quien cuenta su propia historia, sin haber sido nunca soldado, marino o aventurero. El problema de la identidad personal ni siquiera existe en estos terrenos. Como lector, no estoy seguro siquiera de la realidad de mi prójimo, cuantimenos de la de un desconocido que me cuenta su historia desde lejos, con sus propias palabras.
Lo único que no acepto de su parte es el chantaje ni el puritanismo. Al contrario, desde el momento en que decidió hacer un streap tease, soy yo quien tiene derecho a apartar los ojos y dar vuelta a la página, si no es que a abandonar el libro. Por principio, su vida íntima, tan imaginaria como pueda ser –ya que toda intimidad suele ser construcción de la fantasía- no me interesa; ni me tomaría jamás el trabajo de comprobar su realidad.
Leer mata (carita); la lectura mata todo.