Epístolas

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Opinión
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El 12 de noviembre es día del cartero y día nacional de la lectura. Dos antiguallas en vías de extinción

Lo he escrito antes, me gusta ser viejo, siempre quise ser viejo como mi padre. Ya lo soy. Pero ahora, agrego una confesión más para darle a usted más datos lector, sobre mi carácter y persona. Tengo años escribiendo cartas, epístolas. ¿Con cuál temática? Pues dependiendo del destinatario. Cuando tengo una musa, son cartas de amor. Cuando son a mis amigos escritores, son epístolas de vida y andanzas. Cuando son a mis amigos de ruta de vida, pues son para eso, para compartir girones de ella, de la vida. Como soy escritor, en ocasiones me es más fácil escribir y dejar testimonio que intercambiar simples palabras por teléfono o bien, ahora en las llamadas redes sociales lo cual no, no se me da.

Intercambios epistolares hay demasiados en la historia de la literatura, la historia, la filosofía y las letras universales. Cito uno regional harto conocido, el intercambio de palabras entre Julio Torri con Alfonso Reyes. Amistad que fue interrumpida por un malentendido en el hurto de un libro entre este par de bibliómanos enfermos y ácidos. A vuela pluma, recuerdo aquel diálogo en el infierno entre Mirabeu y Montesquieu. Cómo no recordar las cartas de viaje y andanzas de Paul Bowles, verdaderos textos literarios. Desde su atalaya de la locura, Friedrich Holderin, entre insomne y dormido, escribió Hiperión o el eremita en Grecia. Textos, reflexiones, epístolas enderezadas a Belarmino o a su musa, Diótima.

Lo anterior viene a cuento por lo siguiente, hace algunas semanas y con motivo de la visita desde Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, de mi hermano José Guerrero, tuve que enviarle unos documentos olvidados por éste en mi residencia. Los eché en un sobre resistente, agregué una carta de mi puño y letra (lo cual en honor a la verdad, insisto, lo hago con cierta frecuencia) y los deposité en el abnegado correo postal mexicano. Por ocio, me puse a contar los días para su llegada. El servicio fue barato, fue por correo certificado y registrado. ¿Sabe usted cuánto tardó en llegar dicho sobre? No sé si sea mucho o poco, según su enfoque lector, pero hay va, tardó en llegar el paquete exactamente 8 días.

¿Cuántos de nosotros acostumbramos enviar sentidas cartas, tarjetas de felicitación ya en desuso o bien, algún libro con una tarjeta de lectura anotando puntillosamente por qué motivo nos ha sobrecogido la lectura de dicho libro por lo cual lo compartimos con el amigo? Imagino tal vez ya nadie. Tal vez muy pocos o nadie. Internet todo lo ha podrido.

Esquina-bajan

Hace relativamente poco tiempo y debido a que en una charla de esas sustanciosas, el abogado Jorge L. Chávez me tocó las fibras de mi alma y esqueleto con su alfabeto, en quince días después que volvimos a reunirnos para intercambiar libros y materiales de lectura, me tomé el atrevimiento de escribirle un epístola con motivos y reflexiones de quien esto escribe. Don Jorge Chávez luego me comentaría, ha guardado mi epístola como un regalo. Lo es. Es un pequeño tributo a su amistad.

A quien seguido mando epístolas y recibo de regreso, es a mi hermano el escritor Armando Oviedo. Hasta Francia, he mando tal vez dos o tres al pianista Joel Almaguer. La guapa editora de un diario de la localidad, Graciela Rodríguez, es recipiendaria de varias epístolas mías. En su momento, no pocas le mandé al recordado don Armando Sánchez. Pero sobre todo, las que han sido mis musas, han recibido correspondencia de quien esto escribe. Y hago una confesión más, las he mandado como Dios manda: perfumadas, selladas con cera y sello de un glifo antiguo el cual escurre perfecto al contacto con el fuego y, han sido de puño y letra.

En días de intercambio banal de chabacanerías en redes sociales, memes y demás superficialidades, he de ser un hombre de las cavernas al usar aún el sistema postal mexicano. Tal vez. Recuerdo un ejercicio de ello en la escuela primaria. Teníamos que escribirle una carta a la madre en segundo o tercero y sí, desde entonces quedó tatuada en mi memoria a fuego lento, el remitente y destinatario. Luego, echarla al correo.

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