Culpa y perdón

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Opinión
/ 8 noviembre 2014
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Se ha gastado demasiada tinta en la búsqueda de responsables de las grandes masacres. Al final nadie parece serlo. Casi siempre se atribuye a un actor toda la culpa para luego sacrificarlo. Es la vieja teoría del chivo expiatorio que ha servido siempre para lavarse la cara. Lo utilizaban los judíos cargándole los pecados del pueblo escogido y luego regresaban ya justificados a ejercer las tareas normales.

Para la gente que se ocupa de la política hay un mecanismo por el que atribuye el mal del mundo a un tercero, con lo que distrae la atención y se libera de cualquier compromiso. En la Segunda Gran Guerra, después de los desmanes de todos conocidos, se creyó que con el Juicio de Núremberg quedaba todo arreglado: se juzgó a los culpables y se les castigó; ellos fueron los que habían dirigido el proceso y por tanto eran los autores intelectuales. Conclusión: la culpa desapareció porque fue limpiada por la pena impuesta.

Un joven tesista norteamericano escribió una tesis doctoral acerca del conocimiento o desconocimiento de la sociedad civil alemana de lo que estaba sucediendo en los campos de la muerte. Encontró que la mayoría de los ciudadanos sabía lo que pasaba y que no hicieron nada.

El filósofo francés Vladimir Jankélévich no aceptó que con los encarcelados en Alemania quedase todo arreglado. Escribió primero un libro muy fuerte, El Perdón, en el que estudiaba todos los intríngulis de culpa y responsabilidad. Ahí llegaba a lo más hondo del psiquismo humano y la proclividad a ofender y a deshacerse de cualquier posible complejo de culpa. Como resultó un libro tan pesado para leerlo y casi escrito para filósofos, se le ocurrió lanzar uno más pequeño, Lo Imprescriptible, en el que proponía negarle al pueblo alemán cualquier posibilidad de deshacerse de su culpa. ¿Perdonar?, preguntaba. Y respondía que no. Tenía que aceptar todo el pueblo su culpa, cosa que no sucedió. Jankélévich no volvió a citar a un alemán (hablaba perfectamente esa lengua) a pesar de ser especialista en Kant y Nietszche. Era un gran pianista y jamás volvió a interpretar a Bach, Mendhelson y demás.

No hay duda de que la posición de ese filósofo es exagerada pero muestra una que él asumió y la siguió hasta su muerte. Él participó en la Resistencia contra los nazis y también criticó duramente el conformismo francés porque la mayoría del pueblo francés aceptó la invasión y colaboró con los alemanes.

¿Qué pensar sobre la culpa ahora que sabemos la terrible desgracia de los estudiantes de Ayotzinapa?, ¿habrá alguna posibilidad de perdonar? Pero antes hay que saber si hay culpables. Evidentemente los hay y no fueron solamente los Guerreros Unidos sino muchísimos otros. Tampoco se puede aislar a un alcalde, por muy malo que haya sido. ¿Qué se supone que debería haber hecho el Estado Mexicano ante la violencia que venía acumulándose en los últimos 25 años?, ¿estarán los Estados Unidos libres de culpa? Y, así mismo, ¿quién puede perdonar a los asesinos?   

Analizar problemas desde el punto de vista teórico, político o filosófico nos obligaría a proponer distintas formas de estudio a la vez que diferentes conclusiones. Si se trata de saber qué es el Estado y su tan cacareado dominio de la violencia para privar a los ciudadanos de ingresar en el mundo de la lucha, deberíamos pensar que el Estado ha prescindido de esa justificación y él mismo se la ha entregado a los delincuentes. Ahora la comparte y nosotros los ciudadanos debemos simplemente enfrentar la violencia justa del Estado y la anómala de los narcos, los ladrones, los corruptos, los banqueros que lavan el dinero que explica lo que sucede, o los políticos que comparten esa que sería su competencia pero que se les facilita más compartirla, como comparten otras cosas.

El suceso de Ayotzinapa ingresa por la puerta grande a la Historia y es sumamente penoso reconocerlo. Será un antes y un después. Será, también, el acontecimiento que rompe las creencias de todos. Es como si de repente se le demostrase al pueblo mexicano que el Dios en el que creyeron siempre no existe. La quiebra de las ideas no volverá a ser la misma. ¡Terrible!, ¿no?


Columna: De habla y tiempo

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