Estos eran dos hermanos

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Opinión
/ 6 noviembre 2014

En cuestiones de literatura soy un heterodoxo. Y en todo lo demás también, gracias a Dios. Aquél que tiene dudas camina haciendo eses, como los borrachos, y en una de tantas eses puede rozar la verdad. En cambio el que camina derecho quizás no la tocará nunca, pues bien pude suceder que su camino, con todo lo recto que es, sea el equivocado. Lo cierto es que siempre ha dado más frutos la duda que la certidumbre.

Desde el seguro burladero de esa mi heterodoxia digo que me gusta más la poesía de Manuel Machado que la de su más conocido hermano, Antonio. Una de las razones en que baso mi preferencia por Manuel es que su poesía es tan buena que nadie la ha tomado para ponerle música y hacer canciones con sus versos, como hizo Serrat con los poemas de Antonio. ¿Alguien sería capaz de ponerle música a la poesía de Góngora, que es toda música, o de San Juan de la Cruz, que es toda Dios?

En el momento en que pienso esto cae la lluvia. Sentado en el sillón de la sala leo a Manuel Machado. Me lo reveló, en el bachillerato, Guillermo Meléndez Mata, maestro de literatura y doctor de vida. Nos hizo aprender de memoria su poema “Adelfos”. Un solo verso de ese precioso autorretrato explica la vida de Manuel Machado:

“... tengo el alma de nardo del árabe español...”.

Cantó Machado al amor, que, “después de serlo todo, es nada”:

“... ¡Oh la célebre lucha con la dulce enemiga!... La mujer -ideal y animal; gata y ángel que ama las nubes y el dolor y la cocina; tan significativa y tan insignificante... Al hablar del juguete que con nosotros juega,  lo hago sin gran rencor, que, al cabo, es la mujer el único enemigo que no quiero vencer.  A mí no me fue mal.  Amé y me amaron. Digo... Ellas fueron piadosas y espléndidas conmigo, que les pedí ternura, nada más, y en sus senos divinos me embriagué de hermosura...  Sabiendo, por los Padres del Concilio de Trento, lo que hay en ellas de alma, me he dado por contento.  La mecha de mi frente va siendo gris. Y aunque esto me da cierta elegancia suave, por supuesto no soy, como fui antes, caballero esforzado y en el campo de plumas de Amor el gran soldado... Pero sigo pasando lista...”.

Y resume:

 “... Las mujeres... Sin ser un Tenorio -¡eso no!-

         tengo una que me quiere, y otra a quien quiero yo...”.

 El hermano de Manuel, Antonio, es -¿quién podría negarlo?- uno de los más altos poetas en lengua castellana. Pero a mi juicio es demasiado poeta. Es como un poeta profesional que siempre está en pose de poeta. Me hace recordar a Juan Ramón Jiménez. Un día sus amigos fueron a buscarlo en su casa, y su esposa les impuso silencio:

-¡Shhh!... Juan Ramón está teniendo un poema.

No así Manuel Machado. A él le fluía el poema sin esfuerzo, a lo gitano. Alguna vez hizo una confesión en la cual está toda la clave de su poesía:

“... Antes que un mal poeta, mi deseo primero

hubiera sido ser un buen banderillero...”.

 Me gusta un poeta así, medio torero. Después de todo los toreros son así, medio poetas.

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