Juan Lobato

Opinión
/ 15 enero 2015

‘Catón’ Cronista de la Ciudad

A mí me gusta mucho el futbol americano, sobre todo el colegial. Me aficioné a él desde mis tiempos de estudiante en la Universidad de Indiana. El pasado lunes, con motivo del juego de campeonato entre Oregon y Ohio, me vino a la memoria el recuerdo de don Juan Lobato, coach que fue durante muchos años del equipo de futbol americano del Ateneo Fuente, los Daneses.

Lobato es un personaje de leyenda. En sus tiempos fue una figura colosal, más respetado aún que el director del plantel, y con más consideración entre los estudiantes que todo el claustro de maestros. Reinaba como absoluto señor en el deporte, y sus hechos y dichos andaban en boca de la muchachada, como en tiempos de Homero los dichos y hechos de Aquiles u Odiseo.

Antes de comenzar un juego Lobato congregaba en torno de sí a sus jugadores y les decía con voz que apenas se escuchaba, llena de unción y de piedad:

-Muchachos: vamos a salir al emparrillado a dar un buen partido. Cada uno pondrá su mejor esfuerzo para ganar el juego. Les recuerdo, sin embargo, que los jugadores del otro equipo no son nuestros enemigos: son nuestros ocasionales adversarios deportivos. Nos comportaremos con ellos, por lo tanto, como caballeros, recordando que todos vivimos en la misma ciudad, y que nos conocemos todos. Ellos son nuestros hermanos; nuestro prójimo. Jugaremos en forma limpia. Vamos a rezar un Padre Nuestro para que nos vaya bien a todos; para que nadie en nuestro equipo salga lastimado, y tampoco en el de ellos.

Inclinaba la cabeza don Juan Lobato; hacían lo mismo sus muchachos, y él mismo guiaba la oración:

-Padre Nuestro que estás en los cielos...

Al terminar la plegaria un cambio sumamente extraño se operaba en la personalidad de don Juan. Hagan ustedes de cuenta el doctor Jekyll y mister Hyde. Con el amén final cambiaba súbitamente de actitud. Una expresión siniestra, como de fiera enloquecida, le aparecía en el rostro. Cerraba los puños, apretaba los dientes igual que Lon Chaney cuando se convertía en hombre lobo y luego, con terrible tono de odio, gritaba estas palabras:

-¡Ahora sí, muchachos! ¡Vamos a partirles su madre a estos cabrones hijos de la rechingada!

No tenía mente para otra cosa Juan Lobato que para el futbol americano. Sus más terribles rivales eran Carlos Roldán, entrenador del Tecnológico, y el Yaqui Heredia, coach de la Narro. Cuando en las instalaciones del Tec se construyó un alto tinaco, y otro en la International Harvester, Lobato juró y perjuró que los aparentes tinacos no eran tales: eran atalayas disfrazadas, puntos de observación desde cuya altura sus enconados enemigos, los coaches de los Burros Pardos del Tecnológico y los Buitres de Agricultura, podrían observar con catalejos sus sesiones de práctica, aprender sus jugadas, y así llegar al siguiente partido con más posibilidades de ganarle.

Durante los juegos Lobato era todo un espectáculo. En situ1aciones apuradas pedía un tiempo fuera; llamaba al quarter-back y le daba premiosas instrucciones dibujando sobre su propio pecho, con un imaginario lápiz, la jugada:

-Que Fulano se ponga aquí y Fulano allá. Tú haces una jugada reversiva y...

Se interrumpía de pronto, pues no le había gustado aquella combinación.

-Ah, no -decía.

Y procedía a borrar con la palma de la mano las inexistentes líneas que en su imaginación había trazado.

Gran señor de los estadios fue Juan Lobato Sánchez. Dejó memoria amabilísima de su persona. En el glorioso Ateneo su recuerdo será imperecedero.

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