Del histórico yo acuso al diario yo sentencio
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José Carreño Carlón
Émile Zola, el padre del naturalismo en la novela e intelectual público comprometido con causas sociales y con lo que hoy conocemos como defensa de los derechos humanos, hizo también periodismo de denuncia. Y así pasó a la posteridad su célebre artículo publicado en LAurore en 1898, Yo acuso, con un subtítulo: Carta al presidente de la República. Allí especificaba puntualmente sus acusaciones a un grupo de militares que participaron en las maquinaciones para condenar por delitos de espionaje y traición a Alfred Dreyfus, en un clima de rabiosa persecución antisemita.
Zola pagó su lance con multa, cárcel y agobiantes campañas de desprestigio en otros diarios, intoxicados de nacionalismo antijudío. Pero el movimiento iniciado por el autor de Germinal condujo a la reapertura del Caso Dreyfus. El injustamente condenado, no obstante, obtuvo una nueva condena, aunque con circunstancias atenuantes. Pero 10 días más tarde recibió el indulto dictado por el presidente de la República. Incluso unos años después se reconoció plenamente su inocencia, se le rehabilitó y se le reincorporó con honores al ejército francés.
Un amigo querido y reconocido escritor, a quien no le pedí autorización para citarlo y por eso no doy su nombre, ironizaba en conversación privada sobre esa especie de modelo Yo acuso al que parecen apelar algunos periodistas ây académicos e intelectuales llegados al periodismoâ quizás en busca de celebridad o de estatus. O acaso sólo de dejar oír lo que el propio Zola llamaba un grito del alma, esta vez, del alma de nuestros nuevos vengadores profetas mediáticos, equiparando su ardiente protesta con la del célebre escritor francés.
Diferencias. Pero a diferencia de la mayor parte de nuestras voces en busca de un estatus, cuando Zola lanza su Yo acuso él ya tiene un estatus solvente y una obra ya célebre, con los que respalda su irrupción en el polarizado debate de la Tercera República.
Por otro lado sus acusaciones a media docena de militares y legistas son puntuales, con cargos específicos para cada uno de ellos, en busca de una revisión del caso por el gobierno y los tribunales. En cambio, nuestros actores en confrontación cotidiana suelen pasar del Yo acuso al Yo sentencio, con condenas automáticas que ordenan sin recato destituciones o renuncias.
Finalmente, lejos de exponer su libertad y su patrimonio, como lo hizo Zola en el Caso Dreyfrus, los abanderados nacionales de la crispación encuentran en su proyecto periodístico sólo compensaciones y gratificaciones por elevar audiencias o influencias de los medios tradicionales, o por aumentar el tráfico de su sitio en las redes sociales.
Pero quizás el mayor contraste radica en la eficacia del escritor francés, de cara a estos actores mediáticos nacionales. Zola lanzó una gran Yo acuso histórico que anidó en el lenguaje universal para describir actitudes y comportamientos de denuncia y valentía. Mientras el cotidiano Yo sentencio en nuestros medios, su diaria condena al cadalso a uno u otro personaje público, con trabajos sobrevive a la sentencia de las horas siguientes.
Vigilantes o proféticos. Los estándares de calidad de la información y de la crítica en los medios están mutando en el mundo por la competencia por las audiencias en los medios tradicionales, y por el surgimiento de las redes sociales. Del papel de vigilancia de los poderes (watchdog) atribuido a la prensa hace más de un siglo, se pasa hoy con frecuencia al ejercicio profético del ankorman o conductor que sobreactúa frente a la cámara una sentencia irrevocable contra un gobernante, coreada por sus feligreses en otros medios. Mientras los productos informativos ciudadanos de las redes, y sus propias y apresuradas descalificaciones a lo que se mueva, ha llevado al escritor español Juan José Millás a una conclusión terrible: la dejadez y la permisividad de ese periodismo hace inevitable pensar que si una sociedad escribe tan mal, es que su pensamiento sufre un grave deterioro.