Guten tag
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Sentir emociones.
Ser humano, vivir como humano, significa eso: emocionarse frente a los objetos y fenómenos de la naturaleza, frente a las creaciones y las acciones de nuestros semejantes.
Conmoverse ante la contemplación de un glaciar o una aurora boreal; emocionarse al atestiguar la hazaña de un deportista parapléjico; maravillarse al presenciar la primera ocasión en la cual un bebé logra ponerse de pie... Ahí está la verdadera diferencia entre nosotros y el resto de las especies animales.
Ahí está, también, el auténtico lazo de unión entre los individuos de todas las culturas y de todos los tiempos. Porque el único lenguaje auténticamente universal entre los seres humanos son las emociones.
La piedad, la solidaridad, el amor, la amistad, la ternura o el odio se expresan exactamente de la misma forma en chino mandarín y en quechua; en afrikaans y en finés; en náhuatl y en árabe. No necesitamos palabras para entenderlos porque forman parte de la esencia compartida por todos.
Eso justamente, la posibilidad de entendernos perfectamente sin necesidad del lenguaje hablado, constituye la línea discursiva de Guten tag, Ramón, largometraje del director mexicano Jorge Ramírez-Suárez, quien alcanza en esta película una de las metas más complejas para cualquier realizador: retratar la belleza de la simplicidad.
Sin rebuscamientos guionísticos, sin efectos especiales, sin escenas injustificables de sexo, sin filigranas técnicas solo al alcance de los expertos, Ramírez-Suárez da en el blanco sin aspavientos: un individuo puede nacer en las arideces norteñas de México y conectar perfectamente con una jubilada ordinaria de Wiesbaden.
Uno de los secretos de la película está en la habilidad mostrada por su director para interesarnos en las vicisitudes de dos personajes perfectamente ordinarios a quienes jamás transforma en seres extraordinarios ni pone a realizar actos heróicos o proezas imposibles.
Ramón, personaje encarnado por Krystyan Ferrer, y Ruth (Ingeborg Schöner) son dos personas ordinarias haciendo cosas ordinarias, cosas de seres humanos comunes y corrientes. Lo extraordinario de su historia está en la ruta escogida por su creador para retratarla y contarla: la imposibilidad de entenderse a través del lenguaje hablado.
El crítico cinematográfico Erick Estrada ha realizado un interesante apunte en su sitio cinegarage.com: el director podría haber suprimido los subtítulos para impedirnos -a los mexicanos- entender los parlamentos en alemán y conducirnos a experimentar las mismas sensaciones de su personaje.
Comparto el comentario de Estrada, pero personalmente sólo eliminaría los subtítulos en la, para mí, mejor escena de la película: la conversación sostenida entre Ramón y Ruth, mientras comparten la cena, y en la cual cada quien habla en su propio idioma, no tiene idea del contenido del relato de su contraparte, pero eso no les impide entenderse.
Es posible, desde luego, encontrarle fisuras a la película. Algunos críticos han sido realmente duros con ella y señalado la existencia de yerros a la luz de los cuales, en su opinión, el filme pierde todo valor.
Y si el largometraje sólo se analiza con las neuronas, probablemente resultaría necesario conceder la razón a los más puntillosos analistas. En mi caso, la considero una película hecha para sentir en primer lugar y para razonar después, pero no para intelectualizar el guión, sino para caer en la cuenta de cómo, al final de todo, los sentimientos humanos son lo único importante.
Hay, aquí y allá, algunos momentos cursis a los cuales bien podría metérseles tijera y seguramente nadie los extrañaría. Pero dejarlos tampoco le hace perder nada -o casi nada- a la película.
Alguna línea del guión podría calificarse como políticamente incorrecta por éste o aquel grupo étnico, pero tampoco es para tanto. Los alemanes, quienes podrían ser los más interesados en quejarse, han otorgado a la cinta un trato de excepción para ser una producción mexicana.
En fin: la película me gustó y mucho. Las circunstancias en las cuales la vi implicaron carecer de subtítulos en español y eso probablemente contribuyó al grato sabor de boca con el cual me dejó. No había visto ninguna de las producciones anteriores de Ramírez-Suárez, pero ésta me dejó claro que pertenece, de forma destacada, a esa refrescante oleada de realizadores mexicanos dedicados a sorprendernos gratamente.
Le recomiendo seriamente conocer a Ramón y a Ruth, disfrutar de su peculiar forma de comunicación y descubrir, a través de esta experiencia, que lo importante no es empeñarse en aprender nuevos idiomas, sino en dominar el lenguaje universal de los sentimientos.
Y bueno: de pasada aprenderá a pronunciar correctamente guten tag.
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3