Diosdado Cabello, una figura incómoda en la transición política en Venezuela
COMPARTIR
Cabello, ministro del Interior de Venezuela, está acusado por fiscales estadounidenses de narcotráfico y vinculado a la represión en su país, pero sigue siendo una figura poderosa
CARACAS- Desde un estudio de televisión, el temido ministro del Interior de Venezuela blandía un garrote de plástico y pronunciaba los nombres de los críticos del gobierno, que sabían lo que eso solía significar. Podían esperar que los agentes gubernamentales aparecieran y se los llevaran.
Eso es exactamente lo que le ocurrió el año pasado a Juan Pablo Guanipa, destacado político de la oposición, después de que el ministro del Interior, Diosdado Cabello, arremetiera en su contra en su programa semanal. Guanipa fue detenido, acusado de terrorismo y traición y enviado a prisión, donde permanece.
TE PUEDE INTERESAR: ¿Por qué Putin guarda silencio sobre Venezuela?
Los expertos afirman que Con el mazo dando, el programa que Cabello ha presentado durante más de una década, es una de las formas en las que ha supervisado la maquinaria de represión de Venezuela.
Cuando Estados Unidos irrumpió en Venezuela este mes y detuvo a su presidente, Nicolás Maduro, el gobierno de Trump lo calificó como una operación de aplicación de la ley, señalando un nuevo auto de procesamiento en el que se acusaba a Maduro de narcoterrorismo.
¿Había algún otro nombre destacado en el acta de acusación? Sí, el de Cabello. Y, al igual que Maduro, el gobierno estadounidense ha ofrecido una recompensa por su captura.
Sin embargo, Cabello sigue firme en el poder y forma parte del círculo cercano de la dirigente interina Delcy Rodríguez, a quien acompaña en actos televisados.
Pero como Rodríguez necesita aplacar a Trump, uno de sus mayores retos podría ser Cabello, posiblemente la segunda figura más poderosa de su gobierno, cuyo destino ahora está entrelazado con el del movimiento político que ha gobernado Venezuela durante más de dos décadas.
A través de sus aliados, controla los servicios de seguridad, las milicias progubernamentales conocidas como colectivos, que se despliegan para acabar con la disidencia, y mantiene profundos vínculos con el ejército venezolano. A finales de 2024, ayudó a instalar a un primo suyo para dirigir la policía secreta del país, conocida como SEBIN.
Cabello y las fuerzas bajo su mando son algunos de los miembros más fervientemente antimperialistas de un movimiento cuyas raíces están ancladas en la resistencia a la intervención extranjera.
Aunque ha apoyado públicamente a Rodríguez, también ha seguido condenando la incursión estadounidense, calificándola en un discurso de “ataque bárbaro, artero”.
Cabello, en una reciente emisión junto a comandos policiales, dijo que el país había mantenido la calma tras el ataque estadounidense debido al monopolio estatal de las armas. “Somos garantes de la tranquilidad del país”, dijo, un comentario que, según algunos expertos, sugería la mano dura que ejerce Cabello.
“Es un discurso muy revelador del rol que él quiere jugar y una amenaza de lo que puede suceder si se meten con él”, dijo Verónica Zubillaga, socióloga venezolana de la Universidad de Illinois Chicago, quien estudia la violencia en Venezuela. “Es una advertencia de que, cuidado, porque él puede desencadenar procesos de mucha violencia”.
En general, se considera que Cabello representa el ala más opaca y dura del chavismo, el movimiento político fundado por el predecesor y mentor de Maduro, Hugo Chávez.
Un exfuncionario del gobierno venezolano, que habló bajo condición de anonimato por temor a represalias, dijo que Cabello era una especie de misterio, incluso dentro de las altas esferas de su gobierno, sin vínculos personales salvo con un pequeño número de oficiales militares.
TE PUEDE INTERESAR: Yankee, vete a casa, otra vez
Pocos funcionarios venezolanos tienen más que perder con cualquier debilitamiento del control del gobierno sobre el poder: Estados Unidos lo ha imputado por narcotráfico, lo ha acusado de dirigir una red criminal transnacional y ha ofrecido un pago de 25 millones de dólares por información que conduzca a su detención. La ONU y grupos de derechos humanos lo han citado en algunos de los abusos más graves cometidos en Venezuela.
“Es un tipo tan malo como Maduro, si no más”, dijo Risa Grais-Targow, directora para América Latina de Eurasia Group, consultora de riesgo político.
Un portavoz del gobierno venezolano no respondió a una solicitud de comentarios sobre Cabello.
Durante años, Rodríguez y Cabello han representado tendencias opuestas dentro del chavismo: ella es la tecnócrata de cara al exterior centrada en el alivio de las sanciones; él es el militante intransigente. Hoy tienen un interés común en la supervivencia del chavismo: ella lo necesita para mantener el control del país y él la necesita para salvaguardar su posición en un gobierno favorable a Estados Unidos.
Cabello, de 62 años, nació en el estado oriental de Monagas y, cuando era adolescente, se unió a un grupo estudiantil de extrema izquierda que presagiaba el chavismo. Posteriormente se formó como oficial militar, licenciándose en 1987 en la Academia Militar Venezolana y obteniendo después dos títulos de ingeniero. Conoció a Chávez en la academia militar, donde jugaron juntos en el equipo de béisbol.
Cabello y Chávez formaban parte de un grupo de oficiales militares que dieron un golpe de Estado fallido contra un gobierno que fue elegido democráticamente en 1992. En los años siguientes, Cabello fue uno de los principales aliados de Chávez en la construcción de su movimiento político, ayudando a crear organizaciones de base y a consolidar distintas facciones para crear una maquinaria política disciplinada.
Durante la presidencia de Chávez, se convirtió en un actor fijo del poder, ejerciendo funciones como gobernador, presidente de la Asamblea Nacional, ministro del gabinete y vicepresidente.
Zair Mundaray, exfiscal venezolano que pasó 17 años en la Fiscalía General e investigó a Cabello, dijo que la corrupción le persiguió en todos los cargos que ocupó.
“Se puede hacer una enciclopedia de todos los crímenes que tiene encima Diosdado Cabello”, dijo Mundaray, quien se exilió en 2017. “Donde está, ahí se puede robar algo, se lo roba”.
El chavismo, una mezcla de populismo, nacionalismo y control estatal de industrias clave, como el petróleo, fue fundado por Chávez, quien fue elegido presidente en 1998.
Impulsado por un prolongado auge del petróleo en la década de 2000, el gobierno amplió los programas sociales y redujo la pobreza, pero una caída de los precios del petróleo desencadenó un extraordinario colapso económico, un éxodo masivo y el descontento popular. La respuesta gubernamental fue aplastar la disidencia.
Cabello ha controlado durante mucho tiempo el sistema que ha sostenido al gobierno: deteniendo, torturando y haciendo desaparecer a los opositores políticos, al tiempo que vaciaba las instituciones democráticas. En un informe, múltiples exagentes de inteligencia, detenidos y altos funcionarios venezolanos declararon a los investigadores de la ONU que Cabello daba órdenes directas al servicio de inteligencia SEBIN, incluyendo a quién detener, liberar y torturar.
Según los analistas, Cabello se opuso a las elecciones de julio de 2024, que Maduro aceptó celebrar a cambio de un alivio parcial de las sanciones impuestas por Estados Unidos.
Pero aunque los escrutinios recogidos por la oposición y verificados por observadores internacionales mostraban que Maduro había perdido decisivamente, se declaró vencedor. Utilizó a Diosdado para legitimar su autoridad.
Un mes después de las elecciones, Maduro nombró a Cabello ministro del Interior, una medida ampliamente interpretada como un reproche a Rodríguez y a su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional quien, según los expertos, había apoyado las elecciones, y un reconocimiento de que el gobierno de Maduro recurriría a la fuerza bruta para mantener el poder.
Cabello no tardó en anunciar la puesta en marcha de la “Operación Tun Tun”, el despliegue de fuerzas de seguridad para allanar domicilios y detener a opositores al gobierno. En total, el gobierno dijo que había detenido a más de 2000 personas por protestar contra los resultados electorales, una campaña policial ampliamente denunciada por grupos de derechos humanos.
Desde su nuevo cargo, Cabello consolidó la autoridad sobre los servicios de inteligencia, la policía nacional, la guardia nacional y los grupos civiles armados conocidos como colectivos.
Aunque Cabello ha suavizado parte de su retórica contra Estados Unidos desde la captura de Maduro, los expertos afirman que lleva mucho tiempo oponiéndose a cualquier forma de liberalización o apertura internacional.
“Creo que pertenece a la vieja escuela de la dictadura”, dijo David Smilde, sociólogo que estudia la violencia en Venezuela en la Universidad de Tulane y que vivió en el país a tiempo parcial hasta el año pasado. “Ve a su gobierno como un jersey. Si tiras de un hilo, todo empieza a deshacerse”.
Antonio Marval, abogado nombrado magistrado del Tribunal Supremo de Justicia hace varios años por el poder legislativo de Venezuela, controlado entonces por la oposición, recordó cómo su nombramiento le puso rápidamente en el punto de mira de Cabello.
El 17 de julio de 2017, Cabello advirtió en su programa que los nuevos magistrados nombrados por el poder legislativo, entre los que se encontraba Marval, estarían en el punto de mira.
“Todos sabemos que cuando una amenaza se hace pública desde el programa Con el mazo dando con el alcance nacional que este señor tenía, o tiene, se acompaña de verdaderas acciones”, dijo Marval. “El mensaje era claro, buscar silenciar y quebrar, así como sembrar el miedo”.
Huyó de Venezuela poco después, escapando en barco a Curazao.
Para algunos críticos, Cabello encarna las características más feas de la revolución chavista de Venezuela: un sistema que no está construido sobre el consentimiento popular, sino sobre el miedo, la violencia y la corrupción.
“Si Estados Unidos quisiera marcar otro punto o quisiera hacer algo muy decisivo”, dijo Grais-Targow, “creo que él sería el objetivo más obvio”. c. 2026 The New York Times Company.
Por Genevieve Glatsky, The New York Times.