Artemis II: Entre la armonía de las esferas y la voluntad de poder

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Opinión
/ 19 abril 2026

Los dioses, al igual que los humanos, tienen un potencial creativo y uno destructivo. La tecnología, como toda actividad humana, no está exenta de esta dualidad

La misión Artemis II revivió la discusión sobre la carrera espacial, específicamente la lunar. La misión forma parte del programa Artemis, un proyecto dirigido por la NASA en colaboración con empresas privadas y las agencias espaciales europea (ESA), japonesa (JAXA), canadiense (CSA), israelí (ISA), australiana (ASA) y del Reino Unido (UKSA). Los objetivos del programa son explorar la Luna, llevar a la primera mujer y a un hombre a la región del polo sur en 2028 (Artemis IV) y establecer una base lunar permanente y sostenible en 2032. La expedición duró diez días y es el viaje humano más alejado de la Tierra: 406,778 kilómetros desde nuestro planeta. Es la primera misión tripulada, desde Apolo 17 (diciembre de 1972), que orbita nuestro satélite.

La selección de los nombres mitológicos para estos proyectos no es ninguna coincidencia: Apolo y Artemisa, hermanos gemelos, hijos de Zeus y de Leto, quien a su vez es hija de la titánide Febe, a quien se le asocia con el brillo de la Luna. Tras saber del embarazo de Leto, Hera –con celosa ira– envió a la serpiente mítica Pitón a perseguirla para que no pudiera parir en ningún lugar en donde brillara el Sol. Tras meses de persecución, Leto llegó a Ortigia, en donde dio a luz a Artemisa, quien, tras el parto, ayudó a su madre a trasladarse a Delos, en donde nació Apolo.

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Los dioses de la mitología griega son arquetipos alegóricos de los seres humanos, con nuestras luces y nuestras sombras. Para comprender qué representan es importante analizar sus atributos y conocer sus hechos.

Apolo –dios de la música, la poesía, la profecía y la luz– es reconocible por su arco dorado, sus flechas y su lira de siete cuerdas. A los cuatro días de nacido, Apolo solicitó a Hefesto que le fabricara un arco dorado y unas flechas, con las que mató a Pitón por el mal que le provocó a su madre.

Asimismo, era un extraordinario músico, célebre por ser quien mejor tocaba la lira, instrumento de siete cuerdas que representaba el equilibrio y el orden, particularmente lo que los pitagóricos llamaban la armonía de las esferas: el sonido que los siete planetas de la Antigüedad (Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno) emitían en relación con su distancia proporcional a la Tierra.

En una ocasión, Apolo retó a Marsias a un certamen interpretativo al enterarse de que éste presumía que podía tocar su aulós –instrumento de viento antiguo que consiste en dos tubos independientes que se tocan simultáneamente– mejor de lo que el dios Febo tocaba su lira. Quien ganara el concurso podría hacer lo que quisiese con el perdedor. Apolo venció y desolló vivo a su rival.

Artemisa –diosa de la caza, la naturaleza salvaje, la luna, la castidad y el parto– también es identificable por su arco –sólo que el de ella es plateado– y sus flechas. La acompañan constantemente animales como el ciervo, el oso y los perros de caza. Su arco de plata representa la luna nueva. A pesar de preservar la vida por medio del parto y la protección de la naturaleza, también es capaz de matar. Cuentan los mitos que cuando Zeus sedujo a Calisto –una de sus ninfas–, Artemisa la transformó en osa y envió a su jauría a perseguirla para aniquilarla. Zeus la salvó al convertirla en estrellas y así se transformó en la constelación de la Osa Mayor.

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Los dioses, al igual que los humanos, tienen un potencial creativo y uno destructivo. La tecnología, como toda actividad humana, no está exenta de esta dualidad. Del inicio de la carrera espacial en 1957, con el lanzamiento del Sputnik 1, a la fecha, ha habido 23 fallecimientos de cosmonautas y astronautas en los programas espaciales soviéticos, estadounidenses y privados, sin contar a los animales no humanos como Laika.

La renovación de la carrera espacial suscita muchas preguntas relacionadas con el ser humano y su afán de dominio, su voluntad de poder. De 2013 a la fecha, China (2013), India (2023) y Japón (2024) han logrado misiones de alunizaje no tripulado. Estos acontecimientos se enmarcan en una nueva Guerra Fría entre China y Estados Unidos, una carrera por conquistar el espacio y extraer recursos estratégicos.

Pero, ¿cómo se determinará la soberanía sobre la Luna? ¿Quién o quiénes serán los propietarios de los recursos obtenidos? ¿Cómo evitar que únicamente las élites se beneficien? ¿Debería ser la Luna un patrimonio de la humanidad al cual todos deberíamos acceder? ¿Podrán evitarse los conflictos bélicos relativos al anhelo de dominio de Selene?

Una cosa es clara: la siguiente parada, Marte.

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Correo electrónico: areopago480@gmail.com

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