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Café Montaigne 224

Opinión
/ 27 noviembre 2021

    Aunque lo platiqué ya aquí a trompicones en la columna dominical de “Salpicón”, lo voy a escribir de nuevo para contextualizar rápidamente al menos un par de columnas sobre este tema. Bueno, van a ser tres. Aunque el tema da para un buen ensayo al respecto. Voy por lo general (nunca dejé de hacerlo, incluso cuando la maldita pandemia bramaba en la puerta con sus fieros colmillos) una vez a la semana a Monterrey. Lo mismo por la prensa de México, la poca que llega de España, que por libros; los poquísimos libros que llegan y no siempre son los de interés de uno, vaya.

    Una semana cualquiera fui por mi paquete. Hice un atado en mi portafolio y enderecé mis pasos a un restaurante para bastimentarme antes de regresar con el cargamento en mi hombro. Conocí a una niña muy guapa como mesera, la cual tenía los pelos tiesos, la mirada limpia y usaba gafas de poca graduación. Conforme fui pidiendo mi platillo y una cerveza oscura, le pregunté su nombre. Me lo dijo en un tris: “soy Sandy”. Así, llano. Sandy. Pues no, algo me decía que no tenía cara de ser “Sandy”.

    Le insistí que me dijera su nombre, siempre y cuando ella quisiese. A lo cual un tanto cohibida (luego supe que no le gustaba su nombre, por eso se había bautizado a sí misma como “Sandy”), me dijo: “me llamo Santa”. Caray, cómo no decirle de inmediato que “Santa” es una de los mejores novelas mexicanas de todos los tiempos, escrita por Federico Gamboa en un periodo de tres años (1900-1902). En su momento, todo un éxito de lectura y morbo. Una novela la cual se ha llevado al cine no menos de seis ocasiones. Yo sólo recuerdo una versión en blanco y negro la cual vi en un ciclo de “Cine Mexicano” en la Ciudad de México.

    Pero sobre todo, “Santa” es una novela convertida en un segundo, en un verdadero mito. Novela que nos retrata como mexicanos en al menos 30 años: finales del siglo 19 y principios del 20. Llega a la gran urbe de un lugar del “campo” (de Chimalistac, “debajo de San Ángel”, espeta el personaje en las primeras páginas de la novela) Santa a los 19 años y se incorpora a la vida del arrabal de México, donde los besos y caricias fingidas se intercambian por pesos y duros. Nada nuevo. Pero al transcurrir la novela y caminar, nos vamos adentrando en ese México ya perdido.

    Aquí entonces el valor de este texto cuando atisbamos en los vericuetos de su entramado magistral: es vivo retrato de los seis lustros antes deletreados, pero también y de la mano de la pluma magistral del maestro Federico Gamboa, conocemos lugares ya perdidos, cocina, gastronomía, los tragos, los cigarrillos que se fumaban, restaurantes, fondas, cantinas, música la cual se bailaba, indumentaria de moda, pulquerías, antros, tugurios, confiterías... pero también, y merced a su genio, atisbamos en la pulsión y tensión de las almas humanas protagonistas de este texto. Mejor escrito: no un texto de ficción, sino el teatro y los resortes que nos animan a los humanos en la vida misma: celos, envidias, la degradación del ser humano, la ira, la venganza. Sí, todo aquello que nos atormenta o nos salva.

    Esquina-bajan

    La guapa mesera que me atendió muy diligentemente en el restaurante en Monterrey, reticente en un principio, por fin me dijo su nombre: Santa. Bello nombre, alto y garboso. Con destino, pues. Pero, a ella no le gustaba en lo más mínimo. Fue cuando le fui platicando lo que recordaba de una lectura pretérita y en su momento, de la novela “Santa” del gran maestro Federico Gamboa. No “Sandy” sino Santa, empezó a sentirse mejor y de plano y casi al final, me dijo con una risotada de buen humor: “¡Ay! Mira, soy famosa y no lo sabía. ¿Dónde puedo conseguir la novela, señor?”.

    Por este episodio y al haber conocido a esta niña guapa, me di a la tarea de buscar la novela en mis desordenados estantes. No la encontré. En viaje subsecuente a Monterrey, fui a las dos o tres librerías abiertas y nada. Quisieron los duendes de los libros y el azar, que la fui viendo de nuevo y claro que la compré, en un bazar de libros de segunda mano en el “Mercado Juárez” en Monterrey. El libro estaba entero, aunque ligeramente maltratado en su portada.

    He vuelto a leer la novela y como igual, recordaba poco de la biografía del maestro Federico Gamboa, me puse a buscar en mis fichas y apuntes. Caray, qué redescubrimiento o descubrimiento de plano, la vida y obra de este gran autor. La guapa mesera me dijo llamarse Santa García T. Pues sí, su nombre es bello, limpio y grande. Pero a ella no le gustaba en lo más mínimo. ¿Usted lector, conoce a alguna mujer en su vida que se llame Santa? En honor a la verdad, yo no, hasta que conocí a esta guapa camarera.

    En la novela, cuando la protagonista de la novela se presenta ante una de las patronas (las madrotas) de la casa de citas, la cual se llama Pepa, le dice lo siguiente: “Me llamo Santa –replicó ésta con la misma mortificación con que poco antes lo había declarado al cochero. Eso, eso es, Santa –repitió Pepa riendo–, ¡mira que tiene gracia!... ¡Santa!... Sólo tu nombre te dará dinero, ya lo creo; es mucho nombre ese...”. Decía Jorge Luis Borges que para ser escritor, primero hay que tener nombre de escritor. Santa y su nombre, merced a esta novela, ha quedado tatuado al devenir, historias y avatares de una bella joven por los callejones de la ciudad y sus prostíbulos. La vida de una mórbida trigueña llegada del campo al remolino podrido de la ciudad...

    Letras minúsculas

    ¿Quiere usted otra veta o arista por explorar en este portentoso texto? El lenguaje. Un lenguaje apagado hoy para desgracia nuestra. Continuará...

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