¿Cuál es el objetivo de Estados Unidos en Cuba?

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Opinión
/ 24 marzo 2026

En su segundo mandato, Trump ha apostado por una diplomacia transaccional y ha vuelto a un intervencionismo enérgico

Por Jorge G. Castañeda, Project Syndicate.

CIUDAD DE MÉXICO- Mientras el mundo observa con inquietud la escalada de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, muchos en Estados Unidos y en toda América Latina están más preocupados por un tema más cercano: el posible fin del comunismo en Cuba. Aunque los expertos han pronosticado la caída del régimen en decenas de ocasiones desde la revolución de 1959 liderada por Fidel Castro, es posible que finalmente tengan razón. El problema radica en definir cómo será ese momento.

Actualmente existen dos ideas entre la diáspora cubana y los principales expertos sobre lo que debería implicar la caída del régimen. Si bien no son mutuamente excluyentes, implican enfoques sustancialmente diferentes a la hora de negociar con los líderes cubanos.

El primer enfoque puede denominarse Obama 2.0, dadas sus similitudes con la política de acercamiento a Cuba del expresidente estadounidense Barack Obama en 2015-2016. En una notable ruptura con el pasado, Obama restableció las relaciones diplomáticas con la isla, consiguió la liberación de prisioneros estadounidenses y convenció a Raúl Castro (que había sucedido a su hermano Fidel como presidente en 2008) de permitir una mayor participación del sector privado en la economía. A cambio, Obama levantó muchas de las restricciones al comercio y la inversión estadounidenses en Cuba. Pero el Congreso, liderado por los republicanos, se negó a levantar el embargo comercial estadounidense contra la isla, vigente desde hacía décadas.

Según varios de sus asesores, la idea de Obama era que un deshielo en las relaciones acabaría conduciendo a un cambio político: elecciones y el fin del régimen de partido único, así como una mayor libertad de expresión. Pero esa teoría nunca se puso a prueba. Cuando Donald Trump sustituyó a Obama en 2017, el compromiso de Estados Unidos llegó a su fin.

En su segundo mandato, Trump ha apostado por una diplomacia transaccional y ha vuelto a un intervencionismo enérgico, como demuestran la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y la decisión de permitir que los remanentes de su régimen mantengan el poder siempre y cuando cumplan con las exigencias de Estados Unidos. En definitiva, Trump eligió el petróleo por encima de la democracia.

La postura de Trump hacia Cuba parece igualmente dura y cínica. A mediados de marzo, Trump dijo: “Creo que tendré el honor de quedarme con Cuba. ... Creo que podré hacer con ella lo que quiera”. Muchos esperan que su administración se centre en destituir a uno de los líderes del régimen -probablemente el presidente, Miguel Díaz-Canel- y en implementar reformas económicas, dejando el cambio político para más adelante. Como dijo en febrero el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, un cubano-estadounidense: “Cuba necesita cambiar”, pero “no tiene por qué cambiar de golpe”.

Algunos en la diáspora, como el Cuba Study Group, coinciden en que las negociaciones deberían centrarse inicialmente en la apertura del mercado. Pero son muchos más los que creen que cualquier transformación política profunda debe ir acompañada de cambios en la economía. En su opinión, los actuales dirigentes cubanos son incapaces de llevar a cabo una verdadera reforma económica. Y lo que es más importante, el pueblo cubano -tanto en la isla como en el exilio- quiere democracia y libertades individuales por encima de todo. Dejar el régimen en su sitio sería una traición a los cubanos de todo el mundo, incluidos los casi tres millones repartidos por Florida, España y México.

Los principales defensores de esta estrategia viven en el sur de Florida; los tres congresistas cubano-estadounidenses de esta zona apoyan una reforma política y económica simultánea. Muchos cubanos de la isla también quieren elegir a sus líderes y disfrutar de las libertades individuales de las que han carecido durante décadas, además de que se ponga fin a los apagones y a la escasez de productos básicos.

Por supuesto, el gobierno cubano se opone a la liberalización política. El ministro de Asuntos Exteriores cubano, Bruno Eduardo Rodríguez Parrilla, ha expresado su voluntad de negociar con Estados Unidos, pero solo si se excluyen los “asuntos internos” del país. En resumen, el cambio de régimen queda descartado.

Las dos posturas son diferentes, pero no incompatibles. Rubio lo dejó claro al afirmar que las reformas iniciales de Díaz-Canel, que permiten a los extranjeros -principalmente a los cubano-estadounidenses- invertir libremente en todos los sectores de la economía, “no son lo suficientemente drásticas”. Según se informa, la administración Trump también ha planteado la destitución de Díaz-Canel del poder (aunque no la de Raúl Castro, de 94 años, quien se cree que sigue ejerciendo una influencia significativa) como condición necesaria para un acuerdo.

Hay formas de llegar a un compromiso en ambas cuestiones, y las negociaciones en curso probablemente se centren en cuánto cambio de régimen puede aceptar el gobierno cubano y cuánta continuidad política puede tolerar la sociedad cubana.

Quizás el factor decisivo sea la magnitud de la crisis humanitaria en el país. Cuba se ha quedado sin reservas de petróleo y diésel, lo que ha provocado múltiples apagones totales, y un petrolero ruso que supuestamente se dirigía a la isla fue desviado recientemente. Las condiciones extremas aún no han desencadenado disturbios importantes. Pero tanto los líderes estadounidenses como los cubanos podrían perder el margen de maniobra que tienen para negociar si estallan protestas en La Habana. Estados Unidos se vería obligado a intervenir si el régimen cubano recurriera a la represión violenta, aunque solo fuera porque los cubano-estadounidenses constituyen un electorado clave para los republicanos.

Asimismo, es poco probable que la inversión cubano-estadounidense llegue a la isla en un futuro próximo. Un destacado empresario de la diáspora me dijo recientemente que, a pesar de apoyar el diálogo, no está interesado en proyectos a largo plazo en su país natal. Suponiendo que este sentimiento sea ampliamente compartido, la administración Trump probablemente acabaría corriendo con los gastos de cualquier esfuerzo humanitario y de reconstrucción de envergadura.

El régimen cubano, por su parte, no puede esperar a las elecciones de mitad de mandato de noviembre en Estados Unidos ni a que un atolladero en Irán debilite a Trump, lo que le permitiría obtener un mejor acuerdo. La presión ejercida por el bloqueo petrolero de Estados Unidos es simplemente demasiado grande.

Solo una cosa parece segura: el estancamiento actual no puede prolongarse indefinidamente. Lo ideal sería que otros países latinoamericanos, como Brasil, Colombia y México, participaran en las negociaciones, lo que posiblemente haría más aceptables para ambas partes las concesiones importantes. Pero el resultado más probable es que la resistencia cubana -por quijotesca que parezca- se enfrente a una administración estadounidense dividida que tiene las de ganar, pero que no ha decidido si quiere un cambio de régimen o el cumplimiento de las exigencias impuestas. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Jorge G. Castañeda, exministro de Relaciones Exteriores de México, es profesor de la Universidad de Nueva York y autor de America Through Foreign Eyes (Oxford University Press, 2020).

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