De Blues y Milongas, Pavanas y Oblivion
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* Tanto la Milonga como el Blues poseen un alma singular, de grietas sinuosas y milimétricas, a las que se adhieren los giros engañosos de terceras, quintas disminuidas y séptimas menores, mezcladas con progresiones armónicas de intervalos de cuartas. El aroma de estos racimos crea imágenes de tenuidades y bordes mohosos, de sepias maculados; a veces escurren por sus muros sonidos fantasmales, como la voz de Skip James (1902-1969), artista de culto, artífice de la guitarra y pianista extraordinario. Abandonó su promisoria carrera como cantante y compositor de blues después de fracasar en la venta de sus grabaciones realizadas en 1931, en medio de La Gran Depresión. Decepcionado, se convirtió en ministro bautista y se dedicó a la música sacra, renegando del blues.
En 1964, tres “bluseros” lo encontraron internado en un hospital de Mississippi, viejo y enfermo de cáncer. Lo llevaron casi a la fuerza al Newport Folk Festival, donde dejó pasmada a la multitud que iba a escuchar a Bob Dylan y Joan Baez. Después de 33 años, el pastor bautista, Nehemiah Curtis “Skip” James, tomó su guitarra y tocó “Devil Got My Woman”, “I´m So Glad”, “Sickbed Blues” (blues crudo que narra su enfermedad y la cercanía de la muerte), y su gran clásico, “Hard Time Killing Floor Blues”. Cantaba sus blues con voz de falsete, mientras sus dedos punteaban en sombrías cadencias en la tonalidad de Re menor historias oscuras, de angustia existencial y desesperación profunda.
La Milonga para guitarra (24 Piezas Sudamericanas, 1980) del médico, compositor y guitarrista argentino, Jorge Cardoso (1949), fluye a través de la melancolía pausada y reflexiva de la milonga campera (Pampera o pampeana). Cardoso recurre a la tonalidad de La menor, “color” básico sobre la que va bordando armonías de tensiones sutiles en intervalos de séptimas y novenas; la polifonía de su textura es prístina, sin empañamientos ni rasgueos que perturben la superficie tersa de la melodía. La melancolía transmutada a sonidos no escapa al capricho de las distancias sonoras.
* Las dos pavanas más célebres son la de Dowland (Lachrimae Pavan, 1596), escrita para laúd y la de Ravel (Pavene pour une infante défunte, 1899), concebida originalmente para piano. De cadencia y dignidad parsimoniosa, la pavana posee el abolengo de la antigüedad y el temperamento flemático. Pero su carácter, forjado en el hilo del tiempo, le ha dado la flexibilidad y la reciedumbre de la elegancia. La de John Dowland (1563-1626), habita en las filigranas del laúd: la armonía esculpe cables tersos sobre un melisma lastimero que escalda el alma; la de Maurice Ravel (1875-1937), encasillado a la fuerza en el impresionismo- aunque está más cercano al lenguaje neoclásico y expresionista-, transita en una melodía de belleza introspectiva, sobre un legato obligado que se balancea en staccati, aproximándose al pizzicato de las cuerdas; posee la textura y reminiscencias clásicas del renacimiento y el carácter arcaico de las danzas ceremoniales. Su estructura se ciñe al Rondó, de origen medieval, reivindicando la elegancia antigua del Barroco francés.
* ¿Quién recuerda el filme de Marco Bellocchio (1939), Enrico IV (1984)? Comedia dramática adaptada de la obra teatral de Luigi Piradello, en donde Astor Piazzolla (1921-1992) apuntala con su Oblivion la soledad de un hombre que prefiere vivir en el “olvido” (de ahí la traducción del francés Oblivion) de su propia fantasía antes que enfrentar el dolor del mundo real. Pienso que muy pocos. El Oblivion de Piazzolla es una milonga lenta, de ritmo hipnótico, lánguido y descendente (abandono y resignación). Piazzolla esculpe un milagro: fabrica secuencias armónicas “agridulces”, ambiguas, que apuntalan la soledad del protagonista, que se refugia en la soledad de un silencio que niega la realidad del mundo exterior. El Oblivion son los muros del castillo de Enrique IV, es la partitura de una rendición: la de un orate que decidió que estar solo en su marasmo era más seguro que estar cuerdo entre los demás.
CODA
“Empezamos nuestras vidas con el blues...con la música. Es nuestro primer idioma. Es el ritmo del útero. Es el latido de tu madre dentro de tu cabeza”. Randy Weston.