Desde el promontorio de La Risca
En el aire flota esa mezcla de alimento asado y muerte inminente
La Alfonso Reyes, organismo herido superando las luces de neón. Agazapados entre el concreto poroso y olor a orina rancia. Pólvora dormida, esperando al desertor asome la culpa por algún callejón.
A sus espaldas, la Estatua de Acero de la Virgen de Guadalupe. Tótem de hierro frío, una madre sin parpadear ante el rito de sangre. Es piedad industrial. Contempla, con ojos de soldadura. Sus hijos se despedazan por un pedazo de cerro.
Hacia el poniente, el valle de la eterna opulencia.
San Pedro Garza García. Movimiento frenético de máquinas, ese desmantelamiento obsceno para abrir paso a la interconexión.
Es la arquitectura del miedo y el flujo. Diseñando puentes para los de arriba. Sin mancharse del asfalto de los de abajo. Dicen quienes sabe, y los callados, en esos nuevos trazos ni los marinos se atreven a entrar.
Zonas de silencio donde el Estado es sugerencia y el estruendo de cuerno de chivo, la única ley de urbanismo.
La contradicción. El centro, con la Macroplaza. Desierto de concreto recién arbolado. Pobres matas. Los cerros, favelas de rencor. El desertor no tarda. El acero de la Virgen brilla.
En el aire flota esa mezcla de alimento asado y muerte inminente. Los sicarios, con la paciencia de los buitres, ven cómo la ciudad se sigue rompiendo en dos, entre el lujo expandido y la miseria atrincherada.
Desde la atalaya de La Risca, el panorama no es una postal, sino una herida abierta de mil quinientos millones de dólares.
El caos urbanístico de Monterrey se despliega abajo como un juego de Lego diseñado por un demente.
Los sicarios, con la pupila dilatada por el ocio y la muerte, observan el horizonte donde San Pedro se canibaliza a sí mismo.
Allá abajo, el desmontaje es frenético. Las retroexcavadoras muerden el cerro para forzar la interconexión. Ese cordón umbilical de asfalto pretende unir el privilegio con la urgencia.
Logra parir un laberinto de muros ciegos. La estética del caos planificado. Puentes sin salida. Túneles inundados con el primer suspiro del cielo. Avenidas de trampas de acero para los miles de oficinistas soñadores, con ser parte de esa élite inaccesible.
La Virgen de Acero custodia este desorden con resignación metalúrgica. A sus pies, la Alfonso Reyes es nudo de cables y promesas rotas.
La frontera con San Pedro, la maquinaria pesada levanta barreras invisibles.
Los sicarios ríen. Saben entre más recovecos y vialidades de flujo continuo inventen los ingenieros, más fácil es perderse, más sencillo el desertor desaparezca en el flujo de una ciudad. En su centro adora al dios del tráfico.
Incluso los marinos, con blindajes y disciplina de hierro, miran con recelo esos nuevos sectores donde la interconexión.
Callejón sin salida mediado por el narco y la desidia estatal. Es triunfo del cemento sobre la lógica.
Babel hacia el cielo. Mientras sus cimientos de justicia se desmoronan en el polvo de las construcciones.
—Mira esa madre, Elías —escupió el “Chango”, señalando con el cañón del fusil hacia el tajo abierto en la montaña—. Le llaman progreso a tumbar el cerro para los de San Pedro lleguen cinco minutos antes a su clima.
Elías no despegó el ojo de los binoculares. Desde la Alfonso Reyes, el rugido de la maquinaria en la interconexión subía como un quejido metálico.
—Es un laberinto para ratas ricas, compadre. Entre más puentes hacen, más fácil nos la ponen. Esos ingenieros están diseñando nuestro patio de juegos. Mira ese nudo de concreto. Ahí no entra ni la Guardia Nacional sin pedir permiso al GPS.
—Dicen los marinos ya ni le buscan por ahí —continuó el Chango, soltando una risotada seca—. Se pierden en las gazas. Entran por una joroba y salen por un retorno que no existe. Es el urbanismo del miedo: calles mordiendo la cola.
—Y el pendejo escondido ahí —Elías ajustó el enfoque, viendo a lo lejos las luces de una camioneta zigzagueando entre los escombros del desarrollo inmobiliario—.
El desertor piensa el caos lo va a salvar. No sabe. En esta ciudad, entre más cemento echan, más hondo es el pozo.
—Pobre diablo —dijo el Chango, acariciando el gatillo mientras la Virgen de Acero proyecta una sombra de reja sobre sus rostros—. Cree que la interconexión es salida. No entienden. En Monterrey, todos los caminos de San Pedro terminan aquí arriba, en el polvo.
Bajo la sombra de la Virgen de Acero, el silencio no es paz, es pausa en la respiración del acero. La estructura colosal proyecta geometría de líneas duras. Corta el suelo de la Alfonso Reyes como guillotina detenida.
A sus pies, el desertor camina con los hombros hundidos, buscando el amparo de una fe que aquí arriba tiene sabor a óxido.
—Ya llegó el creyente —susurró el Chango, su voz apenas un roce de lija contra el viento del cerro.
Elías no respondió. El contraste obsceno: frente a ellos, el resplandor de San Pedro. Incendio de lujo. Enjambre de grúas y luces led trabajando en la interconexión para el mundo de allá abajo nunca tuviera que mirar hacia acá.
La sombra de la estatua absoluta. El punto ciego de la modernidad, el rincón donde la planificación urbana se rinde ante la ley del plomo.
—Míralo —continuó Elías, viendo al hombre persignarse frente al gigante de metal—. Invisible, jaja. El fierro lo va a cubrir. No entiende. La Virgen no es para los vivos, es el monumento a los tragados por el cemento.
El desertor se detuvo justo donde la punta de la sombra de la corona tocaba el asfalto quebrado.
Instante de pureza trágica. El rugido de las excavadoras en el valle funcionó como el réquiem perfecto. Estruendo del primer disparo.
Bajo la mirada impasible de la estatua, el hombre se desplomó, convirtiéndose en un bulto más en la cartografía del descarte.
—Vámonos —dijo Elías, guardando el arma—.
Ahí queda. En medio de su interconexión de sangre. Al final, en Monterrey, todos acabamos siendo parte de los cimientos.
Los sicarios se fundieron con la penumbra de La Risca. Moviéndose con la agilidad de las ratas. No corrieron; se deslizaron. Atrás dejaron el cuerpo. La mancha de la Virgen devorando con su sombra de hierro.
Se perdieron por los andadores de la Alfonso Reyes, esos pasadizos que ningún mapa de desarrollo urbano se atreve a registrar. Fantasmas en laberinto de blocks y varillas expuestas.
Territorio donde la planeación de San Pedro es chiste de mal gusto.
Las luces de las patrullas confundidas con los destellos de las soldaduras de las nuevas obras. El mismo color, la misma indiferencia.
—Mañana habrá un puente nuevo y un muerto viejo —masculló Elías, saltando una zanja de drenaje abierto.
Antes del primer motor de la policía subiendo la pendiente, ellos ya eran parte del paisaje, invisibles en las venas abiertas de metrópoli.
Los trabajadores desde la Alfonso Reyes esquivaron el cadáver. La coreografía de la costumbre.
En esta ciudad, los muertos son baches en el camino hacia la chamba.