Disonancia y Juan Antonio Rosado

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Opinión
/ 30 abril 2026

Explicaré brevemente qué es la disonancia: déjese rodar una lata vacía escaleras abajo. El sonido que produce es disonante. Ahora trabájese con el sonido resultante hasta producir una pieza musical. Se han realizado esfuerzos para conseguirlo. A mediados de los años 50 en EUA se popularizó la producción del ingeniero de sonido danés Carl Weisman en la que empalmaba los ladridos de unos perros sobre una pista de Jingle Bells. En 1968 el músico italiano Luigi Nono compuso Contrapunto dialéctico para la mente, obra en la que mezcla orquesta de cámara, cinta magnética y las alucinaciones auditivas de la esquizofrenia. En 1984 el grupo de electrónica ingles Art of Noise mezcló sonidos de la calle con motores de coches en lo intentó en su pieza A Time for Fear (who’s afraid).

La disonancia es un componente más de la creación musical, que sabiamente manejada da resultados espléndidos. Mozart lo hizo en el primer movimiento, adagio-allegro, del Cuarteto de cuerdas No. 19 en do mayor, K. 465, llamado por ello Cuarteto de las disonancias. Y qué decir de Shostakóvich cuya Ópera Lady Macbeth de Mtsensk casi le cuesta la vida por las disonancias extremas incluidas, o el Sensemayá de Revueltas. Y en rock, vaya que en el rock hay disonancia recargada, como lo demuestra la alemana Nina Hagen en su álbum Nina Hagen Band.

Manejar y recurrir a la disonancia es asunto conocido en la música, aunque poco cultivado porque la tarea de convertir el ruido —la lata escaleras abajo— en armonía es formidable, cuando no verdaderamente titánico.

Y para titanes Juan Antonio Rosado Rodríguez. Nacido en 1922 en San Juan, Puerto Rico, hijo del pintor Juan Rosado, el maestro Juan Antonio Rosado edificó su catedral musical sobre la disonancia, y su alcance es simplemente deslumbrante

A los 14 años escribió las primeras obras para piano, muy probablemente valses, mazurcas, y demás piezas de salón, populares en la época. Con la formación musical básica de piano, solfeo y armonía obtenida con profesores particulares en su viejo San Juan donde tantos sueños forjó en sus noches de infancia Juan Antonio Rosado formó el quinteto L´Atelier con sus amigos de juventud Rafael Tufiño y Antonio Maldonado. En 1948 dejó Puerto Rico para estudiar formalmente composición en la Escuela Nacional de Música (UNAM) en México, donde falleció en 1993.

Desde un principio Juan Antonio Rosado se inclinó por la música de cámara, ya que, como dijo en la entrevista transmitida en 1983 en Radio Educación: “Con la orquesta sinfónica uno puede tapar ideas mediocres con la cosa grandiosa de la percusión. En música de cámara con dos tres cuatro instrumentos ahí se es o no se es”

Para su obra eligió los sonidos según el efecto armónico deseado y no el orden que imponía la serie. Esta búsqueda del efecto armónico deseado lo llevó a mezclar todos los métodos de composición, desde el academicismo más escrupuloso, hasta el dodecafonismo, el serialismo, minimalismo, hasta el jazz, y desde luego, la música popular puertorriqueña de ascendencia africana. El conjunto de su obra se caracteriza por las sonoridades complejas, intervalos tensos, texturas densas, exploración tímbrica. El tejido sonoro resultante sale de los esquemas tradicionales para combinar o transgredir distintos lenguajes musicales. Buena parte de su producción está poblada de humor y de ironía cuando no de abierta parodia. Creo que la mixtura que hace Rosado entre disonancia y armonía, entre academicismo ortodoxo y ludismo, crea una obra de potente belleza sólo comprensible en nuevos modelos musicales.

Para explicarlo fuera de tecnicismos, diré que la música de Juan Antonio Rosado es como esos poemas juguetones llamados Jintanjáforas. En ellos se sacrifica el mensaje lingüístico en aras de la creatividad, la sonoridad, y el ritmo. Por ejemplo: léase en voz alta esta jitanjáfora: Filiflama alabe cundre / ala olalúnea alífera / alveola jitanjáfora/ liris salumba salífera. (Mariano Brull) No dice nada, pero se oye divertido. Así como la jitanjáfora rompe el significado literal, la disonancia rompe la armonía tonal tradicional.

Invito a la escucha de la suite Contrastes (1957) para clarinete, saxofón, trompeta, trombón, piano y batería; Romance (1957) trío para flauta trombón y piano, o la Sonatina para clarinete y piano, o Trasmutaciones II, para clarinete y piano. Todas en YouTube.

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Estudió Letras Españolas en su estado natal, ha escrito narrativa y ensayo. Su interés se centra en literatura policiaca, presente en sus estudios y en su obra de creación. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten parte del viaje de su protagonista para realizar una investigación sobre la estancia de Francisco Villa en la ciudad de Delicias; la anécdota le sirve para la creación de una novela de suspenso con tintes policiacos. Su segunda novela, Nadie sueña, recrea y denuncia el mundo de la violencia, del crimen y la corrupción del sistema judicial y de los círculos del poder en los estados del norte. Sus personajes, al principio presos de un gran desaliento, logran rebelarse ante esta situación. En sus cuentos se repiten las mismas obsesiones del autor por la intriga propia del relato policiaco.

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