El efecto disruptivo de la guerra con Irán sobre el mercado de la energía

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Opinión
/ 7 marzo 2026

Lo que distingue a la guerra de Irán no es el riesgo de un único corte catastrófico, sino que la infraestructura energética se ha convertido en una variable más de la escalada bélica

Por Carolyn Kissane, Project Syndicate.

NUEVA YORK- La guerra con Irán se extiende más rápido de lo que muchos esperaban. La represalia de la República Islámica contra los estados árabes del Golfo ya incluye no sólo objetivos militares sino también infraestructuras civiles críticas, como aeropuertos, plantas desalinizadoras de agua e instalaciones de energía. Hezbolá abrió un segundo frente desde el Líbano. El presidente estadounidense Donald Trump ha insinuado que las operaciones podrían durar “entre cuatro y cinco semanas”, pero con casi cincuenta altos funcionarios iraníes muertos, no está claro quién pueda estar en condiciones de negociar una salida.

Tal vez Trump esperaba una confrontación localizada, pero en vez de eso inició un incendio en el centro del sistema energético mundial. El estrecho de Ormuz, principal cuello de botella del transporte marítimo mundial de petróleo y gas natural licuado (GNL), está funcionando en un mínimo de capacidad.

Trump respondió con la propuesta de un seguro contra riesgos de guerra para el transporte marítimo de mercancías y que buques de la armada estadounidense escolten a los petroleros a través del estrecho. Pero proveer de garantías financieras o acompañamiento militar no eliminará la inseguridad básica del comercio marítimo mientras los petroleros sigan a merced de misiles, drones y ataques asimétricos. Mientras eso suceda, no habrá confianza, los flujos a través del estrecho se mantendrán limitados y el mercado mundial de la energía seguirá expuesto a más alteraciones.

Si no se reanuda pronto la carga de buques, las limitaciones de almacenamiento obligarán a frenar la producción en todo el Golfo; eso reducirá el suministro mundial y ejercerá una presión alcista adicional sobre los precios del crudo. A pesar de la adopción en los últimos años de las energías renovables, los hidrocarburos todavía son un componente fundamental de la economía mundial. Arabia Saudita, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak e Irán son pilares de cadenas de suministro que lo impulsan todo, desde la industria asiática hasta las manufacturas europeas y el transporte mundial.

Para colmo de males, un final claro no está a la vista. El ataque mortal contra el ayatolá Alí Jameneí, líder supremo de Irán, supone un quiebre histórico, pero decapitar al régimen no es lo mismo que cambio de régimen. En cualquier caso, los antecedentes históricos hacen pensar que una consolidación de la autoridad central es igual de probable que su desintegración. Las instituciones de gobierno iraníes y la Guardia Revolucionaria Islámica no sólo siguen intactas, sino que también tienen misiles suficientes para mantener el ritmo actual de ataques durante varias semanas. La capacidad de represalia del régimen no está agotada.

La variable decisiva para los mercados de energía es la duración. Los conflictos breves producen volatilidad, pero la inestabilidad prolongada modifica los flujos comerciales, las evaluaciones de riesgo de las infraestructuras y las conductas de inversión. La pregunta crucial ahora no es sólo si se reabrirá el estrecho de Ormuz, sino cuánto daño más infligirá Irán a infraestructuras energéticas críticas.

Además, a los riesgos de transporte se suman los de suministro. Irak ya redujo su producción de petróleo. Qatar detuvo la producción de GNL en respuesta a ataques con drones contra sus instalaciones clave. Y los sauditas se preparan para recibir nuevos ataques contra sus infraestructuras, después de los que alcanzaron el complejo de Ras Tanura, sede de su mayor refinería, que procesa unos 550 000 barriles al día y es una terminal clave de exportación de crudo. Con las infraestructuras energéticas del Golfo claramente situadas dentro del «perímetro de escalada», los productores están cada vez más obligados a evaluar la seguridad de continuar sus operaciones, y los cambios que adoptan en forma preventiva ya están reduciendo la resiliencia de todo el sistema.

Por eso el petróleo se encareció más de un 20 % desde principios de 2026. Los mercados están respondiendo tanto a los barriles perdidos como a la creciente incertidumbre sobre cuánto tiempo más seguirá expuesta la infraestructura. Y el mercado del gas enfrenta restricciones incluso peores. A diferencia del petróleo, la capacidad no utilizada para el GNL es mínima; si las perturbaciones en el Golfo no se terminan en las próximas semanas, los compradores tendrán que competir por suministros limitados.

Europa es especialmente vulnerable. Tras un invierno que fue más frío de lo esperado, le quedan pocas reservas para llegar a la temporada de recarga. Aunque la mayor parte del GNL que pasa por Ormuz se envía a Asia, el mercado mundial del gas está muy interconectado. Cualquier reducción del suministro desde el Golfo aumenta la competencia, de modo que reacumular existencias será más caro y políticamente delicado. Si los flujos de GNL no se normalizan, Europa enfrentará una situación más precaria de cara al próximo invierno.

Y las repercusiones de la escasez no se limitan a Europa. China, mayor importador de crudo del mundo, tiene unos 1200 millones de barriles acumulados como reservas en almacenes estratégicos y comerciales en tierra, suficientes para cubrir más de cien días con los niveles actuales de importación neta. Pero aunque pueden dar bastante protección, las reservas estratégicas de petróleo sólo sirven para ganar tiempo. Si la inestabilidad persiste, la reposición será más costosa, los márgenes para el refinamiento se reducirán y los costos de los insumos industriales aumentarán.

El aumento de los precios mundiales también incrementa el atractivo relativo de los hidrocarburos rusos (a precio descontado). En un mercado más restringido, el crudo sancionado gana competitividad, y eso puede reforzar los ingresos del Kremlin por la exportación de energía. De modo que una inestabilidad prolongada en el Golfo puede alterar no sólo las cadenas de suministro, sino también los equilibrios de poder geopolíticos.

Los peligros para las economías emergentes son todavía más graves. El encarecimiento del petróleo y del gas funciona como un impuesto global, que se traslada a los costos de los alimentos, del transporte y de la electricidad. En el caso de países que ya enfrentan inflación y endeudamiento, una volatilidad sostenida puede desestabilizar las monedas y los equilibrios fiscales.

Lo que distingue a la guerra de Irán no es el riesgo de un único corte catastrófico, sino que la infraestructura energética se ha convertido en una variable más de la escalada bélica. Por mucho tiempo se consideró que la importancia económica de los activos gaspetroleros del Golfo los ponía a salvo de ataques sistemáticos. Pero esa restricción tácita se está debilitando. Los ataques selectivos y los cierres preventivos indican que la infraestructura está decididamente en la línea de fuego.

Por último, los mercados también están reaccionando al aumento de la incertidumbre. La retórica política de Trump viene oscilando entre la diplomacia, la disuasión y la escalada, y eso dificulta a los inversores en energía evaluar la trayectoria y la duración probables del conflicto.

La imagen que la mayoría tiene de este conflicto es que no era inevitable. Si se prolonga o resulta más disruptivo de lo esperado, las consecuencias económicas mundiales serán graves. El golpe al suministro energético se propagará a los mercados de seguros, a los costos de transporte, a los ciclos de almacenamiento, a las cadenas de suministro industriales y a los precios de los combustibles que pagan los hogares en todo el mundo. Apenas unos días después del inicio del enfrentamiento, los peores temores de los mercados energéticos ya se están materializando. Una guerra prolongada transformará la volatilidad en una presión estructural sobre los mercados gaspetroleros, y eso será incluso peor que la incertidumbre actual. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Traducción: Esteban Flamini

Carolyn Kissane es decana asociada y profesora clínica del Centro de Asuntos Globales de la Escuela de Estudios Profesionales de la Universidad de Nueva York y directora fundadora del Laboratorio de Energía, Clima y Sostenibilidad de la Universidad de Nueva York.

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