El ICE mata
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Los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas no intentan ocultar las agresiones, quieren que la gente vea sus conductas abusivas
Por Ian Buruma, Project Syndicate.
NUEVA YORK – Cuando hace unos seis años un policía blanco de Minneapolis asfixió a George Floyd (un hombre negro al que estaba arrestando), las repercusiones políticas fueron graves, inmediatas y de nivel nacional. Cobró impulso el movimiento Black Lives Matter (BLM), surgido en respuesta a la brutalidad policial contra los negros. En Estados Unidos hubo enormes protestas, en general pacíficas, aunque no siempre; y también en muchos otros países. La consigna «defund the police» (desfinanciar la policía) se volvió popular.
Pareció un momento cumbre para el progresismo. Pero en realidad, es probable que BLM haya perjudicado al Partido Demócrata, ya que muchos votantes empezaron a verlo (con o sin razón) como una fuerza elitista gentil con las minorías y desdeñosa de los estadounidenses blancos de clase trabajadora.
Sin embargo, es posible que los casos recientes de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y de la Patrulla Fronteriza que mataron a personas que observaban sus redadas en esa misma ciudad tengan consecuencias de gran alcance. El 7 de enero, un miembro del ICE mató a disparos a Renée Good, madre de tres niños, que conducía su auto tratando de alejarse de los agentes federales. El 24 de enero, el enfermero de cuidados intensivos Alex Pretti (que sólo tenía en mano un teléfono) recibió diez balazos por la espalda cuando ya estaba inmovilizado en el suelo.
La secretaria de seguridad nacional de los Estados Unidos, Kristi Noem, difamó a Good tildándola de “terrorista interna”, sin prueba alguna. Stephen Miller, subjefe de gabinete del presidente Donald Trump y asesor clave en cuestiones de inmigración y seguridad nacional, describió a Pretti en las redes sociales como un «aspirante a asesino».
Las matanzas de Minneapolis eran previsibles. Enviar a hombres enmascarados, mal entrenados y fuertemente armados a ciudades demócratas para derribar puertas, meter gente a la fuerza en un auto, detener a niños y arrestar a personas sin orden judicial ni causa probable es una forma exhibicionista de violencia brutal. Los agentes del ICE no intentan ocultar las agresiones: quieren que la gente vea sus conductas abusivas.
Hubo más deportaciones de migrantes durante la presidencia de Barack Obama (más de 3,1 millones) y Joe Biden (unos cuatro millones) que con Trump (1,9 millones en el primer mandato y 540 000en lo que va del segundo). Pero los presidentes demócratas mencionados fueron más selectivos en sus métodos y pusieron el acento en la búsqueda de delincuentes con condena. No hubo historias de niños usados como cebo, de sacar a la fuerza de sus casas a hombres mayores apenas vestidos en condiciones de frío extremo o de enviar personas a países cuyos idiomas ni siquiera hablan; mucho menos de ciudadanos estadounidenses abatidos a tiros en la calle.
Esta orgía de violencia es deliberada. Su objetivo es demostrar que la administración Trump está decidida a librar a Estados Unidos de «narcotraficantes, delincuentes y violadores». Tras los atentados del 11‑S, el gobierno de George Bush (hijo) ordenó a los agentes «quitarse los guantes»; el resultado fue la tortura y el asesinato de presuntos terroristas. Ahí también se quería demostrar que el gobierno estadounidense no escatimaría medios para garantizar la seguridad de sus ciudadanos.
Los gobiernos autocráticos (y algunos movimientos revolucionarios) tienden a usar la brutalidad exhibicionista para intimidar a posibles opositores. Los nazis consolidaron su poder con ayuda de los «camisas marrones» de la Sturmabteilung: matones con licencia para golpear a judíos, comunistas y otros «indeseables».
Suele ocurrir que personas que tal vez no aprueben esas tácticas prefieran mirar a otro lado, no sólo porque tienen miedo, sino también porque los regímenes violentos son selectivos en la elección de sus blancos. Mientras uno no fuera judío o izquierdista en los primeros años de la Alemania hitlerista, no era probable que se metiera en grandes problemas.
Fue diferente con Iósif Stalin, que era indiscriminado a propósito. Cualquiera (incluso miembros leales del partido) podía acabar en una prisión de tortura o un campo de trabajo esclavo. La población de la Unión Soviética vivía en un estado de miedo permanente (que era por supuesto la intención de Stalin). Pero estos casos son infrecuentes. La mayoría de los dictadores (o aspirantes a serlo) eligen grupos específicos para aislarlos y perseguirlos.
Mientras los agentes del ICE, en su afán por cumplir las cuotas de deportación, se centraron en los hispanos o en personas de color, la mayoría de los estadounidenses blancos no temieron por su seguridad, aunque deploraran esas tácticas. Pero los asesinatos de Good y Pretti cambian las cosas. No sólo eran ciudadanos estadounidenses, sino tan comunes y corrientes como pueda serlo un estadounidense blanco del Medio Oeste. Ninguno de los dos tenía antecedentes penales. Pretti incluso era dueño legal de un arma; los agentes del ICE se la quitaron (la llevaba en su funda) antes de dispararle, y el gobierno lo usó para justificar que lo mataran, para furia de los activistas defensores del derecho de portación de armas que apoyan a Trump.
Pero las muertes también inquietaron a muchas otras personas, de todo el espectro político. Si a Pretti y Good los pudieron ejecutar a plena luz del día, entonces nadie está a salvo. Fue entonces que la administración Trump comprendió que lo sucedido podía perjudicarla de cara a las elecciones intermedias de noviembre. Se silenciaron pues las acusaciones de «terrorismo interno»; Miller reconoció una posible violación del «protocolo» del ICE; Trump incluso calificó la muerte de Good como «tragedia». Al encargado de supervisar las redadas en Minneapolis (Gregory Bovino, un matón en miniatura al que gustaba pavonearse ante las cámaras enfundado en un abrigo largo similar a los de los oficiales de las SS nazis) lo degradaron y enviaron fuera de Minnesota.
Puede ser un alivio para algunos: en Estados Unidos la opinión pública todavía cuenta, aunque pueda ser voluble. La memoria suele ser efímera, pero las imágenes de dos pacíficos ciudadanos estadounidenses asesinados a quemarropa por sicarios gubernamentales de gatillo fácil no se olvidarán pronto. La furia con el gobierno perdurará. Pero hay que ver si eso llevará estadounidenses a las urnas en noviembre, sobre todo quienes estén reconsiderando el apoyo a Trump. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Traducción: Esteban Flamini
Ian Buruma es autor de numerosos libros, entre ellos Year Zero: A History of 1945 (Penguin Books, 2014), The Collaborators: Three Stories of Deception and Survival in World War II (Penguin Press, 2023) y el más reciente Spinoza: Freedom’s Messiah (Yale University Press, 2024).